Hay expectativas disímiles sobre lo que sucedió con la inflación durante el mes de enero. Los consultores privados apuntan a incrementos superiores a 3%. En la Casa Rosada esperan un número más bajo, concientes de que la estrategia oficial no va a dar resultado de inmediato. No se está celebrando un descenso de los precios, sino un menor ritmo de aumento, una evidencia más de que el célebre teorema de Baglini se potencia cuando el opositor cambia de rol y asume el gobierno.
Alberto Fernández está cerca de cumplir dos meses como presidente, y ya se dio cuenta de que hay otro teorema sin nombre que aplica para los comienzos de gestión: la distancia agranda el optimismo. Todos los presidentes europeos que lo recibieron tienen una visión positiva sobre lo que puede suceder con la Argentina. Lo mismo le pasó a Mauricio Macri en 2016, cuando organizó fue a Davos y luego organizó una mini cumbre de negocios a la que vinieron inversores de todo el mundo. Ahora, cuando el foco se hace desde más de cerca, las dudas se ven más que los logros. Es inevitable.
El comportamiento de la inflación es por ahora el primer termómetro que se está mirando de la economía real. Para el resto de los indicadores hay que esperar un poco más, porque los meses de verano no son muy representativos. Lo que se percibe como política es una vocación muy presente en los gobiernos más cercanos a la heterodoxia y es el clásico "no hagan olas". Fue parte de lo que Fernández comentó en privado durante la campaña, cuando hablaba de un congelamiento de precios por 90 días, con la chance de extender esa práctica a los salarios. Y es lo que se está verificando ahora, pero aplicado con más charla que con decreto puro y duro.
Si el Indec avala un IPC nacional menor a 3%, como apuestan en la Casa Rosada, van a tener la chance de anotar un punto a favor para esta receta. El Gobierno lo que pretende es detener la inercia, hasta que se complete el proceso de renegociación de la deuda, y haya un escenario macroeconómico más despejado. Después habrá que ponderar los costos: congelamientos tarifarios que erosionan inversiones y el mantenimiento de los subsidios, una de las canillas más peligrosas del gasto público.
El ideal, para el Gobierno, es alinear expectativas de tasas, dólar y salarios en torno a una inflación anual de 35%. El número no suena mal, pero al sector privado le preocupa la imposibilidad de calcular, hasta ahora, cuánto tiempo falta para que se acomoden estas variables. Contener aumentos cuando suben los costos genera ollas a presión de las que siempre es difícil salir. Como reconoció el propio Presidente, plan hay pero no lo quieren contar. Pero lo más difícil es evaluar cuántas señales debe entregar a cambio para que no decaiga el ánimo social y empresario. Cuantas más datos puedan salir de ese cepo, mejor será para su gestión.