

Una teoría del crecimiento subyace al pensamiento de quienes hoy tienen influencia sobre el diseño de la política económica. Al menos eso queremos (y necesitamos) creer los analistas a los que nos toca analizar, comprender y anticipar las decisiones de política y sus consecuencias. Para esto necesitamos, primero, comprender qué hay detrás de la construcción de la política económica.
La economía política es una parte fundamental a la cual ya hemos dedicado tiempo en esta columna. El andamiaje teórico es otra pata a la que conviene abocarse. Vaya entonces un esfuerzo –uno más– para comprender el marco conceptual de las decisiones.
“Prefiero los problemas de una moneda subvaluada que los de una moneda sobrevaluada . Esta frase es quizás la mejor síntesis del pensamiento económico oficial. Y quizás sea acertada. Conviene recordar –antes de quitarle todo mérito a la estrategia– que si algo ha caracterizado a las políticas económicas definidas como populistas ha sido la tentación por el tipo de cambio apreciado. Es decir, exactamente lo opuesto al modelo que emergió de la hiperdevaluación de 2002.
Este milagro político que sobrevino a la eclosión de la convertibilidad está en la base del desconcierto de los analistas de todo signo. Lo visto hasta hoy ha sido una ingeniería política que podría sintetizarse de la siguiente forma: un populismo microeconómico que sirve de velo político a un conservadurismo macroeconómico. Esta dualidad política explica por qué el Presidente recibe ataques desde ambos extremos del espectro político, por razones totalmente opuestas. ¿Qué observador externo no estaría desconcertado? “Es el peronismo, estúpido! respondería más de un politólogo.
La aceleración inflacionaria y el sesgo expansivo que desde 2005 tomó la política fiscal ha puesto en tela de juicio la pata conservadora –otros la llaman ortodoxa– del modelo político económico. La política fiscal ya no está diseñada/pensada para cumplir un rol estabilizador en la macroeconomía. Es sólo un ancla de expectativas que aleja temores de insolvencia fiscal y emisión monetaria espuria. No es poco, considerando los antecedentes históricos. Pero esto implica que hoy sólo sobrevive al diseño macroeconómico originario la intención de sostener una moneda depreciada.
Dejemos a un lado la discusión macro y volvamos al crecimiento. ¿Qué implicancias tiene una moneda débil para el crecimiento de largo plazo? Una moneda subvaluada, o si se prefiere, muy depreciada representa un subsidio implícito a los productores de bienes transables internacionalmente (básicamente agro e industrias) y un impuesto implícito a los productores de bienes no transables internacionalmente (básicamente servicios). Si es cierta la evidencia empírica que demuestra que los sectores transables registran crecimientos de productividad sistemáticamente superiores a los servicios, entonces el sesgo en favor de los bienes transables podría explicar una mayor tasa de crecimiento de largo plazo.
Existen otros dos argumentos. El primero dice que los cuellos de botella externos han interrumpido sistemáticamente las dinámicas de crecimiento, cualquiera sea el resto de las políticas. No es éste, en mi visión, un argumento sólido. No es el déficit comercial lo que termina afectando el crecimiento, sino la incapacidad de la economía (y de la política económica) para ajustarse a su reducción –de manera no traumática–, cuando las circunstancias así lo requieren. El segundo argumento, más atendible, es la relación positiva entre la tasa de ahorro doméstico y el tipo real de cambio. Por varias razones –que exceden el alcance de esta nota–, una moneda débil incrementa el ahorro doméstico y por tanto facilita mayores niveles de inversión.
Tenemos así un primer bosquejo de lo que sería la teoría del crecimiento que subyace al modelo de moneda débil. Veamos ahora cómo se financia este esquema. La otra cara de un modelo de moneda débil es una inflación que supera sistemáticamente su tendencia de largo plazo. Este es un costo que el hacedor de política económica puede estar dispuesto a pagar en la búsqueda de una mayor tasa de crecimiento.
¿Qué ocurren en Argentina? Como en política, también en economía, el Gobierno desea ir por todo. Por eso no está dispuesto a tolerar que la inflación se vaya deslizando peligrosamente. Y para ello, ha decidido recurrir a los servicios del Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Aunque el Presidente Kirchner lo ha definido este fin de semana como “un perro que ladra, pero que no muerde , lo cierto es que desde el inicio de su gestión se ha enrarecido el clima de negocios entre aquellos empresarios que se sienten bajo la lupa del poder político.
El conflicto que plantea el actual modelo de crecimiento ha comenzado a mutar. Ya no es la mayor inflación el único costo a sufragar. El conflicto más relevante es entre los incentivos macroeconómicos a la inversión versus los desincentivos microeconómicos. Aunque Moreno asegura que los acuerdos de precios desaparecerán a fin de año, todo hace suponer que las dificultades para levantarlos y los incentivos para reforzarlos serán cada vez mayores. Sin desórdenes fiscales y monetarios de magnitud, la inversión será la “variable de ajuste que acuse el impacto. Con rentabilidad (alta pero) en descenso y controles en ascenso, ahora los empresarios tienen la palabra. La evidencia de desaceleración de la inversión es todavía muy incipiente. Habrá que seguir atentos a su evolución.










