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Durante décadas, los característicos vagones rojos del metro de Nueva York, conocidos como Redbirds, transportaron a millones de pasajeros. Cuando llegó el momento de retirarlos, una parte de aquella flota tuvo un destino muy diferente al desguace: el fondo del océano Atlántico.

Desde 2001, New York City Transit comenzó a poner antiguos vagones a disposición de distintos programas estatales para convertirlos en arrecifes artificiales. Delaware fue uno de los grandes receptores y los vehículos terminaron dando nombre a uno de sus enclaves submarinos más conocidos: Redbird Reef.

El resultado puede parecer contradictorio a primera vista. Los viejos vagones fueron preparados antes de entrar al agua y sus estructuras metálicas proporcionaron superficies duras en una zona donde predominan los fondos de arena y barro. Con el paso del tiempo, esas superficies comenzaron a convertirse en hábitat para la vida marina.

En 2001, Nueva York empezó a tirar antiguos vagones de metro al océano: años después, se habían convertido en arrecifes con una particular vida marinaChatGPT

De las vías de Nueva York al fondo del océano Atlántico

El proyecto tuvo su origen en la retirada de los históricos Redbird, una generación de coches fácilmente reconocible por el color rojo de su carrocería. En 2001, la autoridad de transporte neoyorquina puso alrededor de 1.300 unidades fuera de servicio a disposición de programas de arrecifes artificiales.

Antes de su hundimiento, los vagones eran preparados para reducir los posibles riesgos ambientales. Se retiraban depósitos, grasas, plásticos y otros materiales degradables. Una vez acondicionados, podían ser transportados mar adentro y depositados en zonas previamente autorizadas.

Delaware se convirtió en uno de los principales destinos. El estado ya desarrollaba su programa de arrecifes artificiales desde 1995, utilizando materiales duraderos y estables como hormigón reciclado, embarcaciones retiradas y vehículos militares.

La llegada de los coches neoyorquinos fue tan significativa que el Reef Site 11 terminó siendo conocido como Redbird Reef, precisamente por el característico esquema de pintura de aquellos antiguos vagones.

Qué ocurrió con los vagones de metro después de quedar bajo el agua

La clave está en las características naturales de esta parte del Atlántico. Según explica el Departamento de Recursos Naturales y Control Ambiental de Delaware (DNREC), gran parte del fondo marino próximo a su costa está compuesto por arena o barro prácticamente sin estructuras.

En ese escenario, introducir una superficie dura cambia las condiciones disponibles para numerosas especies. Los materiales estables pueden ser colonizados por comunidades de invertebrados y crear zonas de refugio y alimentación para diferentes peces.

Así, las estructuras de los antiguos vagones del metro de Nueva York comenzaron a cumplir una función completamente diferente a aquella para la que habían sido fabricadas. Dejaron de transportar pasajeros para convertirse en parte de un ecosistema submarino.

DNREC explica que estos arrecifes proporcionan alimento y protección a especies como tautog, lubina negra, scup, pez ángel y pez ballesta. También atraen peces depredadores que llegan hasta estas estructuras para alimentarse de especies más pequeñas.

Redbird Reef: cientos de vagones convertidos en arrecife artificial

El Redbird Reef ocupa aproximadamente unos 3,4 kilómetros cuadrados del fondo oceánico y se encuentra frente a la costa de Delaware. Su nombre mantiene vivo el recuerdo de los coches que durante años circularon bajo las calles de la gran ciudad.

La guía oficial de arrecifes de Delaware registra 714 antiguos vagones en Redbird Reef. Sin embargo, los coches de metro no son las únicas estructuras que descansan allí.

El lugar también cuenta con antiguos vehículos militares, remolcadores, barcazas y embarcaciones retiradas. En años posteriores, el programa siguió incorporando barcos para aumentar la cantidad y variedad de estructuras disponibles para la vida marina.

En el conjunto del sistema de Delaware, las autoridades han utilizado más de 1.350 vagones retirados del metro de Nueva York durante las últimas décadas. Los coches se distribuyeron entre distintos puntos del programa de arrecifes.

Por qué un viejo vagón puede convertirse en hogar para peces y otras especies

El objetivo de un arrecife artificial no consiste simplemente en arrojar objetos al mar. Los materiales empleados deben ser duraderos, estables y no tóxicos, además de prepararse antes de su colocación.

Cuando una estructura adecuada llega a un fondo dominado por arena y barro, aporta grietas, paredes, huecos y superficies donde pueden asentarse organismos. Esto genera nuevos espacios de protección y alimentación.

DNREC sostiene que las estructuras submarinas atraen rápidamente vida marina y proporcionan refugio especialmente para peces jóvenes. A su alrededor también pueden desarrollarse comunidades de invertebrados que pasan a formar parte de la cadena alimentaria.

Por ese motivo, el programa no tiene únicamente una función ecológica. Los 14 sitios de arrecifes artificiales gestionados por DNREC también ofrecen espacios para la pesca recreativa y el buceo, dos actividades vinculadas a la economía costera del estado.

No fueron solo vagones: Delaware convirtió toneladas de materiales retirados en hábitat marino

En 2001, Nueva York empezó a tirar antiguos vagones de metro al océano: años después, se habían convertido en arrecifes con una particular vida marina. Fuente: Freepik

Los antiguos coches del metro de Nueva York son la parte más llamativa del proyecto, pero representan solo una fracción de todo lo que Delaware ha colocado bajo el agua.

A lo largo de las últimas décadas, el programa ha reutilizado más de 2 millones de toneladas de roca, unas 100.000 toneladas de hormigón, 86 tanques y vehículos blindados, más de 1.350 vagones de metro y decenas de embarcaciones retiradas.

Cada incorporación busca aumentar la presencia de estructuras sólidas en un fondo marino donde este tipo de hábitat es escaso de forma natural. El propio estado continúa utilizando antiguos barcos y otros materiales previamente acondicionados para ampliar sus arrecifes.

Más de dos décadas después del comienzo de aquella iniciativa con los Redbird, una parte del viejo metro de Nueva York permanece bajo el Atlántico. Ya no tiene estaciones ni pasajeros: sus estructuras forman parte de un arrecife utilizado por peces, invertebrados, pescadores y buceadores.