

La especulación electoral definirá el rumbo de la política económica de los próximos meses. ¿Alguien podría dudarlo? Aunque hay múltiples actores dentro del propio Gobierno –algunos con prioridades distintas a los desafíos de la inminente contienda electoral– está claro que la última palabra en todas y cada una de las decisiones de política económica tomadas hasta octubre próximo tendrán un único protagonista, el Presidente de la Nación, y un único objetivo, el triunfo electoral.
La literatura sobre “ciclo económico electoral (political business cycle) es profusa. Numerosos trabajos han demostrado una regularidad empírica presente en muchos países: las condiciones macroeconómicas, en particular el producto per capita y el crecimiento del ingreso (y en menor medida, la inflación) tienen efectos significativos sobre las decisiones del electorado y el diseño de la política económica responde de manera oportunista a los tiempos político-electorales. Pues bien, lo que veremos en la Argentina de los próximos meses seguramente estará en línea con esta regularidad empírica.
Este es el marco conceptual con el cual debemos razonar la política económica de los próximos cinco meses. Veamos entonces los desafíos de implementación, ahora que la aceleración inflacionaria del primer trimestre probó que existen conflictos relevantes entre la velocidad de recuperación, los incrementos salariales generalizados y la tasa de inflación. La sintonía fina de la política económica requerirá de aquí hasta octubre de muy buena cintura.
Por varias razones, el ciclo político y las mejores respuestas de política económica de cara al desafío electoral no tienen esta vez una lógica lineal. No se trata de dar rienda suelta al gasto público, al incremento de salarios y a la política monetaria ya que esto podría traducirse en un salto de precios con más costos políticos que beneficios.
Con los datos de inflación del primer trimestre en tapa de todos los diarios, el Gobierno tomó nota y puso el pie en el freno. Desde principios de año, la política monetaria pasó del super-expansionismo a cierta neutralidad. La política fiscal también contribuyó a enfriar la demanda, en parte por razones estacionales en la recaudación de impuestos pero también por cierta disciplina en el gasto.
Los datos recientes de inflación y nivel actividad alimentan la idea de cierto enfriamiento macroeconómico, menor inflación (aunque todavía a tasas del 8% anual) y menor creación de empleo. A primera vista, este panorama abriría las puertas a un mayor activismo fiscal y salarial en los próximos meses. Pero los componentes que explican el menor crecimiento de la actividad son clave: todo parece indicar –los datos de actividad del primer trimestre serán difundidos hoy– que la economía se desaceleró por el freno en la inversión y sólo en menor medida por lo ocurrido con el consumo. Si este es el caso, la decisión política de cara a las elecciones no es trivial: un mayor activismo de demanda agregada, combinado con una oferta agregada cuyo crecimiento se ve aletargado por una menor inversión (entre otros motivos por la disminución esperada de la rentabilidad, asociada a incrementos salariales digitados desde el Ejecutivo), pintarán un horizonte complicado en materia de inflación.
El Presidente deberá así arriesgar en la jugada. Los rezagos con los que opera sobre la inflación un sesgo más expansivo de la política económica no están claros y la aceleración inflacionaria podría ocurrir antes (y no después) de las elecciones.
Aún con estos riesgos sobre la mesa, es probable que el Presidente decida errar por exceso y no por defecto. Eventualmente, agitar los fantasmas de la conspiración detrás del crecimiento de los precios y profundizar los controles será un ejercicio político más simple que explicar las razones de una economía anémica. Es razonable esperar que la política fiscal sea relajada, con mucho activismo de anuncios pero sin renunciar a un piso de superávit primario de 3.5% del PIB. Algo de esto ya está ocurriendo. También podrían darse algunos pasos más en la discusión salarial. Por último, la política monetaria probablemente acompañará pero con un sesgo neutral o levemente acomodaticio.
Hasta aquí el escenario más probable de cara a las próximas elecciones. La gran pregunta sigue siendo el escenario post-electoral. Conviene expresarlo con claridad, la consolidación política del Presidente en las elecciones de octubre tendrá como contrapartida una profundización del rumbo económico. Con todo lo bueno y todo lo malo que éste puede tener, pero una profundización al fin. Son pocos los analistas que continúan sentados a la espera del famoso “giro (se suponía, a la derecha) de la administración Kirchner. Está claro como el agua que un eventual giro en la política económica (no sabemos en qué dirección) sólo será endógeno a un cambio drástico de la coyuntura económica o de la dinámica política. Nunca antes.










