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Durante décadas, la orientación vocacional se enfocó casi exclusivamente en el afuera. Tests, aptitudes, salidas laborales, carreras con “futuro”. La pregunta central era qué estudiar, no quién sos. Y ahí empezó el problema.

Trabajar desde quién sos importa más que elegir “qué hacer” porque se puede elegir una carrera correcta y aun así vivir desconectado. Tener trabajo y sentir vacío. Cumplir objetivos pero sentir que algo no cierra. Hoy, nos encontramos con personas formadas, capaces, con experiencia, pero agotadas, desmotivadas o sintiendo que su trabajo no las representa. No porque hayan elegido mal, sino porque eligieron sin entenderse.

Dejar de encajar y comenzar a aportar

La vocación responde al qué. Pero la vida profesional se sostiene desde el cómo y el desde dónde. Por eso muchas personas cambian de carrera, de trabajo o de proyecto, pero repiten la misma historia de frustración una y otra vez. Cambian de película, pero no el guion desde el que deciden.

La vocación, entendida sólo como elección profesional, no es suficiente. Ya no se trata de encajar en un molde, sino de desarrollarse personal y profesionalmente. De entender cómo funcionás, desde dónde aportás valor y qué tipo de intercambio necesitás para que ese valor circule.

Hoy, más que encontrar una carrera “correcta”, el desafío es construir un recorrido propio, alineado con la identidad, las capacidades y el tipo de intercambio que cada persona necesita para sentirse realizada.

Empieza por algo básico: el entorno. Hay personas que rinden mejor en contextos estructurados y otras que necesitan margen de autonomía; algunas se potencian en equipos grandes y otras en espacios más pequeños y flexibles.

También se observa qué tipo de problemas alguien resuelve con mayor facilidad. Hay quienes ordenan, quienes anticipan riesgos, quienes contienen, quienes deciden. Eso dice mucho más sobre una vocación real que cualquier test.

En ese punto aparece algo clave: los dones, las habilidades desarrolladas y las cualidades personales no operan por separado, sino en combinación. No se trata solo de qué sabés hacer, sino de cómo lo hacés, desde qué lugar y con qué actitud. Esa mezcla particular, irrepetible, es la que define el valor real que cada persona puede aportar.

Dos personas pueden tener la misma formación y recorrer caminos completamente distintos. No porque una sea mejor que la otra, sino porque aportan desde combinaciones diferentes del ser.

A eso se suma distinguir qué cosas salen de forma espontánea y cuáles fueron aprendidas con el tiempo. No para jerarquizarlas, sino para entender qué impulsa el esfuerzo y dónde aparece el desgaste.

La orientación vocacional actual también observa cómo una persona atraviesa el error, la incertidumbre o los momentos en los que no hay garantías. Si se paraliza, si insiste, si se adapta o si aprende. Esas actitudes suelen definir más el recorrido profesional que la elección inicial.

Y, por último, algo que durante mucho tiempo se evitó nombrar: la relación con el dinero, el deseo de reconocimiento y el impacto que se quiere generar en otros. No todos desean lo mismo ni se sienten cómodos con el mismo tipo de intercambio. Por eso el foco ya no está en elegir una carrera, sino en construir una forma de aportar valor que sea coherente, sostenible y, sobre todo, propia.

Sifu Shun, exitoso emprendedor chino en España: “Elijo emprender y dormir en la calle que trabajar para alguien”.

Cuando alguien aporta desde su identidad, la energía fluye. Si la energía va y no vuelve, el equilibrio se pierde y aparece el malestar. En cambio, cuando se trabaja desde el ser, la gratificación económica, simbólica o emocional aparece como una consecuencia natural.

Ikigai: cuando la vocación se encuentra con la realidad

En este punto aparece un concepto que suele ser malinterpretado: el Ikigai. Lejos de ser inspiracional, propone un equilibrio concreto entre cuatro dimensiones que dan balance a la vida: lo que te gusta hacer, lo que sabés hacer bien, lo que el mundo necesita y aquello por lo que podés recibir una compensación.

La vocación ocupa solo una parte de ese esquema. El problema aparece cuando se intenta vivir únicamente de lo que gusta, sin integrar habilidades desarrolladas, viabilidad económica y las condiciones en las que ese valor puede sostenerse. Ahí surgen la frustración y la sensación de estar dando mucho sin recibir en la misma medida.

En mi caso, por ejemplo, la vocación siempre estuvo ligada a acompañar, ordenar ideas, impulsar procesos y ayudar a otros a crecer. Eso estuvo presente desde muy temprano. Pero durante años, esa vocación no estaba integrada a una estructura clara de valor. Había intención, pero no había sistema.

Recién cuando pude unir esa inclinación natural con experiencia en negocios, estrategia, comunicación y comprensión del comportamiento humano, y cuando entendí a quién podía ayudar, cómo y desde dónde, el intercambio empezó a equilibrarse. Lo que daba empezó a volver en forma de impacto, reconocimiento y resultados concretos. Eso es Ikigai en la práctica: cuando lo que sos, lo que sabés, lo que el entorno necesita y lo que puede sostenerse económicamente dejan de competir entre sí y empiezan a trabajar en conjunto.