Somos realmente racionales? A la hora de tomar decisiones, pese a lo que se enseña, no lo somos. Al menos totalmente. Cometemos locuras y desatinos porque nuestra racionalidad es limitada. Únicamente en la torre de marfil, los hombres, para satisfacer sus fines, hacen juicios racionales. En el mundo real, las cuestiones culturales, estructurales-psicológicas y circunstanciales la restringen.

Contrariamente a lo que suele creerse, Adam Smith mantuvo una posición de cautela frente a la razón, justamente, cuando la Ilustración la llevaba a los altares. En su obra, Smith remarca la importancia de las acciones que, desde los sentimientos y la razón, generan comportamientos sociales favorables al desarrollo.

A los padres de la economía les siguen los neoclásicos quienes sostienen que el hombre actúa siempre, racionalmente, y de acuerdo a su conveniencia. La escuela neoclásica - que prima en la enseñanza- se basa en el supuesto de que, al elegir, el hombre es racional. Sin embargo, toma decisiones desde las emociones y en base a la información disponible, que siempre es asimétrica, es decir que existen niveles distintos de información disponible para diversas personas.

Cuántas veces hacemos cosas que luego justificamos como racionales; y así encontramos explicaciones lógicas a nuestras conductas. Ludwig von Mises asevera que la economía bien entendida se ocupa, en rigor, del hombre “como es realmente, a menudo débil, estúpido, desconsiderado y mal instruido . ¿Ejemplo? Cuando la recepcionista de un hotel compra un reloj que desequilibra su presupuesto, actúa bajo el instinto primario de mejorar el estatus. Como dice Douglass C. North “las personas hacen sus elecciones basados en modelos derivados subjetivamente que divergen entre las personas...

“Sólo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana... y no estoy seguro de lo primero , decía Einstein. No se necesita mirar muy lejos para comprobarlo: veamos lo sucedido en la última crisis mundial y a quienes con ingenuidad, y estúpidamente, volcaron sus fondos, tutelados por la codicia, en imprevisibles destinos con oscuros resultados.

Los humanos tenemos limitaciones en la evaluación de alternativas y en el uso de la memoria. Dice Herbert Simon que, en lugar de creer que el hombre busca el óptimo económico, debemos entender que tan sólo apunta a su satisfacción: “sólo tiene un conocimiento fraccionado de las condiciones que rodean a la acción... Esta debe ser la premisa.

Nuestro comportamiento se basa en una racionalidad económica limitada, donde las expectativas emocionales condicionan los juicios y la toma de decisiones bajo incertidumbre. También pasa con la sociedad. Con información fragmentada y cierta limitación en sus habilidades de selección -por emociones surgidas de la coyuntura- pierde la necesaria perspectiva para tomar decisiones racionales y para actuar en consecuencia. Recordemos lo sucedido con la Alianza. Si la sociedad argentina había votado por un gobierno comprometido con la Convertibilidad, ¿por qué éste, en apenas dos años, dio la espalda a ello y se dejó llevar por el cambio que vino a quebrar esta política?

Cuando la coyuntura es adversa, la sociedad argentina tiende a buscar soluciones mágicas que, a la larga, derivan en problemas mayores. Todo aquello que contribuya a la formación de una opinión pública, de elevado grado de madurez, debe contar con la mayor libertad posible a fin de que un amplio espectro de información llegue a todos.

El populismo sólo encuentra freno en la racionalidad de los votantes. Y para ello, es imprescindible que cuenten con la mayor información posible. Para que el “conocimiento fraccionado que rodean a las condiciones de la acción (H. Simon) sea lo menos fraccionado posible.