Cristina no fue al Luna Park anoche y su camarín quedó vacío. Tampoco La Cámpora estuvo en el Luna, sino en el Intercontinental, el hotel que siempre eligió la Presidenta y que ayer fue búnker paralelo de Aníbal Fernández. Daniel Scioli no había estado en el cierre de Andrés El Cuervo Larroque y de la lista de La Cámpora del PJ Capital el martes pasado en el mismo lugar. Cristina, que el jueves 22 no fue al acto de cierre de Daniel Scioli sí había enviado un mensaje al acto de los jóvenes de la agrupación que lidera su hijo Máximo Kirchner. Como ella, La Cámpora faltó el 22 al cierre de Daniel Scioli y Carlos Zannini.
A la ausencia camporistas en el VIP se le sumó anoche la ausencia de sus banderas en las tribunas, las que sí estuvieron plantadas frente al Intercontinental. Como en el cierre del jueves con show de Ricardo Montaner incluido, en el búnker sciolista sí hubo presencia del Movimiento Evita, del Peronismo Militante, del Movimiento de Unidad Popular y hasta de la Tupac Amaru. Sobre el escenario, figuras del sciolismo más puro dejaban en evidencia aún más la presencia casi en soledad de Zannini, Gabriel Mariotto y Oscar Parrilli.
Ninguno de esos gestos es casual sino producto de una decisión política. Esa es la grieta que siempre existió y que desde anoche se profundiza.
En la campaña hacia el ballottage el kirchnerismo más duro, es decir La Cámpora, no estará. Ya lo anticipaban, con enojo, en el centro electoral del Frente para la Victoria.
Cristina y la agrupación de su hijo se concentraron en la pelea por el Congreso de la Nación y para que Aníbal Fernández sea el gobernador de Buenos Aires. Coparon las listas en busca de un bloque propio sobre todo en Diputados y se jugaron por Aníbal y a ser parte de su gestión. Al mismo tiempo La Cámpora llevó candidatos a intendentes para desplazar a históricos, con la mira en la construcción política para después del 2019. Ambas estrategias, con desigual resultado.
Hubo, es cierto, kirchneristas y sectores K que apostaron por la continuidad en la figura de Scioli. Los que no, responsabilizarán a Scioli por el resultado de ayer a la vez que el sciolismo responsabilizará al núcleo duro K. Un importante dirigente decía días atrás que el deseo de la Presidenta, su objetivo mayor, es entregar el bastón presidencial a un sucesor de su mismo signo político. "Nunca juega a la retranca", aseguraba, aún sabiendo que el ex motonauta no fue, no es, ni será su favorito, ni el que mejor la representa, sino quien lleva el sello del Frente para la Victoria, a un sabueso K como Carlos Zannini como candidato a vicepresidente de la Nación, y la posibilidad (ahora debilitada) de ganar.
Antes o después del 22 de noviembre sobrevendrán los pases de facturas. Tras el rechazo de Florencio Randazzo a la oferta de Cristina, Scioli hubiera querido de candidato a gobernador de Buenos Aires a Julián Domínguez quien anoche (como en todo el tramo final de la campaña) estuvo firme a su lado. En ese escenario Cristina bendijo a Aníbal Fernández que fue derrotado probablemente por su alta imagen negativa.
Gane o no el ballottage, Scioli ya está lidiando con la interna de su propio partido. La génesis de las diferencias se pueden encontrar en la presidencia de Néstor Kirchner, cuando Scioli fue relegado en el Senado por sus muestras de autonomía e independencia. Durante los últimos ocho años sufrió los efectos de los recelos de Cristina. Ejemplo: en 2011, cuando Buenos Aires no podía afrontar el pago del aguinaldo, la Presidenta criticó la administración sciolista y lo sometió casi a un escarnio público.
Sea quien sea el ganador, el kirchnerismo puro se agrupará en el Congreso para condicionar a Scioli o a Mauricio Macri. La línea de lo que defenderán, casi como advertencia, fue explicitada en el último spot de campaña donde se menciona uno a uno los hitos de la gestión K: paritarias, reestatización de YPF y Aerolíneas Argentinas, planes sociales, etc. Aunque fue presentado por el sciolismo como un gesto más de lealtad hacia Cristina, pareció más una advertencia para el próximo presidente de la Nación, sea quien sea. Entrelíneas podría leerse que si no se mantienen las políticas actuales, el kirchnerismo saldrá a la calle, como oposición a quien sea, de la misma manera que la ciudadanía se expresó a través de cacerolazos contra el cepo cambiario o bajo la lluvia en la marcha tras la muerte de Alberto Nisman.
Ayer en Río Gallegos Cristina volvió a hablar de que su futuro es "militar" y su hijo dijo que ya trabajó mucho, que ahora va a "descansar".
Que el Congreso se haya definido ayer y el próximo presidente en tres semanas habilita un reparto de poder que no hubo en Argentina en los últimos años.
El Parlamento tomará otro tinte y otro rol y será caja de resonancia durante el próximo mes y medio y casi sin dudas los cuatro años que vendrán. "El gabinete lo arma Scioli y las leyes habrá que ir a discutirlas con Cristina", admitían días atrás en oficinas del sciolismo cuando aún confiaban en cerrar el proceso electoral sin una segunda vuelta.
Asomaban anoche ya los pases de factura. Las culpas, de todos modos, podrían repartirse por igual.
Aún sin pronósticos de lo que ayer ocurrió, la Presidenta, que no dejó de ejercer el poder en ningún momento, blindó parte de lo hecho y condicionó las decisiones de su sucesor. Lo hizo con la ley que limita la venta de las acciones del Estado en empresas privadas. Se decía que en carpeta ya tenía otros proyectos que quizás ahora deba guardar. El próximo Presupuesto, sin embargo, está pendiente de sanción con autoría kirchnerista.
La Presidenta se despide tras doce años de kirchnerismo, ocho de la primera presidenta electa y reelecta con 54% de votos y con la promesa de Néstor Kirchner, dijo ayer en Río Gallegos, cumplida: "Construir un país normal". Tan normal que ayer le votó en contra.