

Si de la Argentina desapareciera todo menos sus estadísticas, referido al primer año y medio de la gestión del presidente Kirchner, palabra más palabra menos, un informe diría lo siguiente: “Tanto durante la segunda mitad de 2003, como durante 2004, el PIB real creció 8% anual; la tasa de inflación se mantuvo en un dígito anual; la tasa de desocupación bajó 3 puntos porcentuales; y el dólar –sin estar fijo– se mantuvo prácticamente en el mismo nivel nominal .
Tamaña descripción sería seguida por los calificativos más laudatorios, como ocurre con algunos análisis realizados en el extranjero, reproducidos aquí sin el menor comentario (el otro día, un diario italiano comparó el crecimiento de la Argentina con el de China. Quien escribió eso no sabe lo que pasa en por lo menos uno de los 2 países mencionados).
¿Por qué, si esto es así, ni el Presidente ni su ministro de Economía se adjudican estos resultados? Por falsa modestia, difícil.
Si la recuperación de la economía argentina, luego de la crisis de 2002, dependiera de manera decisiva del estilo K, es decir, de faltar a reuniones con asistencia comprometida, leer de manera muy peculiar lo que ocurrió en nuestro país durante la década de 1990, postergar lo más posible la renegociación de la deuda y la de las tarifas de las empresas privatizadas y concesionadas, etc., entonces sí que habría que reescribir los libros de economía.
La recuperación de la economía argentina se explica, primero y principal, por una afortunada característica de la naturaleza humana, según la cual a menos que cada uno de nosotros esté delante de un peligro inminente, quiere que la vida siga. Aquí y en cualquier lugar del mundo. Por eso, a pesar de todo, la vida sigue en Irak, en Tailandia, etc., como sigue en Río Tercero, en Once, etcétera.
Esto es particularmente cierto en el caso de los bienes durables, donde una cosa es la demanda del servicio que prestan, y otra la demanda de reposición del bien. Cada vez que utilizo una camisa derivo sus servicios, y cada tanto me compro una camisa nueva. Ahora bien, la camisa que en condiciones normales me hubiera parecido insoportablemente vieja, durante la crisis de 2002 me pareció espectacular, y por consiguiente la seguí utilizando. Y a usted le ocurrió lo mismo.
Como consecuencia de lo cual el fabricante de camisas pasó, de la noche a la mañana, a vender cero. Pues bien, con el paso del tiempo el peligro inminente desaparece, la vida continúa, y por consiguiente usted y yo, simultáneamente, volvemos a comprar camisas. ¡Dato importante para quienes venden bienes durables: ojo que parte de lo que vendiste a fines de 2003 y durante 2004, tiene que ver con lo que no vendiste en 2002!
Pero entonces, ¿no hay ningún mérito en los resultados observados? Sí lo hay, y merece destacarse.
La razón de la recuperación es, como acabo de decir, el motorcito que tenemos los seres humanos dentro nuestro. Pero la intensidad de la recuperación se explica, en parte al menos, por la política monetaria implementada. En el plano monetario, la normalización posterior a la crisis implica el aumento de la demanda de pesos, no para gastar sino para mantener. La contrapartida de esto fue que durante su gestión al frente del BCRA, de Prat-Gay pudo aumentar la cantidad de pesos en circulación, contrapartida de los dólares que compró, elevando el nivel de actividad económica, sin que aumentaran ni el precio del dólar ni los precios internos.
¿Cuál es el mérito? Haber entendido la situación. No sólo eso, sino también haber enfrentado al FMI, quien difícilmente hubiera estado dispuesto a jugarse a favor de una hipótesis realista, pero heterodoxa. Aquí estoy utilizando los calificativos de ortodoxia y heterodoxia como slogans; lo que a mí me importa de una política económica no es si es ortodoxa o heterodoxa, sino si tiene que ver con la realidad o no. Cuando, luego de una crisis, la población demanda más pesos, que haya más pesos no sólo no está mal sino que está muy bien (ocurrió al comienzo del plan Austral, al comienzo de la Convertibilidad, etcétera.).
El accionar del FMI no lo pienso en el plano conspirativo sino en el del proceso decisorio. El FMI es una organización, y los integrantes de sus misiones se juegan el futuro profesional, cada vez que interactúan con un país. Si, según la autocrítica del FMI, durante la década de 1990 la institución fue blanda con la Argentina, nadie puede esperar que luego de eso, le otorgue el beneficio de la duda a un país que quiere implementar una política económica que luce expansionista, pero que no hace otra cosa que acompañar la dinámica originada en la naturaleza humana.
Por su propia dinámica, la recuperación se agota. ¡Qué fácil es recomendar que se le busque la vuelta para que la economía siga creciendo como en 2003 y 2004! Como cualquier casado sabe, vivir el resto de la vida como en la luna de miel es una buena expresión de deseos, pero un pobre pronóstico. Aquí lo mismo. La realidad entra en otro contexto.
¡ nimo!










