

El gran fenómeno del nuevo siglo es el aumento en el peso relativo de los países emergentes respecto de los centrales. Una mirada al pasado, muestra que, a partir de la revolución industrial, la mayor proporción de riqueza se hallaba en Europa y EE.UU. Pero, ahora, esta distribución está modificándose a favor de Asia y otras naciones emergentes.
El actual precio de los alimentos y commodities se encuentra en niveles excepcionales. ¿Acaso éste es un cuadro de corta duración? No sólo por cuestiones coyunturales de oferta derivadas de la sequía en el hemisferio norte, será muy sostenido y ciertamente duradero. Se trata de algo de fondo que responde a causas estructurales ligadas a la demanda. Y que no se modificará sustancialmente por la actual crisis mundial porque hablamos de alimentos y de la satisfacción de necesidades básicas.
El viento favorable viene de la cantidad y la calidad de la dieta unitaria de la población de gran parte de los emergentes, potenciada por su crecimiento demográfico y su progresiva distribución del ingreso. Se suma a ello, la necesidad estratégica -por parte de los países desarrollados- de sucedáneos de combustibles fósiles, y su consecuente consumo de soja, caña de azúcar y maíz, entre otros productos.
En cuanto a tasas de crecimiento, los países más relevantes son los del grupo denominado BRIC que representa gran parte de la población mundial, en un enorme territorio de dimensión estratégica continental. Del resto del mundo, lo destaca un fenómeno sociológico único: sus clases medias crecen sin pausa, no sólo en números absolutos sino también como proporción del total de su población a resultas de su aumento del PBI. Mientras el PBI de los avanzados en el 2011 habría crecido cerca de 1,60%, países como China lo habría hecho en 9,20% e India en 7,30%. Y aún cuando estas tasas se reduzcan algo, el impacto de su crecimiento en el mundo seguirá siendo elevado.
Por su característica demográfica, Es interesante el caso de India, donde la tasa de personas mayores de 65 años es inferior al 5% frente al 20% de los países occidentales. Su economía ocupa ya el décimo puesto en el mundo y su crecimiento se basa, fundamentalmente, en el repunte de su clase media.
En este plano, China, segunda economía del mundo, no se queda atrás. Desde 1980, ha crecido a una tasa promedio de casi 10% anual. Su agresiva política de exportaciones explica este crecimiento como resultado de la aplicación de políticas activas y del aporte de la inversión extranjera. Y está basado en la relación existente entre el yuan y el dólar. La infravaloración del yuan a lo largo de décadas ha permitido una exitosa ofensiva exportadora.
Si bien PBI per cápita es bajo, su aporte potencial al crecimiento mundial resulta elevadísimo ya que es la nación de mayor población, con alrededor de 1.350 millones de habitantes sobre un total mundial de 6.900 millones.
En el año 2008, el impacto externo, como resultado de la crisis mundial, afectó seriamente sus exportaciones. Las medidas económicas, desde ese año, se dirigen a dinamizar el mercado interno. La política fiscal, fundamentada en el superávit con que cuenta, permite un gasto público focalizado en infraestructura, en la educación y la salud y en la tecnología, entre otros campos. De centrarse en la exportación y la inversión, el foco se está dirigiendo hacia el consumo interno.
La clase media china llegaría en tres años a la espeluznante cifra de 600 millones de personas. Con un ingreso anual de US$ 20 mil, representará un 60% del total hacia 2025, y la consecuente demanda interna hará de China la mayor economía del mundo.
Recientemente, este país ha reducido sus tasas de interés para que su industria no desacelere. Ello, a su vez, indica una propensión hacia una apreciación de su moneda y, por ende, a una mayor entrada de productos del exterior.
El cambio de estrategia no sólo es de China sino también de otras economías de Asia donde los superávits por cuenta corriente resultaban de elevadas tasas de ahorro de las familias y de las empresas y de una demanda interna restringida. A partir de la crisis en la UE, se tiende a la flexibilización del tipo de cambio tras una paulatina apreciación de las monedas locales. Ello implica el abaratamiento de los bienes transables y, en consecuencia, un aumento del salario real.
Cualquier incremento en el salario real de una población tan numerosa significará una fuerte presión de la demanda sobre la oferta mundial. Destaquemos que toda mejora en los ingresos afecta no sólo a las cantidades consumidas sino, también, a la composición de la canasta de consumo a favor de una con productos más diferenciados y de mayor valor unitario.
En este nuevo desafío de la demanda, muchos están recogiendo el guante. Pero Argentina todavía no se decide a encarar una clara ofensiva exportadora dirigida al mercado alimentario de estos emergentes. Qué lástima.









