Durante los últimos 50 años, la producción de granos ha crecido desde un volumen de 18 millones de toneladas hasta aproximarse 100 millones. Además de la expansión de la frontera agrícola, el fenómeno se explica por el incremento de productividad. Ciertamente, éstos han sido años de progreso.

Pero la moneda tiene otro lado, claramente negativo. Las consecuencias están en los suelos. Una pronunciada baja de materia orgánica y una tendencia a la acidificación y a la reducción de fósforo y otros minerales son la otra cara de la moneda. Para colmo, el cultivo de la soja acentúa el problema realiza un escaso aporte vegetal y tiene un sistema radicular insuficiente para mantener la estructura de los suelos. Por ello, resulta imprescindible la rotación donde se alterna la soja con la siembra de maíz, trigo y sorgo, entre otros cultivos.

Considerando el nitrógeno, el fósforo y el azufre, se puede afirmar que la soja de primera tiene los valores más extractivos; le sigue la secuencia trigo-soja de segunda y, en tercer lugar, el maíz. Un esquema productivo no puede ser sustentable si no hay rotación. Solamente con alta proporción de gramíneas, mediante rotación, puede alcanzarse el aporte de Carbono necesario para equilibrar las pérdidas de materia orgánica. Las gramíneas comprenden a los pastos y, también, al trigo, cebada, centeno, maíz y avena. La soja no lo es.

La rotación favorece la conservación del suelo, mejora la economía del agua, disminuye la variabilidad de los rendimientos y permite obtener mayores beneficios de la fertilización. Para considerarse sustentable, se debe cumplir con tres requisitos: la siembra directa, la fertilización y la rotación. Con el primer requisito, el país camina sobre rieles; y si bien en materia de fertilización, hay mucho por hacer todavía, la patética realidad se manifiesta en la rotación. En los últimos años, ha ido quedando al costado. Quien recorra el cinturón maicero, tendrá dificultades, paradójicamente, para encontrar lotes con maíz. En el partido de Pergamino, por ejemplo, hace unos 25 años, la superficie dedicada a este cereal era similar a la destinada a soja. Ahora, representa aproximadamente un 10% del área sojera.

La siembra de maíz o de trigo como parte del esquema rotativo, debe ser tomada no sólo como una opción sino también como una tecnología de conservación del suelo. Las raíces de gramíneas contribuyen a regenerar la estructura del suelo, y mejoran la capacidad de infiltración de agua y de almacenaje de humedad en el suelo.

A pesar de este cuadro, la política económica e impositiva se desarrolla a espaldas de éste. Es más, incentiva prácticas a favor de aumentos de ingresos para el corto plazo que son enemigas de la rentabilidad en el largo plazo. El sólo hecho de que los recursos se clasifiquen en renovables y no renovables constituye hoy una suerte de anacronismo. De hecho, la tierra como recurso renovable es en el largo plazo no renovable si no se toman los recaudos necesarios.

Lo inaudito de la política agropecuaria es que, a consecuencia de la intervención en los mercados del maíz y del trigo, cultivos considerados gramíneas, son justamente los castigados. Además del derecho de exportación, el maíz tiene un castigo por la intervención que se aproxima al 15% y el trigo un porcentual mayor aún. No es intención dramatizar el cuadro, pero la realidad es cruda: la tierra es finita y no admite abusos. El tema debiera encuadrarse en un mandato constitucional.

Si viviera María Elena Walsh, vale preguntarse si no hubiese incorporado una frase acerca de este disparate en su Reino del revés.