La presencia del presidente Milei en Asunción no fue un gesto diplomático más; es el punto de inflexión que marca el fin de una era de encierro. Con la firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, la Argentina no solo rubrica un tratado comercial; está firmando su acta de reingreso al primer mundo. Es la culminación de un giro estratégico que nos devuelve el protagonismo que nunca debimos perder.

Durante décadas, intentaron convencer a los argentinos de que cerrarnos al comercio era la forma de protegernos. El resultado fue la erosión de nuestra industria, la asfixia del campo y un estancamiento que nos alejó de los flujos de inversión global. Hoy, este acuerdo es una señal más de ruptura con ese paradigma retrógrado. Al integrarnos en una zona de libre comercio de casi 800 millones de consumidores, la Argentina deja de ser un mercado cautivo para convertirse en un actor global competitivo.

Lo más relevante no son los porcentajes arancelarios, sino la señal de previsibilidad que enviamos al tablero internacional. En un mundo donde las alianzas se reconfiguran y las grandes potencias ajustan sus estrategias, tener un pie sólido en Europa nos otorga una autonomía fundamental. No se trata de elegir un aliado en contra de otro, sino de multiplicar nuestras opciones. Este tratado nos permite diversificar exportaciones y no depender de la voluntad de un solo bloque o de la coyuntura de una única potencia. Es pragmatismo puro al servicio del crecimiento nacional.

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Para el motor productivo argentino, los beneficios son tangibles y directos. Nuestros productores de carne, biocombustibles y economías regionales tienen ahora un horizonte de expansión que antes les estaba vedado por barreras infranqueables y clientelismos políticos. El acceso preferencial y la eliminación de aranceles significan divisas frescas y, sobre todo, una exigencia de calidad que nos obligará a modernizar procesos y estándares. Lejos de ser una amenaza, la competencia con Europa es el incentivo que nuestra infraestructura y nuestra tecnología necesitan para dar el salto definitivo.

Claro está que este salto definitivo no se explica solo por el acuerdo en sí, sino por la coherencia entre sus términos y las reformas que el presidente Milei está impulsando en la economía argentina. Una Argentina con ciudadanos más libres, con reglas claras y menos tutelas estatales, es también una Argentina inevitablemente más abierta, más competitiva y más confiable en su relación con el mundo. La apertura externa no es una concesión: es la consecuencia natural de haber empezado a ordenar la casa por dentro.

Por supuesto, los desafíos persisten y todo el acuerdo exige concesiones. Las cláusulas ambientales y los ruidos de algunos sectores protegidos en Europa son parte del juego. Pero la Argentina ya no negocia desde la debilidad o el resentimiento ideológico, sino desde la convicción de su potencial. Estamos ante una modernización forzosa pero necesaria que sanará décadas de desinversión.

El acuerdo con la Unión Europea es mucho más que un intercambio de bienes; es el marco institucional que garantiza que la apertura económica de la Argentina no tenga vuelta atrás. En Asunción se selló el futuro de una generación que ya no quiere vivir de subsidios, sino de su capacidad de venderle al mundo lo mejor que sabe hacer. Esta vez, cuando la oportunidad se presentó, la Argentina decidió no mirar desde el andén. Esperemos que el Congreso ratifique rápidamente este Acuerdo y podamos aprovechar otros beneficios adicionales previsto en sus clausulas.