Nadie puede dudar de las ventajas que implica una activa participación en el comercio internacional, ni tampoco ignorar que la globalización de los últimos 30 años ha sido asimétrica, y que los países industrializados no han abierto sus economías a muchos productos del resto del mundo.

La Argentina ha logrado, a pesar de todo, tener un comercio externo en el 2005 de u$s 70.000 millones, lo que representa algo más del 35% del PBI. Este valor es muy bajo si lo comparamos con Chile, es menor que el de México, pero es superior al del Brasil, y al que tuvo la Argentina en las últimas décadas. Si nuestro PBI, medido en dólares corrientes, sigue creciendo a tasas superiores al 10% anual (ha crecido a más del 13% anual en los últimos 4 años), para seguir incrementando nuestra apertura comercial, deberíamos sumar no menos de u$s 8.000 millones al comercio externo cada año. Y si queremos preservar el superávit comercial, que es uno de los pilares de la actual política económica junto con el superávit fiscal, debemos agregar no menos de u$s 4.000 millones a nuestras exportaciones, cada año. Probablemente necesitemos más exportaciones, ya que las importaciones, producto del crecimiento del consumo, y de la necesidad de importar bienes de capital, seguramente crecerán a tasas algo mayores al 13%.

En este contexto, cabe preguntarse: ¿que vamos a exportar, y sobre todo, a quien? La primera pregunta no es complicada, porque la versatilidad y la competitividad del empresario argentino, en la presente situación macroeconómica, le permitirá seguramente tener productos en condiciones de calidad y precio competitivas. La Argentina tiene capacidad de ampliar significativamente sus exportaciones agroindustriales, como lácteos, carnes (obviamente si se levantan las restricciones), frutas, y productos especiales como vinos, dulces, especias, etc. También tiene una industria en condiciones de aumentar significativamente sus ventas externas, y no sólo de commodities industriales, hoy muy demandados por China, sino de manufacturas, como los de la industria automotriz, incluyendo las autopartes. También podemos aumentar otras exportaciones, desde minerales hasta servicios.

Lo difícil es imaginar a quien le vamos a vender, considerando que la Argentina es de los países que menos acuerdos de comercio tiene cerrados, y el único en real vigencia, el Mercosur, nos está generando hoy un fuerte déficit, producto del muy bajo nivel de crecimiento del consumo interno en el Brasil, en los últimos años.

Los exportadores argentinos tienen hoy acceso a los mercados externos en inferioridad de condiciones frente a otros países como México, Chile, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, por solo mencionar algunos similares, porque estos países han sabido cerrar acuerdo comerciales, bilaterales la mayoría de las veces, que les simplifican los trámites, les abren barreras sanitarias y les reducen aranceles.

Esta realidad es en parte la consecuencia de haber concretado apresurada e ingenuamente, una unión aduanera (aunque muy imperfecta) con Brasil, que nos impide negociar independientemente con otros países o bloques comerciales. Si el Mercosur fuera aún, como era cuando se lo ideó, una asociación de libre comercio, hoy podríamos estar negociando con la Unión Europea, o con el ALCA, en función de nuestros intereses. Y seguramente, Chile ya sería un miembro pleno del bloque, ya que su incorporación no lo obligaría a revisar los acuerdos que ya ha realizado con otros mercados. Y tampoco sería incompatible que el Uruguay cierre con los EE.UU. un acuerdo comercial, aún formando parte del bloque regional. Este Mercosur redefinido como zona de libre comercio no generaría menos comercio intrazonal que el experimentamos hoy, ya que actualmente está lleno de excepciones, salvaguardas, y trabas para-arancelarias, que lo han inmerso en una crisis profunda.

A nuestra falta de acuerdo comerciales, se suma una política exterior, que en los últimos años se vio obligada a confrontar internacionalmente por causas justas como la renegociación de la deuda y los juicios que algunas empresas privatizadas nos iniciaron ante el CIADI. Lentamente, y con algunos costos, estos temas se fueron superando, al menos casi totalmente, y el mundo empezó a entender los esfuerzos que hicieron los argentinos para salir exitosamente en estos 4 años, de una profunda crisis económica, social y política.

Pero cuando parecía que el tiempo de la confrontación debía ser reemplazado por el del acercamiento, surgen nuevos conflictos, como fue el de la Cumbre, y ahora el de las papeleras, que profundizan el aislamiento de nuestro país, A esto se le agregan las negociaciones por diversos temas que mantenemos con Chile, Bolivia, Brasil, España, Francia, etc. Parecería necesario delinear cuanto antes una política exterior que sepa establecer nuestras alianzas en función de nuestras prioridades, y que no sea una simple acumulación de conflictos, que alimentan incertidumbres sobre las posibilidades de una integración internacional provechosa para nuestros intereses.