

La emblemática pastelería Embassy de Madrid, establecida en 1931, ha cerrado sus puertas de forma definitiva después de meses de desasosiego. Los seis locales que mantenía operativos cesaron sus actividades en marzo y, a pesar de la esperanza de los propietarios en reanudar operaciones, finalmente no lograron obtener la financiación necesaria.
El cierre en agosto de 2025 dejó en la calle a 50 trabajadores, muchos de los cuales cuentan con más de tres décadas de servicio, quienes denunciaron impagos y malos tratos durante el proceso.

El cierre impacta a 50 empleados, la mayoría con más de 30 años, que reclaman deudas y maltrato en el proceso
La compañía no ha conseguido recuperarse de las repercusiones de la pandemia, el incremento de costos y una administración que ha sido considerada deficiente por sus colaboradores. Este acontecimiento se suma a un golpe considerable en 2017, cuando clausuró su emblemático salón de té en el Paseo de la Castellana.
De este modo, se da cierre a una de las confiterías más emblemáticas de la capital, celebrada por su tarta de limón y merengue, sus emparedados y su histórico vínculo con el cosmopolitismo madrileño.

Razones del cierre de Embassy
La dirección de la cadena ha señalado la escasez de liquidez como el factor predominante que ha conducido al cierre, en un entorno caracterizado por el incremento de los costos laborales y energéticos, así como por el aumento en el precio de las materias primas.
Además, este contexto adverso ha complicado la sostenibilidad financiera de la empresa, lo cual ha resultado en la difícil decisión de cesar operaciones.
La compañía se asfixió al no recuperar las ventas prepandemia
A finales de julio, los empleados recibieron cartas de despido tras meses sin percibir salarios. Varios de ellos ya habían recurrido a la justicia por impagos salariales y ahora procederán por despido improcedente.
Sin embargo, los trabajadores también responsabilizan a la dirección, que, según ellos, optó por reducir costos, contratar personal sin la debida formación y expandirse más allá de lo que sus ventas permitían.
“Nos han tratado de manera inaceptable, incluso a compañeros con más de 30 años de servicio en la empresa”, relató una dependienta, quien recordó que en los últimos tiempos les pagaban en múltiples entregas o incluso les debían dinero.
El cierre del icónico local de la Castellana en 2017 marcó el inicio de un deterioro del que nunca se recuperó. En la actualidad, la ciudad se despide no solo de una pastelería, sino de un símbolo de su vida social y cultural.
El prestigio se mantuvo durante décadas, bajo la gestión cuidadosa de sus primeros propietarios, quienes incluso legaron parte de la empresa a empleados. No obstante, el declive comenzó tras el fallecimiento de la segunda generación.











