La resistencia del gobierno a las presiones devaluatorias contiene un mensaje valioso. Las empresas deben hacer esfuerzos por mejorar su productividad y bajar costos para sostener la rentabilidad, porque la salida fácil de un salto cambiario no es avalada por el Ejecutivo. Para los sindicatos, la señal también es relevante. Sin embargo, no pueden ignorarse las derivaciones y sus eventuales costos. Si la Argentina dispusiera de entrada de capitales significativa y/o el financiamiento externo, esa política podría sostenerse hasta que el enfoque en la competitividad de los resultados esperados. En cambio, con esas vías obturadas, las reservas del Banco Central han pasado a ser la única fuente relevante de divisas, junto con el saldo de la balanza comercial. Esto llevó primero a trabas para operar en el mercado cambiario y, más recientemente, a una centralización del régimen de importaciones con el objetivo cuasi-oficial que el superávit comercial no baje de 10 mil millones de dólares este año. En la actual fase del ciclo económico, en la que existe muy poca capacidad ociosa en las industrias y en el mercado de trabajo, esas restricciones pueden generar presiones, inflaciones y, sobre todo, afectar la toma de decisiones de inversión, justo cuando, para expandirse, el país necesita de la ampliación de sus plantas productivas.

Hasta mediados de 2011, los elevados precios internacionales de las materias primas junto con un tipo de cambio real todavía holgado, determinaron para la Argentina un sector externo alejado de cualquier escenario de crisis. Pudieron convivir, bajo ese contexto, aumento de reservas del Banco Central y fuga de capitales. Sin embargo, a partir de aquel momento, hubo un deterioro simultáneo de precios internacionales y margen cambiario y el escenario se trastocó. En un régimen de tipo de cambio flotante no fijo la Argentina podría haber permitido un deslizamiento más acelerado de la paridad, tal como lo hizo Brasil. Sin embargo, quizá por temor al impacto inflacionario, el gobierno optó por imponer restricciones a la demanda de moneda extranjera, para poder mantener imperturbable la trayectoria del tipo de cambio, sin que la pérdida de reservas del Central se acentuara.

Posiblemente se esperaba una cosecha récord para 2012, de modo de empalmar las restricciones de fin de 2011 con una abundancia genuina de dólares desde abril en adelante. Sin embargo, había un sesgo optimista. Ya antes del alerta por la sequía, el avance que podía esperarse este año para las exportaciones era marginal respecto del guarismo de 2011.

Al desestimarse la vía de la flotación cambiaria, cualquier imprevisto en el sector externo debía ampliar la parte administrada del comercio exterior. Por eso, no debería haber sorprendido la última medida conocida, que impone la presentación de una declaración jurada ante la Afip para cualquier trámite de compra al exterior.

Se presume que el gobierno aspira a lograr este año un superávit de la balanza comercial de 10 mil millones de dólares, pero el problema está en que, en forma genuina, el saldo positivo este año apuntaba a la mitad de esa cifra. Si estos números son correctos, entonces debería esperarse que las restricciones terminen impidiendo el ingreso de unos 5 mil millones de dólares de productos del exterior.

Ahora bien, este almuerzo no será gratuito. La industria está con muy poca capacidad ociosa y este es un dato clave para analizar el posible impacto del comercio administrado.

Por empezar, está el riesgo de las retaliaciones, si es que socios comerciales de la Argentina ven afectada la marcha de sus exportaciones. Las eventuales represalias pueden tener dos efectos, uno inmediato y otro de más largo plazo. En el corto plazo, la reacción de los países que puedan ver alterado el comportamiento de sus ventas al país podría trabar nuestras propias exportaciones a esos mercados. En un horizonte mayor, estos roces y complicaciones le quitan puntaje a los proyectos de inversión que se estén evaluando para la Argentina. No sólo por el riesgo de futuras retaliaciones, sino porque los emprendimientos hoy son, en su absoluta mayoría, diseñados como eslabones de cadenas globales de valor. Habrá insumos, partes, bienes de capital, tecnología, que será necesario importar para que ese proyecto se ajuste a lo planeado y sea exitoso.

Adicionalmente, la rentabilidad de ese eslabón dentro de la cadena de valor será más previsible en la medida en que la política cambiaria del país receptor de las inversiones logre evitar desalineamientos significativos con respecto al tipo de cambio de equilibrio. Y la libertad para decidir acerca del destino de los dividendos forma parte también de esas evaluaciones.