El consumo estatal dejó de acompañar en los últimos meses la expansión del privado. Aunque la inversión del gobierno nacional y los provinciales sigue empujando la demanda agregada y fogoneando así la economía, el resto del gasto público consolidado comenzó a jugar un rol contractivo en el segundo trimestre: su aumento nominal fue cinco veces menor al de los primeros tres meses del año y su participación en el PIB tocó un piso del 12,1%.

El cambio de tendencia tiene defensores y detractores. Los primeros destacan la decisión oficial de sostener el superávit fiscal primario, que superará en 2006 los $22.000 millones impulsado por los sucesivos récords de recaudación. Los críticos apuntan que eso implica mantener un salario real público todavía un 20% por debajo del nivel de 2001 y casi tan atrasado como el de los empleados en negro del sector privado.

Más allá de la valoración, el dato llamó la atención de todos los especialistas cuando se conocieron las últimas actualizaciones del Indec sobre la marcha del producto. El último estudio de la consultora Economía y Regiones (E&R) destaca que la suba desestacionalizada nominal del consumo público fue del 0,4% entre abril y junio, la más baja desde el primer trimestre de 2004. Y agrega que la proporción entre ese consumo y el PIB cayó del 12,8% al 12,1% en los últimos dos años.

Lo mismo subraya el informe mensual de septiembre del estudio Broda. Según sus cálculos, el consumo privado aportó en la primera mitad del año 5,5 puntos porcentuales al crecimiento del PIB, la inversión bruta interna sumó otros 3,7 puntos y el consumo público sólo añadió 0,9 puntos adicionales. La nota la dieron las exportaciones netas, que aparecieron restando por haber crecido menos que la economía.

Para el economista Paulino Caballero, de E&R, lo que se percibe es un calce más estricto entre el crecimiento del gasto y el de los ingresos. “El año pasado crecían mucho más los gastos que los recursos y se prendían luces amarillas. De alguna manera esto es una reacción a eso, un sinceramiento .

El director de la Fundación Mercado, Oscar Liberman, considera en cambio que “el Estado está cambiando en qué gasta, porque se juega a estimular la obra pública con todo y a mantener acotado su costo de funcionamiento . Aunque ve con buenos ojos cualquier signo de austeridad en el gasto gubernamental, Liberman advierte que la presión tributaria es de cualquier manera “la más alta de la historia .

El redireccionamiento del gasto desde el consumo hacia la inversión podría hacer más efectivo el uso de los recursos durante un año electoral: mientras los empleados públicos siguen siéndolo aunque no reciban aumentos, los beneficiarios de las obras manifiestan su agradecimiento con contundencia al candidato que participa en su inauguración.

Pero la postergación de los empleados estatales –en particular los provinciales– también abre la puerta a conflictos gremiales catalizados por los comicios. Para el diputado y referente económico de la CTA, Claudio Lozano, la situación es más inestable debido a que los salarios estatales del interior son los más atrasados y los impuestos que más recauda la Nación son los que no coparticipa.

“En este modelo lo que financia la expansión del gasto en inversión es la retracción del gasto corriente, fundamentalmente en salarios , sostiene Lozano. Según sus cálculos, el superávit primario actual se explica en un 30% por mayor recaudación (en especial de impuestos nuevos) y en un 70% por ajuste del gasto en términos reales.