Un empresario decide siempre a ciegas. No sabe cómo va a reaccionar el público ante un producto nuevo, y un inversor tampoco conoce de antemano la función que, según los manuales, debería maximizar. "Están rodeados de niebla“, resume Santiago Navajas. La pregunta que viene después es antigua: cómo se decide dentro de esa niebla. La respuesta que propone este profesor de Filosofía tiene, por lo menos, dos mil cuatrocientos años.
Navajas (Granada, 1968) da clases de Filosofía desde 1996 en el IES Padre Suárez de Granada y es profesor asociado de Estética y Teoría del Arte en la Universidad de Granada. Su Eso no estaba en mi libro de Historia de la Filosofía, publicado en España por Almuzara, acaba de editarse en la Argentina de la mano de Ediciones LEA. Su interés por la economía viene, cuenta, de una intuición que atribuye a Friedrich Hayek: un economista que solo es economista no puede ser un buen economista.
El propio Hayek, recuerda, empezó como economista y terminó como filósofo. Adam Smith, el padre de la economía moderna, era ante todo un filósofo moral. También lo era Marx. El cruce, más que una rareza, es la norma en la historia de las dos disciplinas.
Su ejemplo preferido es el fundador de la disciplina. “De Adam Smith se cita mucho La riqueza de las naciones, pero su libro más importante es La teoría de los sentimientos morales“, sostiene. El orden no es casual: antes de escribir sobre mercados, en 1759, Smith publicó su tratado sobre la empatía y sobre los límites morales del interés propio.
De ahí saca Navajas una idea que le sirve para pensar la economía actual: las sociedades de alta confianza, como las nórdicas, no persiguen el bienestar a través del crecimiento, sino el crecimiento a través del bienestar.
De esa doble mirada saca una división de tareas. La economía mira las consecuencias, el sistema de señales, qué pasa cuando se mueve una variable. La filosofía se ocupa de los primeros principios: qué es una buena vida, qué significa la justicia.
“La economía evita que la filosofía se vuelva utópica y pierda el contacto con la realidad”, dice. “Y la filosofía evita que la economía se vuelva cínica o reduccionista.” Una aporta los patrones agregados; la otra, las limitaciones éticas y antropológicas que los modelos suelen dar por sentadas.
Ahí apunta su crítica. El agente racional que maximiza utilidad con preferencias completas, la piedra de la economía neoclásica, es para Navajas un modelo hipersimplificado, una versión secularizada del sujeto autónomo de la Ilustración escocesa. El valor de una lata de anchoas no es objetivo: es lo que alguien está dispuesto a pagar por ella en el mercado. Y las preferencias, que el modelo toma como dadas y estables, para la filosofía son un problema, porque se forman, se educan y se corrompen.
Aristóteles ya decía que dependen de la comunidad en la que uno vive; Nietzsche rastreó su genealogía. La economía del comportamiento terminó de desmontar al homo economicus por otra vía, con Daniel Kahneman, Amos Tversky y Richard Thaler metiendo los sesgos y el altruismo dentro del modelo. “Aunque el homo economicus es falso, es una herramienta que sirve para modelar la acción humana", concede. El error está en olvidar que es solo un modelo.
Cómo decidir con información incompleta, según la filosofía
Su filósofo más trabajado es Hayek, y el texto que más cita es El uso del conocimiento en la sociedad, de 1945. Lo usan los economistas, pero su núcleo es filosófico: la información está dispersa por toda la sociedad, ningún organismo central puede reunirla entera, y por eso la economía no se puede dirigir desde arriba. Navajas lo enlaza con Sócrates y su “solo sé que no sé nada”. Lo llama humildad epistémica, y es lo primero que le pediría a quien dirige: asumir que decide sin información completa, que hace apuestas.
De ahí baja a algo más operativo. Frente a la incertidumbre no hay una regla para aplicar, sino lo que Aristóteles llamaba phrónesis, la prudencia: la capacidad de juzgar bien en una situación nueva, sin precedente. Eso se entrena, y para Navajas se entrena sobre todo educando en el fracaso. El empresario que no sabe hacia dónde va se va a equivocar a menudo, y la cuestión es tomar ese error como parte del método y no como una condena. Una ética del ensayo y el error, con retroalimentación constante del mercado. El cliente tiene razón de manera relativa, matiza: no siempre acierta, pero siempre hay que escucharlo.
El segundo consejo es entender los incentivos reales, y para eso recurre a un experimento célebre. Hasta 2002, los diplomáticos de la ONU en Nueva York tenían inmunidad y no pagaban las multas de aparcamiento. Los economistas Raymond Fisman y Edward Miguel usaron esas infracciones para medir algo más grande: los diplomáticos de países con más corrupción acumulaban muchísimas más multas impagas, y los de los países nórdicos apenas cometían ninguna.
Cuando en 2002 la ciudad pudo empezar a retirarles las matrículas, las infracciones se desplomaron. Navajas lee ahí las dos palancas de cualquier organización: la norma cultural interiorizada y el incentivo. Contrapone a los suecos, que respetaban la prohibición por pura educación en el deber, con quienes solo cambian de conducta cuando aparece la multa.
Escuela de Salamanca: los filósofos que anticiparon la inflación y los bancos centrales
Para el final Navajas guarda a los filósofos que, dice, hablan de economía como si vivieran hoy. Son españoles y del siglo XVI: la Escuela de Salamanca. Juan de Mariana, Martín de Azpilcueta, Francisco Suárez. Fueron los primeros en Occidente en sostener que el poder no baja de Dios al monarca sino que reside en el pueblo, y los primeros en afirmar que el lucro, el beneficio y el interés no eran pecado.
De Mariana advirtió que manipular la moneda genera inflación, cuatro siglos antes de que ese fuera el mandato de los bancos centrales. “Nos alumbran muchos de los fenómenos que la economía neoclásica desarrolló después”, dice. A veces por delante del propio Adam Smith, que en La riqueza de las naciones volvió a un valor objetivo que aquellos españoles ya habían discutido.
El libro le dedica un capítulo a Mariana, aunque por su choque con Thomas Hobbes: el teórico del Estado autoritario contra el escolástico que defendía un protoliberalismo. Navajas cree que ese duelo describe el siglo que empieza. “El siglo XXI va a ser el enfrentamiento entre Hobbes y Juan de Mariana“, dice: de un lado, los grandes imperios que combinan economía de mercado con Estado autoritario, China y Rusia; del otro, unas democracias liberales que él ve derivando también hacia formas de autoritarismo. De ahí, para Navajas, el valor de todo esto. La filosofía deja de ser un adorno de la mesa de novedades y se vuelve la caja de herramientas con la que se decide cuando nadie sabe qué va a pasar mañana.