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“En inteligencia artificial estamos muy por delante del segundo, que es China. Nunca quiero subestimar a China, pero estamos por delante”, dijo Donald Trump el miércoles durante una reunión con empresarios del sector. El presidente adelantó que será uno de los temas de conversación con Xi Jinping durante su visita desde el 24 de septiembre.
Después definió el dilema que divide al mundo de la tecnología y la geopolítica: “Queremos regular… pero queremos una regulación que nos permita seguir liderando”.
Los avances de una IA capaz de cualquier cosa, desde hackear entidades por su cuenta hasta diseñar virus, hacen cada vez más urgente regular sus contornos. Pero la competencia por la primacía global crea el incentivo opuesto: evitar frenos que puedan darle ventaja al otro equipo.
El ecosistema de la IA revela una nueva bipolaridad. Fuera de EEUU y China hay un abismo. Y la distancia entre ambas es menor de lo que dice Trump.
Según el Stanford AI Index 2026, EEUU produjo en el último año 59 modelos notables frente a 35 de China. Pero en rendimiento la cosa está más pareja. Las últimas estimaciones ubicaban primero a Claude Mythos 5 de Anthropic, segundo a GPT-5.6 Sol de OpenAI y tercero, con una performance apenas 2,7% menor, a Kimi K3, de la china Moonshot.
Si se mide la capacidad de agentes de IA para utilizar herramientas y realizar tareas, Kimi K3 supera a GPT-5.6 y queda sólo por debajo de Claude.
Regular la IA
La necesidad de hacer algo creció el mes pasado tras un incidente sin precedentes reportado por OpenAI. Técnicos de la empresa probaban capacidades de ciberataque en un entorno aislado. Pero los agentes de IA encontraron una vulnerabilidad desconocida, la explotaron para acceder a internet, ejecutaron código en servidores y llegaron a infraestructura de producción.
Anthropic revisó entonces 141.006 ejecuciones de pruebas cibernéticas y encontró tres incidentes en los que modelos Claude habían accedido sin autorización a sistemas reales. Parece el comienzo de una película distópica inspirada en Terminator.
El pedido de regulación más significativo fue la carta abierta firmada por 1.378 personas que trabajan en la frontera de la IA. Dario Amodei, CEO de Anthropic; Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI; Shane Legg, cofundador y científico jefe de Google DeepMind; y Shengjia Zhao, científico jefe de Meta AI; sostuvieron que están a punto de automatizar por completo los desarrollos de IA. Es decir, IA desarrollando IA. La amenaza es crear modelos que el ser humano no pueda controlar ni comprender.
El pedido al gobierno estadounidense es crear un mecanismo internacional para desacelerar coordinadamente la IA de frontera si llega un momento crítico. Ninguna empresa ni país va a frenar por sí solo porque eso supondría darle ventaja al adversario. Si todos frenan al mismo tiempo, se evita ese problema. Pero un acuerdo así exigiría una cooperación entre Estados Unidos y China difícil de imaginar hoy.
David Sacks, uno de los principales asesores tecnológicos de Trump, respondió que mientras China alcanzaba la frontera, Estados Unidos estaba “atándose nudos” con prohibiciones.
Batalla tecnológica
Buena parte de la ventaja estadounidense parte de su supremacía en los fierros que sostienen la IA: las unidades de procesamiento gráfico (GPU) usadas para entrenar modelos. La joya de la corona es Nvidia, la empresa más valiosa del mundo en cotización bursátil.
Más del 60% de la capacidad mundial de cómputo para IA se hace con Nvidia. Google y Amazon aportan buena parte del resto. Huawei crece, pero desde muy lejos. Entonces entra en escena un actor crucial en la geopolítica global: la taiwanesa TSMC, que fabrica casi todos los chips con los que Nvidia diseña sus GPU.
Huawei es desde 2019 blanco de Washington, que presiona para evitar que aliados le den acceso a recursos estratégicos. La cooperativa neuquina CALF se acaba de enterar de que la Casa Blanca va en serio.
Lo que empezó contra esa empresa durante el primer gobierno de Trump pasó a ser política de Estado en 2022. Biden impuso restricciones para impedir que China comprara los chips más avanzados, desarrollara supercomputadoras y fabricara semiconductores de frontera. También limitó la participación estadounidense en determinadas fábricas chinas. La CHIPS and Science Act creó además enormes incentivos para fabricar semiconductores dentro de Estados Unidos.
Pero China demostró que podía competir. DeepSeek sorprendió al mundo con modelos muy buenos, desarrollados con GPU de capacidades limitadas diseñados por Nvidia para el mercado chino. En sus negociaciones comerciales, Beijing le arrancó a Trump concesiones: flexibilizar las restricciones de acceso a procesadores a cambio de reabrir el grifo de tierras raras y minerales críticos, un mercado clave dominado por China.
No es lo único que hizo el gigante asiático. OpenAI reveló en junio que hackers chinos usaron su modelo haciéndose pasar por estadounidenses para fabricar una campaña en redes sociales contra los centros de datos, donde se alojan los servidores de la IA.
Donde China pasa a la delantera es en la IA incorporada a robots, vehículos, fábricas y máquinas. El año pasado instaló 54% de todos los robots industriales nuevos del planeta, más que el resto del mundo combinado. Es un dato delicado porque después viene la IA en Defensa. Las dos potencias lo están haciendo. Y si EEUU lleva la delantera —ahí es clave Palantir, del vecino de Barrio Parque Peter Thiel— es porque esta tecnología ya la viene probando en el campo de batalla en Irán.
Como en la Guerra Fría, se están creando grandes bloques enfrentados. Estados Unidos creó el año pasado Pax Silica, que sería la OTAN de la IA: una coalición para asegurar cadenas de suministro de semiconductores, minerales críticos, centros de datos y modelos. China respondió con su Pacto de Varsovia: la World Artificial Intelligence Cooperation Organization, que busca seducir países con modelos abiertos que pueden ser adoptados sin depender de plataformas estadounidenses.