No sólo la economía creció por tercer año consecutivo. Además lo hizo a una velocidad mayor que en los dos años previos y en momentos en que –en teoría al menos– la próxima curva está cada vez más cerca. En el año 2003 la economía creció 8.8%, en el 2004 alcanzó el 9% y en 2005 la friolera de 9.2%. Pero la performance económica de 2005 encendió dos luces amarillas que marcan a fuego la estrategia de política económica: la tasa de inflación se duplicó (se cuadruplicó respecto a 2003) y la tasa de creación de empleo cayó a más de la mitad (5.2% en 2003-2004 a 1.9% en 2005).

Con todo, el año 2005 logró sortear con éxito las restricciones impuestas por la aceleración inflacionaria y la desaceleración laboral gracias a la espectacular expansión del producto. La pobreza descendió de 40.2% en el segundo semestre de 2004 a 33.8% en el segundo semestre de 2005 (debajo del nivel vigente en mayo de 2001) y la tasa de desempleo cayó de 12.1% a 10.1% en igual período.

Una forma de aproximarnos a la performance del mercado laboral es cuantificando la ‘elasticidad empleo-producto’ (el cambio porcentual en el empleo por cada punto de crecimiento del producto). Para poner el dato en perspectiva conviene recordar que el promedio de la elasticidad empleo-producto en los años de crecimiento de la Convertibilidad (1991-1994 y 1996-1998) fue de 0.36. El dato para 2005 (un año de fuerte expansión) fue de sólo 0.21, muy inferior al espectacular promedio de 0.8 registrado en 2003 y 2004 pero también por debajo del promedio de Convertibilidad.

Algo pasó en 2005. El modelo –políticamente virtuoso– de crecimiento trabajo-intensivo comenzó a mostrar algunos síntomas de agotamiento. No fue el empleo el principal motor de la expansión del producto. Es posible que se trate de un año de wait-and-see en las decisiones de empleo. Esa es una especulación razonable. Pero hay otras razones que podrían explicar cambios en el patrón de crecimiento.

La utilización relativa de los factores de producción (por simplicidad, trabajo y capital) responde naturalmente a su estructura de precios relativos. La devaluación, el default y la ruptura contractual en el año 2002 alteraron la estructura de precios relativos de los factores: un salario real bajo se combinó con un alto costo del capital o –si se prefiere– baja disponibilidad. La relación de precio de factores se reflejó en la fuerte intensidad laboral del crecimiento: en el período 2003-2004 el crecimiento del empleo explicó el 42% de la expansión del producto.

Pero el último año marcó un quiebre en la contabilidad del crecimiento respecto a los primeros años de recuperación post devaluación. El año 2005 fue explicado en un 76% por aumento de la productividad (utilización más intensiva del stock de capital existente) y sólo marginalmente por incrementos del stock de capital (11%) y del empleo (11%).

Cuánto de permanente y cuánto de transitorio hay en esta reversión es difícil de asegurar. Aunque la tendencia todavía es incierta, hay algunas razones capaces de explicar el agotamiento del modelo de crecimiento trabajo-intensivo y la caída de la elasticidad empleo-producto. El año 2005 consolidó una tendencia que se venía afirmando desde el año previo: el salario real en el sector formal de la economía recuperó los niveles previos a la crisis y el costo de oportunidad del capital (medido por las tasas reales de interés) continuó en descenso. Esta combinación comenzó a revertir la relación de precios de factores que había nacido a partir de la devaluación.

Pero aquí no terminan los desafíos. El conflicto entre crecimiento e inflación también se deterioró durante el último año. La ‘elasticidad inflación-producto’ (el cambio porcentual en el nivel de precios por cada punto de crecimiento del producto) subió de 0.4 en 2003 a 1.3 en 2005. Así, los parámetros estructurales del mercado de trabajo (elasticidad empleo-producto) y del mercado de bienes (elasticidad inflación-producto) explican con claridad meridiana las razones de una estrategia anti-inflacionaria que reniega de las herramientas macroeconómicas convencionales de administración de la demanda agregada.

Veamos un ejemplo. Una tasa de inflación que muchos analistas juzgan macroeconómica y políticamente ‘neutral’ ronda el 8% anual. Jugando con las elasticidades del último año, alcanzar un objetivo de 8% de inflación implicaría resignarse a un ritmo de crecimiento de 6.2% anual. No está nada mal. Pero esa tasa de crecimiento –más austera– mantendría la tasa de desempleo –y quizás la pobreza– constantes.

Con este menú ortodoxo sobre la mesa, la administración Kirchner decidió salir del laberinto de elasticidades por arriba. Si la prioridad es la reducción del desempleo y –además– sostener una tasa de inflación bajo control entonces la conclusión es obvia: a) enfriar la demanda agregada no es una alternativa políticamente recomendable; y b) los controles de precios son un atajo –efectivo en el corto plazo– para moderar el conflicto creciente entre inflación y crecimiento. Como en el frente político, también en el frente económico, la premisa presidencial es ‘ir por todo’.