

Hace cinco años, en pleno furor de la convertibilidad, la empresa estadounidense McCormick –la más grande del mundo en especias– ofreció más de u$s 42 millones por Poo, la productora de condimentos y vinagres. En ese momento, Sabores Argentinos, el fondo de inversión de Adolfo Sánchez Zinny, Luis Otero Monsegur y Santiago Soldati, que tenía un 66,67% de la compañía, rechazó la oferta. En agosto del año pasado, Molinos volvió a la carga: se interesó por algunas marcas de la misma empresa, a cambio de un cheque de $ 6 millones. Y abrió una infructuosa negociación por las etiquetas Omega y Hüser, con alta participación en el mercado de vinagres.
Poo, la perla del mercado alimenticio por la que Sabores Argentinos pagó más de u$s 16 millones en 1998, ahora está de remate judicial. La compañía, que entró en concurso de acreedores en noviembre de 2001 con pasivos por u$s 11 millones, que luego se pesificaron, está en liquidación por quiebra. Inclusive, con los pasivos post–concursales, su deuda llegaría a los $ 17 millones.
La compañía vende su planta industrial, que está desocupada, en Villa Lugano, con la maquinaria correspondiente para la elaboración y fraccionamiento de vinagre. La base para ese predio es de $ 3,5 millones.
También liquida un inmueble desocupado, que puede ser utilizado para depósito, en la calle Doblas, con 4.500 metros cuadrados de superficie cubierta. Para el mismo, la oferta mínima es de $ 1,7 millón.
Las marcas también están esperando por un mejor postor. En el mismo paquete están dos marcas líderes del mercado de condimentos, como Layco y Poo, junto con Huser, de vinagres, Mayco (no para galletitas, que está en manos de Kraft), y otras menos conocidas como El Murciano, Montiel, Manila y Dandi. Omega, la otra marca estrella, está fuera del paquete. Por las que salen a la venta, la Justicia pide un piso de $ 250.000. El remate se extiende a más envasadoras y maquinarias específicas del sector, como sacheteadoras, molinos, camiones, furgones, y autoelevadores, por la que pretenden recaudar más de $ 900.000.
De esta forma, la Justicia espera asegurarse, como mínimo, cerca $ 7 millones para pagarle a los acreedores. En 2004, fuentes de la empresa explicaron que había un acuerdo con la mayoría de los acreedores para evitar la quiebra de Poo. Sin embargo, eso no sucedió, y ahora los acreedores quieren recuperar lo que se les adeuda. Entre los que quieren cobrar se encuentran exempleados, a los que se les debe sueldos e indemnizaciones; proveedores; y bancos que le dieron préstamos a la compañía, como el Supervielle (en el momento del préstamo era Société Générale), el Río y el Francés. La AFIP también es acreedor, por cargas patronales pendientes.
Guillermo y Reynaldo Poo, los hijos del fundador Luis Poo, fueron quienes desarrollaron la empresa durante la década pasada. La amistad de Guillermo, presidente de la firma, con Alberto Guil, propietario de los supermercados Norte en esa época, le dieron entrada a la marca en ese canal. Esa relación se forjó por el fanatismo en torno a San Lorenzo, el club que más tarde Guil llegó a presidir. Cuando le vendieron a Sabores Argentinos, los Poo conservaron un 33% de la empresa. En un principio, la alianza entre los fundadores y el fondo logró que la facturación pasara de u$s 15 millones en 1998 a u$s 29 millones en 2000.
Después, con la recesión y la devaluación, la caja de la compañía se fue complicando. Con excesiva dependencia de los supermercados, la empresa se encontró con plazos de cobro muy largos para sus necesidades financieras. Frente a ese problema, los miembros de la familia Poo y los directivos de Sabores tuvieron ciertos desacuerdos. Antes de caer en la quiebra, Guillermo Poo inyectó dinero de su bolsillo para un rescate, pero no alcanzó. La empresa estaba sin financiamiento de bancos ni proveedores.
Pablo y Ezequiel, los hijos de Guillermo y nietos del fundador Luis, continúan en el negocio. Lo hacen a través de su empresa La Parmesana.











