Hay un dato que hoy circula con fuerza en el sector: la inversión extranjera directa en minería podría dar un salto del más del 400% y pasar de USD 1.388 millones en 2025 a USD 7.510 millones en 2026. El número impresiona y la pregunta que surge es cuánta de esa inversión logra efectivamente transformarse en producción.

En minería la distancia entre anunciar inversiones y poner un proyecto en operación es larga, costosa y, sobre todo, operativa. Además de marco regulatorio e incentivos hace falta capacidad de ejecución, talento especializado, proveedores preparados, logística eficiente y una cadena de valor que funcione sin fricciones. Porque sin eso los números quedan en el Excel.

Ese desfasaje entre potencial y realidad también explica otro fenómeno como es el hecho de que la minería creció 8% interanual en 2025 y fue uno de los motores del PBI, pero pasó prácticamente desapercibida. A diferencia del agro o la energía, el sector no logra instalar su narrativa en la agenda pública. Y ahí hay un problema estratégico.

La minería argentina todavía se comunica desde la promesa futura y no del impacto presente. Exporta, genera empleo formal de calidad y tiene salarios que triplican el promedio, aunque no logra traducir eso en percepción social. Sin licencia social, no hay escala posible.

El contraste regional es elocuente. Mientras en países como Chile y Perú la minería representa cerca del 18% del PBI, en Argentina apenas alcanza el 1%. Incluso con un crecimiento sostenido, cerrar esa brecha es un proceso que requiere, al menos, una década de continuidad, previsibilidad y ejecución coordinada.

Y en este camino tres cuellos de botella aparecen en escena. Por un lado, el talento. Hoy la minería emplea de manera directa a 37.000 personas y genera más de 120.000 puestos indirectos, según datos de la Cámara Argentina de Empresas Mineras. Lo hace con altos estándares de calidad y formalidad. Los perfiles demandados, especialmente en cobre, son técnicamente especializados y aún existe poca o escasa mano de obra calificada para cubrirlos. La competencia por perfiles técnicos es alta y va a intensificarse. Sin una estrategia clara de formación y reconversión el crecimiento puede frenar por falta de gente capacitada.

El yacimiento de oro Wangu podría alterar el panorama de la minería global. (Foto: archivo)

La logística. Triplicar exportaciones de USD 6.000 millones a más de USD 19.000 millones en pocos años es un desafío de infraestructura. Rutas, ferrocarriles, puertos y servicios asociados tienen que acompañar ese volumen. Si no, el principal escollo no estará en la mina sino en cómo sacar el mineral al mundo.

Y la cadena de proveedores, porque la minería es un ecosistema que necesita empresas capaces de escalar en calidad, tiempos y estándares internacionales. Sin ese entramado, la dependencia externa crece y el impacto local se diluye.

Estos elementos marcan que los actores intermedios vuelven a ser centrales por su capacidad de leer el pulso del sector en tiempo real y conectar talento con operación, acompañando a las compañías en procesos que ya no son lineales, sino dinámicos y de alta exigencia.

Desde Ceta Capital Humano observamos de primera mano cómo la demanda de perfiles técnicos, operativos y especializados está creciendo a un ritmo que desafía la oferta disponible. La minería argentina tiene una oportunidad histórica, pero no es automática y no depende sólo del litio, del cobre o de un régimen de incentivos. Depende de la capacidad de transformar expectativas en ejecución y de estar preparados para cuando lleguen las inversiones.