¿Qué es un arma nuclear? Un arma de disuasión masiva. Una que sólo se usó dos veces —en Hiroshima y Nagasaki— con tal nivel de destrucción que nadie volvió a usarla en una guerra. Pero cada vez más países quieren tenerla, porque es un seguro tan potente como su carga explosiva.

Es entendible que Israel y Estados Unidos hayan dedicado tanto esfuerzo a evitar que Irán tenga una bomba atómica. Pero ya es demasiado tarde. Irán demostró que tiene un arma de disuasión masiva: su control sobre el estrecho de Ormuz, a través del cual puede infligir un daño inmenso a la economía global. Y Trump lo entendió tarde: arrebatarle ese control por la fuerza sería una operación tan compleja y peligrosa que, aun con éxito, dejaría costos económicos y políticos altísimos.

Cuando comprendió eso, tuvo que elegir entre dos males: embarcar a Estados Unidos en una guerra larga e impopular, o salir antes de tiempo sin cumplir los objetivos e intentar presentar un traspié como una victoria. Eligió lo segundo. Aún cuando supuso aceptar como base de trabajo el plan de 10 puntos presentado por Teherán a través de Pakistán, que contempla que el régimen siga controlando Ormuz, cobrando un peaje de un dólar por barril —hasta US$ 2 millones por tanquero, a pagar en cripto o yuanes—. Y que además le reserva el derecho a seguir enriqueciendo uranio y a incluir al Líbano dentro del cese del fuego, algo que Israel rechaza.

Trump intentó corregir estas concesiones tras anunciar una tregua que, en sus palabras, augura “una nueva era dorada de paz en Oriente Medio”. Dijo que había un entendimiento para que Irán no enriqueciera más uranio y para recuperar en forma conjunta los 440 kilos enriquecidos, que están enterrados a gran profundidad. Por ahora, los iraníes lo desmienten e insisten en que sin cese en Líbano no habrá acuerdo. Trump amenaza con reanudar los ataques si no se cumple lo pactado, pero todo indica que la decisión de dar por terminado el conflicto ya está tomada. No es casual que para las conversaciones que arrancan este sábado en Islamabad haya decidido enviar al vicepresidente JD Vance, que desde el principio se opuso a la operación militar.

Nueva era en el Golfo

Sobre la base de este tropiezo de Trump empieza a configurarse un nuevo orden mundial. Vamos a uno en el que será difícil meterse con Irán, que emerge como el dueño del Golfo. Por estas horas está difundiendo a través de sus embajadas una gentil recomendación: ante el riesgo de minas en los canales principales del estrecho, conviene utilizar la vía alternativa que impuso durante estos 42 días. Un paso más angosto, entre las islas Larak y Ormuz, donde la Guardia Revolucionaria inspecciona cada buque y cobra el peaje.

Más allá de que el petróleo haya caído por debajo de los US$ 100 al descartarse los escenarios más catastróficos, difícilmente vuelva a los niveles previos durante lo que resta de 2026. Que uno de los puntos de estrangulamiento más críticos del planeta quede en manos de un régimen mesiánico y terrorista implica un nuevo nivel de riesgo, aunque ya no vuelen misiles ni drones. Es un mundo con energía más cara, con problemas de abastecimiento de fertilizantes, productos petroquímicos y otros insumos críticos.

Ahí aparece una oportunidad para nuestro país. Va a crecer fuerte el interés en petróleo y gas no convencional, y Argentina tiene una de las mayores reservas. Tiene potencial para aumentar la producción de crudo e impulsar definitivamente una estructura exportadora de GNL.

Al mismo tiempo habrá más riesgo global, más flight to quality y más fragilidad para todos los países financieramente vulnerables. Pero que nadie se confunda: este es el mejor escenario posible. Un Oriente Medio más peligroso sube el valor relativo de lo que Argentina tiene para aportar, y se evitó el shock extremo de una guerra a gran escala.

Reuters

EEUU ya no es omnipotente

El segundo gran rasgo del nuevo orden es que ya quedó claro que el Estados Unidos de Trump no se puede llevar el mundo por delante. Haber terminado la guerra con un solo avión derribado, rescatando a los dos tripulantes en una operación de película, muestra una capacidad militar que ningún otro país tiene. Pero al mismo tiempo quedó expuesta una debilidad central: Estados Unidos no puede aguantar durante mucho tiempo una situación de excesivo dolor económico.

Trump entendió que, si esto seguía más allá de los 40 días, el impacto sobre su popularidad iba a ser demasiado alto. Así que se bajó. Lo mismo había pasado el año pasado en el apogeo de la puja comercial con China, cuando después de llevar los aranceles por arriba del 100%, terminó renunciando a sus demandas maximalistas. Eso es lo que ven en Moscú y en Pekín: un país formidable militarmente, pero muy sensible a los tiempos. Un problema que no tienen regímenes autoritarios que conducen sociedades en las que el individuo carece de valor.

También se termina de quebrar la alianza atlántica, que ya venía muy golpeada. Las potencias europeas mostraron por primera vez un desprecio abierto hacia Estados Unidos. Trump está decidido a castigarlas. No puede irse de la OTAN sin respaldo del Congreso, pero sí puede mover tropas y profundizar la fractura.

El tropiezo probablemente devuelva a Trump a América Latina, prioridad de la nueva doctrina de seguridad nacional, abandonada temporalmente por la aventura persa. Ahora, necesitado de una victoria, puede regresar a su área de influencia. Escalofríos para Díaz Canel y la familia Castro.

Para la Argentina, eso abre otra oportunidad: haber sido uno de los países que más claramente apoyó a Estados Unidos e Israel seguramente tenga recompensas. Aunque también crecen las amenazas. Un Irán vivo, con recursos y capacidad de seguir financiando el terrorismo, es motivo de preocupación.