

En 1946, la Armada introdujo una veintena de castores en la Patagonia argentina con la intención de desarrollar una próspera industria peletera en Tierra del Fuego. Sin embargo, lo que comenzó como un prometedor proyecto económico pronto se transformó en una devastadora crisis ecológica sin precedentes.
Al carecer de depredadores naturales en este remoto ecosistema austral, esta especie exótica invasora se multiplicó velozmente, alterando de forma drástica los ríos y bosques nativos de la región. Hoy, décadas después, las desgarradoras consecuencias de aquella decisión histórica representan un enorme desafío ambiental imposible de ignorar.

¿Por qué introdujeron castores en Tierra del Fuego?
El origen de esta problemática se remonta a mediados del siglo XX, cuando se liberaron parejas de castor americano (Castor canadensis) importadas desde Canadá en las inmediaciones del lago Fagnano. La meta del gobierno era diversificar la economía local mediante el comercio de pieles.
No obstante, la ausencia de predadores nativos como pumas o lobos, sumada a la abundancia de recursos hídricos, permitió que la población creciera exponencialmente hasta superar los 100.000 ejemplares y cruzar las fronteras hacia Chile, según reportes de la Subsecretaría de Ambiente de la Nación Argentina.
¿Cómo destruyen los castores el bosque nativo patagónico?
A diferencia de los bosques del hemisferio norte, la flora autóctona de la Patagonia no está adaptada a la actividad de este roedor. De esta manera, provocaron:
- Tala incesante: los castores derriban especies centenarias como la lenga, el coihue y el ñire, árboles que no poseen la capacidad de rebrotar rápidamente y tardan hasta 200 años en recuperarse, de acuerdo con investigaciones del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC-CONICET).
- Inundaciones y diques: construyen represas que inundan hectáreas de bosques y turberas, pudriendo las raíces de la vegetación nativa y alterando la química del agua, tal como documenta la revista científica Biological Invasions.
- Transformación del paisaje: estudios publicados en la revista PLOS ONE mediante el uso de sensores remotos estiman la existencia de más de 200.000 diques que han provocado la pérdida de cerca de 30.000 hectáreas de bosque nativo.

¿Qué impacto económico y ecosistémico genera esta plaga?
El costo de esta invasión biológica no es solo ambiental, sino también financiero. Según informes oficiales del Proyecto Especies Exóticas Invasoras del gobierno argentino, los daños provocados por los castores generan pérdidas estimadas en 66,5 millones de dólares anuales en la provincia de Tierra del Fuego.
Las represas afectan la calidad del agua potable, modifican el flujo natural de los ríos, obstruyen caminos y desplazan a la fauna acuática y aves autóctonas, creando desiertos de troncos muertos e infraestructuras hídricas colapsadas.
¿Qué medidas se están tomando para erradicar a los castores?
Frente a un desastre de tal magnitud, las autoridades locales e internacionales han sumado esfuerzos para contener la expansión:
- Acuerdo Binacional (2008): Argentina y Chile firmaron un tratado histórico para coordinar la erradicación del castor americano y la restauración de los ecosistemas degradados.
- Proyectos de control y erradicación: a través del proyecto GEF Castor, respaldado por el Ministerio del Medio Ambiente de Chile, el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la ONG Wildlife Conservation Society (WCS), se llevan a cabo tareas de rastreo satelital y remoción estratégica.
- Restauración del bosque: aunque eliminar por completo a la especie es una tarea sumamente compleja, los primeros monitoreos en áreas piloto confirman que, tras la retirada de los castores, la vegetación autóctona comienza un lento pero constante proceso de recuperación natural.













