El INDEC acaba de publicar la primera medición oficial de la productividad total de los factores, junto con una nueva estimación del stock de capital de la economía argentina, la primera en veinte años.

Como era de esperar, los datos abrieron un debate entre la lectura que pone el foco en la década perdida y la que lo pone en el rebote de 2025 y lo que puede ocurrir de aquí en adelante. Para ordenarlo, conviene entender qué mide el indicador, qué hay detrás de sus resultados y por qué su evolución será decisiva para el crecimiento de los próximos años.

La productividad total de los factores mide la eficiencia de la economía en un sentido amplio. Contablemente, es la parte del crecimiento que no se explica por el aumento del stock capital ni del trabajo. Es, además, la variable que más pesa en el crecimiento de largo plazo y la que explica la mayor parte de las diferencias de ingreso entre países.

Si una empresa suma máquinas y personal, pero sigue produciendo lo mismo, su productividad cae. Eso es precisamente lo que ocurrió en Argentina entre 2016 y 2025, cuando la economía usó más recursos para producir casi lo mismo.

La productividad de la economía argentina cayó en promedio un 0,9% anual entre 2016 y 2025, pese al aumento de los recursos utilizados para producir.Fuente: ShutterstockShutterstock

El valor agregado creció apenas 3,1% entre esos años, mientras los servicios del capital aumentaron 14% y los del trabajo casi 11%. Como resultado, la productividad cayó en promedio 0,9% por año.

En 2025, en cambio, el valor agregado creció 3,6% y 2,8 puntos de ese total correspondieron a la productividad, su primera mejora real desde 2016. Un solo año, sin embargo, difícilmente alcance para hablar de un cambio de tendencia.

El punto central es que más inversión y más trabajo no implican necesariamente más productividad. Algunos números simples ayudarán a entender por qué.

Supongamos una empresa que en diez años aumenta su capital 20% y su plantel 10%, mientras su producción crece 10%. Si el capital pesa 40% en el proceso de producción y el trabajo 60%, los factores explicarían un crecimiento de 14% (0,4 × 20 + 0,6 × 10). Los cuatro puntos que faltan son el residuo y, en este caso, indican que la productividad disminuyó.

Si, por el contrario, la producción hubiera crecido un 20%, los seis puntos adicionales se atribuirían a la productividad. La diferencia puede deberse a capital subutilizado o mal asignado, o a técnicos dedicados a tareas ajenas a su función. Cualquier empresa puede hacer este ejercicio y preguntarse si su producción creció en proporción a lo que invirtió y contrató.

En el conjunto de la economía, la literatura asocia la productividad con la calidad de la fuerza laboral, la asignación de los recursos hacia las empresas y sectores más eficientes, la integración al comercio internacional, la calidad de las instituciones, la estabilidad macroeconómica y el grado de competencia.

Todos estos factores ayudan a explicar los números de Argentina. Pero el problema no es exclusivo de nuestro país. La desaceleración de la productividad preocupa en todo el mundo desde la crisis financiera de 2008 y en América Latina el fenómeno es más profundo porque la productividad total de los factores prácticamente no creció desde 1990.

Menos informalidad, más estabilidad y mejores instituciones podrían contribuir fuertemente para que Argentina crezca de manera sostenida. Esto es particularmente importante porque hay buenas razones para esperar que el crecimiento basado en la acumulación de capital y trabajo tienda a diluirse con el tiempo.

La estabilidad macroeconómica, la formalización del empleo y la calidad de las instituciones son factores clave para impulsar la productividad y sostener el crecimiento económico.Magnific

La primera es la demografía. Con una tasa de natalidad en caída y una población que envejece, la contribución del trabajo al crecimiento tenderá a disminuir. Para las empresas, eso se traducirá en una competencia creciente por el talento calificado.

La segunda es que la acumulación de capital está sujeta a rendimientos decrecientes, es decir, más capital aumenta la producción, pero en cantidades cada vez menores. Por eso, el nivel de vida solo puede crecer de manera sostenida si mejora la productividad, que además explica la mayor parte de las brechas de ingreso entre países.

Mejorar la productividad, sin embargo, lleva tiempo. Muchas de sus condiciones, como una mejor asignación de los recursos, instituciones más sólidas o una fuerza laboral más calificada, tardan años en construirse. En ese proceso, la tecnología puede actuar como un acelerador.

Como toda tecnología de propósito general, la inteligencia artificial puede elevar la productividad en las empresas que ya cuenten con el capital humano y los procesos para aprovecharla, aun antes de que mejore el entorno general, y de ese modo permitir ganar tiempo.

Las estimaciones sobre su impacto van de modestas a muy optimistas, y la experiencia con otras tecnologías muestra que sus efectos tardan en reflejarse en las estadísticas. Ese tiempo rinde, sin embargo, solo si se aprovecha para avanzar en los cambios de fondo porque una mejora impulsada por la tecnología también puede convivir con las ineficiencias de siempre.

El dato de productividad de 2025 es positivo. Los próximos años dirán si fue el comienzo de una recuperación sostenida o apenas un buen año.