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Millones de familias en todo el mundo conviven con una pregunta que ninguna generación anterior tuvo que hacerse: ¿hasta dónde debe llegar la inteligencia artificial en la educación de los hijos? La respuesta, todavía, no está en ningún manual escolar ni en ninguna política pública consolidada y cada hogar debe construirla a su manera.

En este marco es que una madre compartió recientemente en redes sociales cómo regula el uso de herramientas como ChatGPT en su casa y resumió su postura con una advertencia directa: “No quiero que mis hijos eviten el esfuerzo que los hace aprender”.

La reflexión resonó con fuerza, porque pone en palabras cotidianas una preocupación que investigadores, docentes y psiquiatras llevan tiempo señalando con datos.

Las advertencias detrás de aplicar la IA para el aprendizaje en la juventud. (Fuente: archivo)

Lo que dicen los datos sobre el uso en menores

El alcance del fenómeno no es menor. Según una encuesta del Pew Research Center publicada en enero de 2025, el porcentaje de adolescentes de entre 13 y 17 años que declararon usar ChatGPT para sus tareas escolares se duplicó en un año, pasando del 13% en 2023 al 26% en 2024.

El fenómeno no se limita a completar tareas. Docentes, padres y expertos llevan tres años preocupados por el facilismo que la IA introduce en el aula. Un extenso informe de Brookings publicado en enero de 2026 sostiene que el problema va más allá del uso académico. La IA es tan eficaz para eludir el trabajo intelectual que estaría provocando una “gran desconexión” en los cerebros de los estudiantes.

Las precauciones recomendadas para aprender junto a la Inteligencia Artificial. (Fuente: archivo)

Qué ocurre en el cerebro cuando se usa IA para estudiar

El informe de Brookings describe un espiral de dependencia en el que los estudiantes delegan su pensamiento en la tecnología, con una atrofia cognitiva que habitualmente se asocia al envejecimiento. Una de las docentes entrevistadas para el estudio lo expresó de forma directa: “Los estudiantes no pueden razonar. No pueden pensar. No pueden resolver problemas”.

Rebecca Winthrop, una de las autoras del informe, advierte que quienes usan IA generativa para que les diga cuál es la respuesta: “No están pensando por sí mismos. No están aprendiendo a distinguir la verdad de la ficción. No están aprendiendo a entender qué hace que un argumento sea sólido”

Cómo regulan el uso en casa

La madre que inició el debate estableció reglas concretas en su hogar. Sus hijos pueden usar herramientas de inteligencia artificial para investigar y ampliar información sobre un tema, pero no para redactar o resolver directamente las tareas. La condición es siempre la misma: el trabajo intelectual tiene que pasar primero por ellos.

Su postura coincide con lo que expertos como los del informe de Brookings recomiendan a las familias: que la IA funcione como punto de partida para la curiosidad, no como un atajo que reemplaza el proceso de aprender. La distinción parece sutil pero, según la evidencia disponible, marca una diferencia significativa en cómo el cerebro de un menor procesa y retiene el conocimiento.

Por ahora, mientras los centros educativos definen sus normas y los gobiernos debaten marcos regulatorios, son los hogares los que toman las decisiones más concretas. Y la advertencia de esta madre resume, con más precisión que muchos informes, el núcleo del problema.