Gerente de Desarrollo de Nuevos Negocios y Marketing de B&B Global
Al cierre de esta columna, el estrecho de Ormuz —la vía por la que transita una quinta parte del petróleo mundial— cambió de estatus tres veces en menos de un mes: reabrió gradualmente tras un acuerdo preliminar entre Washington y Teherán, volvió a cerrarse tras una nueva escalada de ataques y hoy es, otra vez, objeto de negociación. El Brent, que arrancó el año en torno a los 67 dólares por barril, tocó picos cercanos a los 130, retrocedió a 70 y acaba de volver a superar los 100. Pocas imágenes describen mejor el estado actual del comercio internacional: la incertidumbre dejó de ser la excepción para convertirse en la condición de base.
Las cadenas de suministro globales ya no operan en un contexto de estabilidad. La pandemia puso en evidencia la fragilidad de las cadenas diseñadas para la eficiencia máxima. Luego llegaron los ataques Houthi en el Mar Rojo, que obligaron a desviar rutas marítimas, extendieron los tiempos de tránsito y encarecieron significativamente los costos logísticos. Y cuando esa situación comenzaba a estabilizarse, el conflicto de Estados Unidos e Israel con Irán, iniciado a fines de febrero de 2026, volvió a poner en jaque al comercio internacional, esta vez con epicentro en el Golfo Pérsico.
Más allá de cómo termine la negociación, el episodio ya dejó una lección: un conflicto regional puede alterar mercados globales, afectar costos y generar incertidumbre en toda la cadena de abastecimiento en cuestión de días. Y el impacto no termina cuando disminuye la tensión política. Los costos logísticos suelen reaccionar antes que los mercados y tardan mucho más en normalizarse: hoy los fletes internacionales de contenedores se ubican en máximos de casi dos años, como consecuencia de la combinación entre la temporada alta, los recargos aplicados por las navieras y la anticipación de embarques frente a posibles cambios arancelarios. En otras palabras, aun cuando la crisis comienza a disiparse, sus efectos sobre la logística permanecen.
A este escenario se suma la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Los aranceles estadounidenses llegaron a un pico del 145% antes de la tregua que los redujo al 47% y normalizó el suministro de tierras raras. Si bien ambos países avanzaron en acuerdos que redujeron parte de las restricciones comerciales, la incertidumbre continúa siendo una característica permanente. Las empresas ya no pueden asumir que las condiciones actuales permanecerán estables durante los próximos meses, por lo que la planificación de largo plazo requiere contemplar escenarios cada vez más dinámicos.
En este contexto, la eficiencia por sí sola dejó de ser suficiente. La verdadera ventaja competitiva pasa por construir cadenas de suministro más resilientes: diversificar orígenes y proveedores, contar con rutas alternativas, incorporar mayor visibilidad sobre toda la operación y fortalecer la capacidad de respuesta frente a eventos inesperados. Las empresas que dependen de un único proveedor o de una única ruta logística quedaron mucho más expuestas frente a este nuevo escenario.
Argentina tampoco es ajena a estos cambios. El crecimiento de sectores como la minería, las energías renovables y el Oil & Gas —impulsado por el RIGI y las nuevas inversiones— posiciona al país como un actor cada vez más relevante dentro de las cadenas globales de abastecimiento. Sin embargo, aprovechar esa oportunidad requiere mucho más que recursos naturales. También demanda una logística eficiente, capacidad de planificación y operadores preparados para gestionar proyectos de alta complejidad en contextos cambiantes. En ese sentido, la logística dejó de ser un área meramente operativa para convertirse en una herramienta estratégica: la tecnología, el análisis de datos, la trazabilidad y la capacidad de anticipar riesgos son hoy factores que impactan directamente en la continuidad del negocio y en la competitividad de las empresas.
Todo indica que el escenario internacional seguirá marcado por conflictos, tensiones comerciales y nuevas exigencias regulatorias. La pregunta ya no es si aparecerá una nueva disrupción, sino cuándo ocurrirá y cuán preparadas estarán las organizaciones para afrontarla. En un mundo donde la incertidumbre pasó a ser parte de la normalidad, la capacidad de adaptación será uno de los principales diferenciales competitivos.