Los extremos políticos tienen una virtud que rara vez se les reconoce: logran convencer a millones de personas de que el problema siempre está del otro lado. La extrema derecha culpa al Estado de todos los males; la extrema izquierda convierte al mercado en el villano universal. Mientras tanto, la realidad, terca como siempre, demuestra que ambos extremos suelen terminar en el mismo destino: más poder para unos cuantos y menos libertad para todos los demás.
La derecha radical suele construir un sistema donde el dinero compra influencia y las reglas parecen diseñadas para favorecer a quienes ya tienen ventajas. La izquierda radical, por su parte, promete igualdad mientras reparte pobreza, dependencia y un discurso donde el éxito termina siendo sospechoso. Son caminos distintos que desembocan en un mismo puerto: el populismo. Porque el populismo no tiene ideología; tiene método. Vive de las mentiras repetidas hasta convertirse en verdad para sus seguidores, de la manipulación de cifras, de la corrupción disfrazada de buenas intenciones y de la protección mutua entre quienes llegaron al poder prometiendo exactamente lo contrario.
Basta mirar al norte de Europa para entender que existe otra forma de gobernar. Los países escandinavos no son perfectos. También enfrentan problemas de migración, seguridad, envejecimiento poblacional y presiones económicas. Sin embargo, han construido instituciones donde el debate pesa más que el grito, donde la evidencia suele imponerse sobre el eslogan y donde los gobiernos saben que algún día dejarán el poder sin necesidad de destruir al adversario. Ahí la política sigue siendo una herramienta para administrar un país; en demasiadas democracias se ha convertido en un espectáculo permanente donde lo importante es humillar al rival, encontrar un culpable y mantener entretenida a la audiencia.
México ha optado por ese segundo modelo. Si es que el país aparece en titulares internacionales, con demasiada frecuencia no es por sus científicos, sus empresarios, sus deportistas, sus universidades o su enorme potencial, sino por la degradación institucional, la inseguridad, la polarización y la normalización de prácticas que hace apenas unos años habrían provocado indignación generalizada. La trampa ha dejado de avergonzar para empezar a justificarse.
El reciente escándalo relacionado con el ingreso a la UNAM es un síntoma preocupante. Más allá de las responsabilidades individuales y de lo que determinen las investigaciones, resulta inquietante observar cómo miles de jóvenes encontraron argumentos para defender el fraude en redes sociales. Más preocupante aún es la lenta reacción institucional. Cuando durante años el mensaje cotidiano es que la impunidad rara vez tiene consecuencias, no debería sorprender que algunos concluyan que hacer trampa simplemente forma parte de las reglas del juego.
Si México aparece en titulares internacionales, con demasiada frecuencia no es por sus científicos, sus empresarios, sus deportistas, sus universidades o su enorme potencial, sino por la degradación institucional.
La llamada Cuarta Transformación llegó prometiendo terminar con la corrupción y con la llamada “mafia del poder”. Sin embargo, para muchos de sus críticos, con el paso de los años el discurso ha terminado pareciéndose demasiado a aquello que decía combatir. Las verdades a medias, las explicaciones inverosímiles, la defensa automática de los propios, la descalificación sistemática de quien piensa diferente y los constantes intentos por censurar a periodistas, académicos, jueces u opositores han alimentado la percepción de que el poder dejó de entenderse como una responsabilidad para convertirse en un mecanismo de protección política. El problema nunca parece ser el error propio; siempre existe un enemigo conveniente al cual culpar.
Quizá una de las contradicciones más llamativas sea la manera en que se romantiza la pobreza. Pareciera que ser pobre constituye una virtud moral... siempre y cuando la pobreza sea la de los ciudadanos. Porque la de quienes gobiernan desaparece con notable rapidez. Mientras tanto, al ciudadano que trabaja más horas, emprende, paga impuestos y sostiene buena parte del funcionamiento del Estado, cada año se le exige un esfuerzo adicional. Trabajar más debería traducirse en mejores oportunidades. En cambio, muchas familias sienten que únicamente significa pagar más impuestos, enfrentar una inflación que encarece el supermercado, la renta y la gasolina, y cargar con un peso creciente sobre sus ingresos.
No se trata de cuestionar los apoyos dirigidos a adultos mayores o a personas con discapacidad, cuya existencia responde a principios elementales de justicia social. El debate surge cuando los programas sociales alcanzan a sectores plenamente productivos sin exigir compromisos reales de formación, desempeño o inserción laboral. Ningún país construye prosperidad repartiendo dependencia como política permanente. Ayudar debe significar abrir puertas, no fabricar clientelas políticas.
La clase trabajadora está agotada. Está cansada de sentir que sostiene el edificio mientras otros deciden cómo repartir los pisos. Está cansada de escuchar que todo mejora mientras su bolsillo cuenta otra historia. Está cansada de discursos épicos cuando lo único que pide es llegar a fin de mes con algo de tranquilidad. Porque esto, al final, no debería tratar de derechas o izquierdas. Debería tratar de personas comunes que madrugan, doblan turnos, emprenden, estudian y renuncian a tiempo con sus familias para construir un mejor futuro.
Tal vez el verdadero problema no sea que existan ideologías distintas. El problema comienza cuando cualquier ideología cree que puede sustituir a las instituciones, a la verdad y al sentido común. Ahí nacen los extremos. Y los extremos, sin importar el color de su bandera, siempre terminan presentando la misma factura. Lamentablemente, quienes casi siempre la pagan son los ciudadanos que nunca pidieron protagonizar esta obra de teatro, pero que todos los días compran el boleto con sus impuestos, su trabajo y su paciencia.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.