Tras el dato de inflación de febrero que arrojó 2,9%, JP Morgan puso el foco sobre un punto incómodo para el relato del mercado: la desinflación en Argentina continúa, pero dejó de ser lineal y empieza a mostrar fricciones.
En su último informe, el banco definió el momento actual como que la economía está “atascada en un número”.
El dato de febrero es el ancla de ese diagnóstico. La inflación se ubicó en 2,9% mensual, sin cambios respecto de enero y por encima de las expectativas del propio banco y del consenso del mercado.
“No es un salto, pero tampoco una mejora. Es, en términos financieros, un “plateau” que obliga a recalibrar expectativas", dijo.
La clave no está en el índice general, sino en la dinámica subyacente. La inflación núcleo aceleró a 3,1% mensual, mientras que las métricas más limpias —como el core sin alimentos o el índice del BCRA— se mantienen por encima del 2,4%. Es decir, el proceso de desinflación sigue, pero la inercia todavía no fue quebrada.
Los tres obstáculos de la desinflación: alimentos, servicios y precios regulados
En ese marco, el informe identifica dos motores claros de resistencia. Por un lado, los alimentos, con la carne como protagonista, volvieron a presionar al alza, mostrando que los shocks de precios relativos siguen teniendo impacto. Por otro, los servicios continúan corriendo a un ritmo elevado, reflejando la persistencia de componentes más rígidos de la inflación.
A esto se suma un factor estructural: la recomposición de tarifas. Los precios regulados avanzaron por encima del 4% mensual y aportaron una porción relevante al índice general. Este proceso es inevitable dentro del esquema de normalización macroeconómica, pero tiene un costo claro en términos de corto plazo: retrasa la velocidad de la desinflación.
Hacia adelante, el banco mantiene una visión de desaceleración, aunque más gradual de lo que se descontaba meses atrás. Proyecta una inflación promedio cercana al 2,5% mensual en la primera mitad de 2026 y una convergencia hacia el 1,5% en el segundo semestre. Con ese sendero, la inflación cerraría el año en torno al 26,5% interanual.
Sin embargo, el balance de riesgos empieza a inclinarse hacia arriba. La suba del petróleo en un contexto de tensiones geopolíticas globales podría trasladarse parcialmente a precios locales, especialmente en combustibles, agregando presión adicional sobre el índice.
En el escenario base, el impacto sería acotado, pero un pass-through más completo podría sumar hasta un punto porcentual extra a la inflación anual.
El mensaje de fondo es más estructural que coyuntural. Llevar la inflación a niveles de dos dígitos bajos —entre 10% y 15%— requiere algo más que disciplina fiscal y monetaria. Implica avanzar en la eliminación de los controles cambiarios, profundizar la agenda de reformas —especialmente en materia impositiva— y completar la corrección de precios relativos.
En términos de mercado, el informe introduce un matiz relevante. La desinflación sigue siendo el eje central de la narrativa argentina, pero ya no es un trade lineal.
El nuevo escenario combina avances macro con una nominalidad más rígida, “lo que puede traducirse en una compresión más lenta del riesgo país y en mayor selectividad para los activos locales”, consiga el documento.
El diagnóstico del gigante de Wall Street no cambia sobre la dinámica, pero sí el timing: “Argentina sigue desinflando, aunque a una velocidad que empieza a exigir más reformas y menos optimismo automático”.