Hugo Albrieu, Diego Díaz y Karim Ayame viajaron hasta Aicuña, en La Rioja, un pueblo de una sola calle, y encontraron, en esa geometría de callejón sin salida, algo inesperadamente abierto.
Desde esa experiencia nació CULDESAC —bordear un cuerpo—, la muestra de arte que acaba de inaugurarse en UGallery, el espacio de arte de la Universidad de Congreso, en el barrio porteño de Recoleta.
El punto de partida de los artistas es Aicuña. La muestra no lo presenta solo como un paisaje, sino como un territorio que se construye a partir de sus habitantes, su arquitectura y las huellas del tiempo.
Es la tercera vez que estos tres artistas riojanos presentan el proyecto, aunque llamarlo “la misma muestra” sería impreciso. Cada versión muta. Pasó por el Espacio Fauna, un espacio de autogestión riojano, y por el Museo Provincial de Bellas Artes de La Rioja. Ahora llegó a Buenos Aires con una nueva curaduría a cargo de la mendocina Marcela Furlani.
“No es exactamente la misma muestra, pero sí el mismo proyecto. Y esa es una de las cosas más interesantes. Estuvieron en distintos espacios, distintos ámbitos que configuran los circuitos del arte, que son realmente diferentes, y creo que eso hace a la experiencia de ellos como artistas y es lo que la galería quiere hacer, apoyar ese tipo de crecimiento”, comentó Furlani en diálogo con El Cronista.
Lo que sí persiste en CULDESAC, de edición en edición, es el espíritu que la sostiene: tres amigos que comparten un viaje, una experiencia y las ganas de hacer algo en conjunto.
“Nos dejamos atravesar por el espacio, por el paisaje, por lo que vivimos en el viaje y por lo que seguimos viviendo después, porque se va sumando cada vez más gente a la experiencia”, cuenta Hugo Albrieu, uno de los artistas creadores del proyecto.
“De alguna manera lo que hace esta muestra es poner en evidencia que se puede recorrer, se puede vivir el territorio, transitar desde distintas experticias, de distintas miradas, pero que siempre el arte cumple ese rol de interpelar al que hace”, resume la curadora del proyecto.
“CULDESAC -bordear un cuerpo-”
La curadora describe la muestra como una “suite musical”: una serie de variaciones que emergen de un mismo motivo y se despliegan en distintos lenguajes.
A través de pintura, fotografía y piezas audiovisuales, la muestra propone un recorrido donde las obras no describen el entorno, sino que lo reorganizan.
Motivos que reaparecen, formas que se transforman y escenas apenas corridas de lo real construyen un clima donde lo cercano se vuelve poético, y por momentos, extraño.
Karim Ayame trabaja con fotografías que luego interviene físicamente: recorta, altera la superficie, crea relieves. “Surgió la idea de recorrer los parabrisas con un gesto, con el dibujo... y ver qué pasa cuando el parabrisas se sale de ahí y qué pasa con esa parte de la imagen que sale de la foto”, cuenta el artista. El resultado son imágenes que funcionan como ventanas que se interpelan entre sí: un paisaje que se abre justo donde debería cerrarse.
Las pinturas de Hugo Albrieu, en cambio, nacen en la memoria. El color opera como soporte de ideas; los personajes se desplazan hacia un registro lúdico y emocional donde la infancia y el territorio compartido conviven con cierta ingenuidad deliberada. No copian el mundo: proponen un ecosistema propio.
Por su parte, Diego Díaz entiende el arte como un dispositivo crítico, un espacio donde lo político y lo poético se cruzan para activar preguntas. Su práctica investiga las tensiones entre territorio, tecnología y consumo, utilizando la imagen como campo de conflicto. “La fotografía, por lo general, siempre es como tratar de buscar una experimentación, romperla”, dice.
El espacio UGallery, en Recoleta, viene trabajando desde hace tiempo sobre una mirada federal del territorio: no como identidad narrativa o figurativa, sino como experiencia poética.
Furlani trabajó el montaje desde la distancia —ella en Mendoza, los artistas en La Rioja, la galería en Buenos Aires— con un proceso de diálogo intenso que incluyó, entre otras decisiones, incorporar al texto de sala un fragmento de la edición anterior, escrito por Karin Ayame.
“Parte de la riqueza de este proyecto está justamente en potenciarla y en permitir que otro público tenga acceso a una producción genuina”, señaló la curadora.
“Tenemos la fortuna de poder estar acá y siempre ir sumando nuevos elementos, nuevas transformaciones, reinterpretaciones”, agregó Díaz.
El pueblo de Aicuña, con su única calle que funciona tanto de entrada como de salida, le da al proyecto su nombre y también su lógica: se puede recorrer en cualquier dirección y siempre se llega a algún lado.
Eso es, en definitiva, lo que propone la muestra: no un cierre sino un pasaje. El territorio se activa en el intervalo entre una imagen y la siguiente, en lo que aparece y en lo que se desvanece. Siempre de manera incompleta, siempre a punto de empezar de nuevo.
