Cristina Kirchner no está dispuesta a dar ni un paso atrás en su relación con el sindicalismo. Sus más cercanos admiten que el paro del gremialismo opositor no solo le molestó y mucho, sino que la enfureció. Será por eso que volvió a usar un tono en sus discursos que hacía mucho que no se le escuchaba. En realidad, el gobierno de CFK viene acumulando enojos por las protestas opositoras, sobre todo por la del 8N.
De la presidenta para aba
jo están convencidos de la veracidad del relato oficial. Que dice que los argentinos están felices con las políticas de gobierno y que los cientos de miles de personas que protestaron en las calles de todo el país o que fueron el martes a la huelga lo hicieron engañados por los medios de comunicación, que no aceptan ser colonizados por el gobierno, o por miedo a los aprietes y amenazas. No admiten la posibilidad de que el gobierno esté caminando por un sendero equivocado. Para los cristinistas, quienes critican a su administración parecen no tener otro rótulo que desestabilizadores o traidores a la patria.
Sin embargo, con el caso del sindicalismo ocurre algo muy curioso ya que la agenda de reclamos de la CGT opositora de Hugo Moyano es la misma que tiene la CGT oficialista, según lo admitió en su momento su jefe, el metalúrgico Antonio Caló. Como será, que hasta el ultrakirchnerista Hugo Yasky, que preside al CTA oficialista, también admitió, como Caló, que reclaman por el impuesto a las ganancias, las asignaciones familiares y las obras sociales sindicales, entre otras cosas.
Pero hoy no tienen ningún margen para acercarse unos a otros. Cristina Kirchner lo considera a Moyano y sus seguidores poco menos que traidores, como en su momento ocurrió cuando Víctor De Gennaro, el creador de la CTA y su heredero, Pablo Micheli, se alejaron de ella y de Néstor Kirchner, por considerar que jamás iban a cumplir con lo que les habían prometido cuando llegaron a la Casa Rosada. Bajo el lema peronista unidad en la acción, la CGT de Moyano y la CTA de Pablo Micheli, olvidaron sus viejas rivalidades. Lo mismo ocurrió con Luis Barrionuevo y su CGT Azul y Blanca y, más todavía, quedaron en el olvido las peleas entre la Federación Agraria de Eduardo Buzzi y los camioneros durante el conflicto con el campo.
Hoy, a todos los une la resistencia al modelo de sometimiento que CFK quiere aplicar para el sindicalismo y moverán sus piezas para oponerse a la reforma de la Constitución Nacional que facilitaría la re-reelección de la presidenta. Aunque ellos saben que difícilmente transiten por la misma propuesta electoral para las legislativas del año próximo.
Por lo pronto, están más que conformes con los resultados de la primera huelga nacional al gobierno kirchnerista. Lo ocurrido el martes fue más de lo que esperaban los propios organizadores, pero también más de lo que pensaba el gobierno que iba a ocurrir.
No es la primera vez que oficialistas y opositores se ven sorprendidos por la reacción de la gente, por más que en este paro hayan contribuido al ausentismo los cortes en sólo algunos de los accesos a la Capital Federal y en el interior del país, que tuvieron como protagonistas a otros aliados inesperados de Moyano y Barrionuevo, los partidos de izquierda.
Pero no sólo esta vez la sorpresa los cubrió. Ocurrió lo mismo con las dos multitudinarias marchas opositoras de este año. Y en todos los casos la reacción del gobierno nacional y el cristinismo más duro fue la misma, ajustándose al diccionario del relato: desacreditar la protesta, subestimar la reacción de la gente y pensar que todo sigue igual.
Sucede que el gobierno tiene la manera de domesticar a una buena parte del sindicalismo y es la misma que utiliza con intendentes y gobernadores: usar la billetera.
Los jefes distritales necesitan de la ayuda de la Casa Rosada para obras públicas y asistencia social. Y los gremios, que se premie a los más obedientes con el pago de parte de la millonaria deuda que el Estado tiene con las obras sociales.
De todas formas, el futuro de la dirigencia sindical cuanto menos es incierto. Ellos, al igual que los funcionarios provinciales y municipales, están mirando a las elecciones del año próximo. No son pocos los que creen que se podría repetir la historia de 2009 cuando el clima social castigó al kirchnerismo en las urnas. Pero para ir a las urnas falta todavía mucho, mucho tiempo.
Mientras tanto, los sindicalistas que se refugiaron bajo la sombra de la Casa Rosada reclaman mucho más que el alivio impositivo que CFK anunció para el medio aguinaldo de diciembre. Esperan con ansiedad el inicio de las conversaciones sobre las medidas que el gobierno tomará el año próximo. Ya fueron desairados varias veces y el paro opositor fue un llamado de atención. En sus bases hubo grietas peligrosas que se abrieron por el llamado a la huelga.
Por ahora no se esperan nuevos paros porque saben que el manual del buen gremialista indica que hay que dejar pasar un buen tiempo antes de repetir una medida de esa naturaleza. Es por eso que pueden apelar a otras formas de protestas como las movilizaciones, que no implican un desgaste mayor.
Los piquetes por distintas razones seguirán estando en las manos de sus tradicionales protagonistas, sindicales y políticos, como la CTA, la CCC, el PO el PTS y MST.
Y el kirchnerismo continuará condenándolos y olvidándose que en su momento alentó o hizo la vista gorda con piquetes a fábricas, rutas o avenidas de la ciudad de Buenos Aires.
En definitiva, nada cambiará en el gobierno y los sindicalistas seguirán moviéndose como históricamente lo hicieron, para un lado y para el otro.