

Cuatro décadas después de la explosión del reactor de la Unidad Cuatro en Chernóbil, el peor desastre nuclear de la historia, la zona donde ocurrió sigue siendo un ambiente tan contaminado por la radiación que resulta raro encontrar hasta insectos alrededor. Y, sin embargo, en medio de esa hostilidad, un organismo no solo logró sobrevivir: prosperó.
Se trata del hongo negro hallado adherido al interior de las paredes de uno de los edificios más radiactivos de la Tierra.
Su nombre científico es Cladosporium sphaerospermum, y lo llamativo es que parece vivir allí en su máximo desarrollo, lo que abrió una pregunta central: ¿puede un ser vivo beneficiarse de un entorno que para los humanos es peligroso?

¿Cómo es el hongo negro de Chernóbil?
No hay que imaginarlo como los hongos de sombrero que crecen en los bosques. “Se trata de hongos de color negro intenso porque acumulan mucha melanina”, explicó a Perfil el investigador del CONICET Sebastián Pelliza.
Su gran particularidad es la resistencia a un entorno letal. “A estos hongos se los conocía de otros sitios, pero son los únicos capaces de resistir los niveles de radiación de los reactores contaminados de Chernóbil”, detalló el micólogo Francisco Kuhar.
Esa capacidad se explica, en parte, por la enorme plasticidad genética de los hongos, que les permite adaptarse a casi cualquier cambio ambiental y que los ha mantenido sobre la Tierra durante millones de años.

Cómo sobrevive en uno de los lugares más radiactivos del planeta
El interés científico por este organismo empezó a finales de la década de 1990, cuando un equipo dirigido por la microbióloga Nelli Zhdanova, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, estudió qué vida podía existir en el refugio que rodea el reactor destruido.
El grupo documentó 37 especies de hongos, muchas de ellas de tonos oscuros y ricos en melanina, entre las que predominó el Cladosporium sphaerospermum.
Más tarde, un equipo del Albert Einstein College of Medicine, liderado por la radiofarmacóloga Ekaterina Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall, analizó qué ocurría al exponer el hongo a radiación ionizante.
Sus observaciones indicaron que la radiación no lo dañó del mismo modo que a otros seres vivos: el organismo mostró una resistencia inusual y llegó a crecer mejor bajo exposición.
Qué es la “radiosíntesis” y hasta qué punto está probada
En un artículo publicado en 2008, Dadachova y Casadevall propusieron una vía biológica similar a la fotosíntesis. Según Pelliza, “en los hongos, la melanina actúa como un transductor de energía, captando radiación ionizante, como rayos gamma, y transformándola en energía química que el hongo puede usar para crecer”, del mismo modo que las plantas aprovechan la luz solar. A ese mecanismo se le dio un nombre: radiosíntesis.
En esa hipótesis, la melanina cumpliría una doble función: captar la radiación y, a la vez, actuar como escudo protector frente a sus efectos más dañinos.
Conviene subrayar, no obstante, que se trata de una propuesta aún no confirmada. Un equipo dirigido por el ingeniero Nils Averesch, de la Universidad de Stanford, advirtió en 2022 que la radiosíntesis real todavía está por demostrar, así como la obtención de energía a partir de esa radiación.
Qué aplicaciones podría tener en la exploración espacial
El interés por el hongo se conectó con investigaciones más recientes. En 2022, un experimento llevó el Cladosporium sphaerospermum al exterior de la Estación Espacial Internacional, donde quedó expuesto a la radiación cósmica.
Los sensores colocados bajo la muestra registraron que atravesaba menos radiación cuando había hongo que en un control sin él.
El objetivo de ese trabajo no era demostrar la radiosíntesis, sino explorar el potencial del organismo como escudo natural frente a la radiación en futuras misiones espaciales, uno de los grandes obstáculos para los viajes largos.
Aunque muchas preguntas siguen abiertas, el hongo negro de Chernóbil se ha convertido en un objeto de estudio que desafía las ideas establecidas sobre dónde y cómo puede prosperar la vida.













