Nada hay menos material que el dinero.

La frase aparece en “El Zahir”, uno de los relatos más célebres de Jorge Luis Borges, de quien hoy se cumplen 40 años de su fallecimiento.

La cita también podría leerse como una inesperada definición de uno de los grandes debates argentinos de las últimas décadas. La inflación, la confianza en la moneda, el valor del dinero y el papel de las instituciones ocupan hoy un lugar central en la discusión pública.

Jorge Luis Borges, escritor: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Foto (Archivo)

Borges nunca escribió sobre esos temas en términos económicos. Sin embargo, cuarenta años después de su muerte, su obra sigue ofreciendo algunas pistas sorprendentes para pensar problemas que obsesionan tanto a economistas como a filósofos.

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Desde entonces, su figura fue estudiada desde perspectivas tan diversas como la filosofía, la teología, la lingüística, la matemática, la política o la crítica literaria. Menos habitual resulta encontrarlo en conversaciones sobre economía.

La ausencia llama la atención porque, aunque nunca elaboró una teoría económica ni escribió sobre inflación, bancos centrales o política monetaria, pocos autores argentinos exploraron con tanta profundidad cuestiones vinculadas con el valor, la representación, la confianza y las ficciones colectivas que sostienen la vida social.

Quizá por eso su legado continúa siendo objeto de disputas intelectuales. Desde hace años, distintos autores vinculados al pensamiento liberal encuentran en Borges un interlocutor privilegiado.

Las razones no son difíciles de identificar. Su rechazo al nacionalismo, su desconfianza hacia las ideologías totalizantes y varias de sus declaraciones públicas parecen dialogar con algunas tradiciones liberales clásicas.

En uno de sus célebres diálogos con Osvaldo Ferrari, citados en un artículo académico de Leonardo Cárdenas Castañeda, Borges advertía: “Se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y que todo ‘quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales’; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión”.

Esa mirada alimentó numerosas interpretaciones de su obra. Una de las más conocidas gira alrededor de “La lotería en Babilonia”, el relato publicado en 1941 que luego integró Ficciones. Allí, una misteriosa Compañía administra una lotería que, gradualmente, deja de repartir únicamente premios y castigos para extender su influencia sobre todos los aspectos de la vida social. El resultado es una maquinaria cada vez más difícil de comprender, cuyos mecanismos terminan confundidos con la propia realidad.

El cuento ha dado lugar a lecturas muy distintas. Algunos intérpretes vieron en él una reflexión sobre sistemas descentralizados de organización social. Otros encontraron exactamente lo contrario. El mismo Cárdenas Castañeda, en un trabajo publicado en la revista Utopía y Praxis Latinoamericana, propuso una lectura en diálogo con 1984, de George Orwell. Según esa interpretación, la Compañía borgiana comparte rasgos con los sistemas totalitarios que buscan vigilar, controlar y moldear la experiencia de los individuos.

Sin embargo, reducir el cuento a una alegoría política probablemente resulte insuficiente. Porque el problema que obsesiona a Borges es más amplio y más antiguo que cualquier discusión sobre el tamaño del Estado.

A comienzos de la década de 1970, el crítico y teórico estadounidense Marc Shell, profesor de Harvard y una de las figuras centrales en los estudios sobre literatura y economía, comenzó a desarrollar una idea que todavía conserva una notable capacidad de provocación intelectual. La tesis atraviesa obras como Money, Language and Thought y The Economy of Literature, y sostiene que el dinero y el lenguaje comparten una estructura profunda. Ambos son sistemas de representación. Las palabras remiten a cosas; las monedas remiten a valores. Ninguna contiene físicamente aquello que representa. Ambas dependen de una convención colectiva.

La hipótesis de Shell parece escrita para dialogar con Borges. Gran parte de su literatura gira alrededor de signos que adquieren una autonomía inquietante. Enciclopedias capaces de inventar mundos, bibliotecas infinitas, mapas que reemplazan al territorio, nombres que alteran la realidad y objetos que concentran cantidades desmesuradas de significado recorren una obra obsesionada por el poder de la representación. También las monedas ocupan un lugar destacado. Aparecen en poemas como “A una moneda”, “La moneda de hierro” o “Quince monedas”, y alcanzan una dimensión singular en “El Zahir”.

Shell llevó esa reflexión todavía más lejos. En Money, Language and Thought sugirió que la aparición de la moneda acuñada y la expansión de las religiones monoteístas comparten una misma lógica cultural: la búsqueda de la unidad. La moneda permite expresar bienes distintos mediante un equivalente común; el monoteísmo concentra lo sagrado en un único Dios. No es una relación mecánica ni lineal, pero sí una intuición provocadora sobre cómo las sociedades aprenden a organizar la multiplicidad alrededor de un signo compartido.

Esa idea conecta con Borges. Buena parte de su obra gira justamente alrededor del problema de lo uno y lo múltiple: el Aleph que contiene el universo, los nombres de Dios, las bibliotecas infinitas, los espejos, las monedas. En todos esos casos aparece la misma obsesión por aquello que condensa una totalidad en un objeto, una palabra o un símbolo.

