La recaudación tributaria de agosto dejó una señal que conviene leer con atención, porque detrás de un número nominal que parece robusto se perfila un estancamiento real que revela las tensiones del momento fiscal. Los ingresos crecieron un 33,5% interanual en términos nominales. Como el IPC oficial de agosto aún no fue publicado, las mediciones reales son todavía estimativas: tomando como referencia una inflación interanual cercana al 33,6%, la recaudación habría registrado una caída real del 0,1%, quedando prácticamente en el mismo nivel que un año atrás. Es decir que, en términos de poder de compra, la recaudación quedó prácticamente igual que un año atrás, sin lograr acompañar el crecimiento que el fisco necesitaría para consolidar el superávit.
Bajo esa misma estimación de inflación, el análisis por tipo de tributo resulta especialmente revelador, porque muestra que el resultado se explica por unos pocos factores puntuales antes que por una mejora generalizada. El impuesto a las ganancias creció un 8,7% real interanual, con su componente impositivo avanzando un 10,5%, y aportó buena parte del sostén del mes. Pero el gran motor fueron los derechos de exportación, que se dispararon un 90,9% real, un salto que se explica en gran medida por una base de comparación muy baja del año anterior antes que por un fenómeno estructural. En otras palabras, los dos pilares que sostuvieron la recaudación son de naturaleza acotada o transitoria.
Del otro lado del mostrador, los tributos que reflejan el pulso de la economía interna volvieron a mostrarse débiles, confirmando que la actividad sigue sin repuntar. El impuesto al valor agregado impositivo cayó un 3% real interanual, y acumula un retroceso del 1,6% en los primeros ocho meses del año. El impuesto a los créditos y débitos profundizó su contracción hasta un 9,1% real, con una caída acumulada del 3,7%. Y las contribuciones patronales, un termómetro directo del empleo formal y los salarios, también dieron negativo, con una baja del 1,5% real en el mes y del 3,2% en el acumulado. Se trata, precisamente, de los impuestos más ligados al consumo y al trabajo, cuya debilidad es el reflejo más fiel de una economía que no termina de reactivarse.
El frente del agro aportó un dato de matices. El complejo oleaginoso y cerealero liquidó u$s 2750 millones durante agosto, una cifra que resultó un 6% inferior a la de julio, pero que se ubicó un 51% por encima de la registrada en agosto del año pasado. La comparación anual, favorable, convive con una acumulación que aún se mantiene por debajo de la del año previo, ya que la liquidación de todo 2026 asciende a u$s 19.047 millones, frente a los 21.339 millones del mismo período de 2025, lo que arroja una baja del 11% interanual. El campo sigue siendo un sostén fundamental de la oferta de divisas, aunque con un ritmo algo más moderado que el excepcional del año anterior.
En el plano de los anuncios, se adoptó una decisión que refuerza la lectura sobre la fragilidad de los ingresos. A través de un decreto, postergó hasta el primero de octubre la actualización del impuesto a los combustibles líquidos y al dióxido de carbono, cuyas subas pendientes de 2024, 2025 y del primer semestre de 2026 estaban previstas para entrar en vigencia el primero de septiembre. La medida, orientada a no sumar presión sobre los precios de los combustibles, tiene como contrapartida la resignación de una porción de recaudación potencial, lo que ilustra la tensión permanente entre el objetivo de contener la inflación y sostener los ingresos fiscales.
El contexto internacional también ofreció señales relevantes para el rumbo local. En Estados Unidos, el empleo de agosto superó ampliamente las expectativas, con la creación de 162.000 puestos no agrícolas frente a los 55.000 que anticipaba el mercado, a lo que se sumó una revisión al alza de los datos de junio y julio. Esa fortaleza del mercado laboral norteamericano confirma que la principal economía del mundo mantiene su dinamismo, un elemento que la Reserva Federal ponderará en su próxima reunión. La expectativa predominante apunta a un posible ajuste al alza de la tasa de interés de referencia, aunque sin un consenso definido, un factor que incide de manera directa sobre el costo del financiamiento para las economías emergentes.
Las reservas del Banco Central, en tanto, cerraron la primera semana de septiembre en u$s 50.756 millones, con un incremento de 963 millones respecto de la semana previa. Ese aumento respondió principalmente a la recomposición de encajes, un movimiento de carácter técnico, pero el nivel alcanzado mantiene a las reservas en una posición sólida, apuntalada por el desempeño del comercio exterior y por el respaldo del financiamiento externo, un pilar que sigue siendo el más firme del programa económico.
El balance de la semana consolida un diagnóstico que ya resulta familiar. La recaudación estancada en términos reales, sostenida por factores puntuales como las retenciones y no por un repunte del consumo, es la manifestación fiscal de una economía interna que continúa fría. Mientras los ingresos ligados a la actividad no recuperen dinamismo, el sostenimiento del superávit dependerá cada vez más de la contención del gasto, cuyo margen ya es estrecho, o de una reactivación que confirme lo que hasta ahora apenas asoma. La solidez del frente externo le compra tiempo a la gestión, pero la asignatura pendiente sigue siendo lograr que la mejora llegue a la economía cotidiana, que es, en definitiva, la que nutre a los impuestos más débiles del cuadro actual.