Después de varios meses de turbulencia, la economía argentina entró en una etapa de mayor estabilidad financiera. La inflación comenzó a bajar, las tasas de interés dejaron atrás sus movimientos erráticos y se estabilizaron en el 20% anual y el riesgo país se redujo significativamente. No somos Suiza, pero mucho cambió desde la turbulencia financiera del período preelectoral.
¿Cuáles han sido las claves de ese cambio? En primer lugar, la baja de la inflación, que luego de un pico de 3,4% en marzo tomó un sendero descendente. Esa suba no es fácil de explicar, porque tuvo lugar cuando había una fuerte contracción monetaria. Pero seguramente fueron importantes el traspaso del aumento del tipo de cambio a precios y factores puntuales que llegaron en momentos inoportunos como el aumento en el precio de la carne y en precios regulados.
La gran pregunta es si va a seguir bajando y logra romper la inercia de alrededor del 2% mensual, o si esa inercia vuelve a ganar la pelea y la inflación se queda en estos niveles.
La segunda clave fue la política de compra de dólares por parte del Banco Central, que ya lleva más de cien días en los que adquirió unos u$s 11.000 millones. Este ha sido un tema que por largo tiempo reclamaban en Wall Street.
Para conseguir un riego país bajo no se puede vivir al borde de la cornisa contando los dólares que hay en las reservas para ver si alcanzan para pagar el próximo vencimiento de deuda o esperando el salvataje del Tesoro americano o del FMI. Si bien todavía falta mucho para llegar a reservas netas positivas razonables, el camino empezó y es muy positivo.
La tercera clave, y relacionada con la anterior, es la mejora en la calificación crediticia de Argentina, dado que con Fitch y S&P subimos a la B (B- en realidad) y seguramente pronto lo hará Moody’s. Con esta noticia el riesgo país bajó a cerca de los 400 puntos y ahora el camino puede ser acercase a los 320 puntos que tienen la mayor parte de los países que poseen calificaciones B+.
Además, la nueva calificación permitirá ampliar el abanico de inversores, que ya no serán tanto hedge funds sino inversores instituciones, que por su naturaleza, son menos especulativos. Para esta mejora ha sido central que el gobierno haya mantenido durante casi tres años una política fiscal sana, con la perspectiva de que se mantenga hacia adelante.
Esta mejora en las condiciones financieras es claramente importante, aunque, como estamos en Argentina, hay que preguntarse cuáles son las principales amenazas a tanta tranquilidad.
El 2027 es un año electoral y sabemos que las elecciones en general generan incertidumbre, dolarización de portafolios y más volatilidad financiera. Especialmente en elecciones presidenciales en la que muchos se van a preguntar sobre si se mantendrán las políticas macroeconómicas.
Dada esta incertidumbre, la primera prioridad es llegar bien preparado para enfrentar una posible turbulencia el año que viene, para evitar escenarios como los que se vivieron en 2019 o las elecciones de medio término el año pasado.
La clave seguramente será llegar bien pertrechados con abundantes reservas internacionales y con un tipo de cambio que no dé señales de estar atrasado, para así evitar un salto en el tipo de cambio que generaría incertidumbre.
Hoy ya no se pregunta por las compras del Banco Central, que se estima que continuarán, aunque tal vez no al mismo ritmo, sino si el Tesoro va a emitir bonos en el mercado internacional. El programa financiero del año que viene es más demandante que el de este año, u$s 36.000 millones contra u$s 22.000, aunque cuando se toma nota de las fuentes que estarían disponible debería ser manejable. El único tema es que va a ser un año electoral, con lo cual todo es más impredecible.
Con la baja del riesgo país, hoy los spreads se acercan a los 400 puntos y es posible que se perfore ese piso.
Para tener un plan financiero holgado, se deberían emitir unos u$s 9000 millones de dólares entre el mercado local y el internacional. Como es un año electoral, sería prudente tratar de aprovechar la calma que se está viviendo para prefinanciar un monto importante este año. Más vale pájaro en mano que cien volando.
En este sentido, el dólar parece estar nuevamente en un sendero ascendente, aunque sube gradualmente. En lo que va de junio ya se depreció 4%, un cambio muy claro respecto de lo que venía pasando desde las elecciones del año pasado en el que estuvo planchado o bajando. Este movimiento reciente luce positivo porque evita que el tipo de cambio real se siga apreciando con el riesgo de que en algún momento saltara y pudiera afectar la inflación y la estabilidad financiera.
El segundo tema que está mirando el mercado es la dualidad de la recuperación económica. El PBI creció 4.4% en 2025 y este año seguramente va a crecer alrededor de 3%. El problema es que este crecimiento es desigual, con sectores con fuertes ventajas competitivas como energía, minería y agronegocios, que no son trabajo-intensivos que crecen fuerte, pero están lejos de los centros urbanos, donde hoy se están perdiendo puestos de trabajo.
Por otro lado, como resultado de la recomposición de tarifas ha caído el poder de compra de gran parte de la población lo que afecta el consumo masivo, mientras que la falta de obra pública le pega a la construcción y la apertura económica y la apreciación del peso le pega a la industria.
La reciente mejora en los indicadores financieros presenta un panorama auspicioso. De cualquier manera, la gran pregunta en el mercado es cual será la velocidad de esa mejora en la actividad económica y si será lo suficiente como para que la gente sienta sus efectos antes de las elecciones. Hay que recordar que los años de turbulencia no se atraviesan reaccionando más rápido, sino llegando mejor preparado.