La investigadora italiana Margherita Cannavacciuolo observó que la moneda constituye una de las metáforas más persistentes de Borges porque le permite explorar problemas relacionados con la identidad, la dualidad y el lenguaje. Una moneda posee dos caras. Es materia y símbolo al mismo tiempo. Objeto y representación. Realidad y convención. Borges parece fascinado por esa condición ambigua.

En “El Zahir”, una moneda corriente termina ocupando toda la conciencia del narrador. El objeto deja de ser un simple instrumento de intercambio y se transforma en una obsesión. Es en ese contexto donde aparece la frase: “Nada hay menos material que el dinero”.

La observación resulta extraordinariamente actual. El dinero puede adoptar la forma de una moneda metálica, un billete de papel, una anotación bancaria o una secuencia digital. Lo que permanece constante no es el soporte físico, sino la confianza colectiva que le otorga valor.

Esa misma característica llevó a algunos autores a vincular ciertos relatos borgianos con una pregunta clásica de Karl Marx: ¿de dónde surge el valor que una sociedad atribuye a determinados objetos? La conexión no remite a las posiciones políticas de Borges, ampliamente conocidas y discutidas, sino a un problema teórico más específico. Marx observó que las sociedades modernas tienden a atribuir a las mercancías una especie de poder propio, como si el valor residiera naturalmente en ellas y no en las relaciones sociales que las hacen posibles. A ese fenómeno lo llamó fetichismo de la mercancía.

Algunos críticos encontraron ecos de esa cuestión en relatos como “El Zahir” o “El Aleph”, donde determinados objetos parecen adquirir una fuerza que excede su condición material.

Jorge Luis Borges y su visión sobre la búsqueda de la felicidadMinisterio de Cultura de la República Argentina

No se trata de afirmar que Borges fuera marxista. Sería tan forzado como presentarlo como un precursor de los libertarios contemporáneos. Lo interesante es que la misma obra que algunos leen desde el liberalismo clásico también puede dialogar con Marx, Georg Simmel o Marc Shell cuando la discusión gira alrededor del valor, la representación y el dinero.

La actualidad argentina añade una dimensión inesperada a estas cuestiones. Durante décadas, la inflación erosionó la confianza en la moneda y convirtió el valor del dinero en una preocupación cotidiana para millones de personas. Los argentinos aprendieron a convivir con devaluaciones, indexaciones, cambios de signo monetario y crisis recurrentes. Esa experiencia volvió a colocar en el centro del debate preguntas que Borges nunca formuló en términos económicos, pero que se encuentran muy cerca de sus preocupaciones intelectuales: ¿por qué una sociedad confía en una moneda? ¿Por qué deja de hacerlo? ¿Qué sostiene el valor de un signo?

Las respuestas dividen a economistas desde hace generaciones. Los autores de la tradición austríaca, desde Carl Menger hasta Friedrich Hayek, sostuvieron que el dinero funciona porque los individuos reconocen su utilidad y confían en reglas estables capaces de preservar su valor. Desde esa perspectiva, la inflación erosiona precisamente aquello que hace posible la existencia de la moneda: la credibilidad. John Maynard Keynes y buena parte de la macroeconomía moderna observaron el fenómeno desde otro ángulo. La moneda sería una institución social cuyo funcionamiento depende de expectativas, decisiones colectivas y políticas públicas.

Milei recibe una distinción en la Fundacion Hayek

Las diferencias entre ambas tradiciones son profundas. Sin embargo, ninguna puede prescindir de la confianza. Y la confianza pertenece al mundo de los símbolos.

La llegada de Javier Milei a la presidencia reavivó debates sobre emisión monetaria, Banco Central, disciplina fiscal y rol del Estado. En muchos aspectos, esas discusiones remiten a desacuerdos históricos entre escuelas económicas.

Borges no ofrece respuestas para ninguna de ellas. Tampoco puede ser reclutado seriamente para una facción contemporánea. La tentación de convertirlo en un profeta libertario, en un conservador puro o en un marxista encubierto suele decir más sobre quienes lo leen que sobre el propio Borges.

Su obra opera en otro plano. Lo que aparece una y otra vez en sus cuentos, poemas y ensayos es una preocupación persistente por la naturaleza de los signos y por el extraño poder que adquieren cuando una comunidad decide creer en ellos.

Marc Shell dedicó buena parte de su trabajo a explorar el parentesco entre palabras y monedas. Borges pasó gran parte del suyo investigando qué sucede cuando los símbolos adquieren una fuerza capaz de competir con la realidad misma.

Tal vez allí resida una parte de su vigencia. No en las respuestas que podría ofrecer a los debates del presente, sino en las preguntas que sigue planteando. Qué es el valor. Qué es una representación. Por qué una comunidad confía en una palabra, en una moneda o en una institución. Cuarenta años después de su muerte, esas preguntas continúan abiertas. Y Borges sigue habitando, incómodamente, en el centro de todas ellas.