Todos los indicadores económicos señalan que estamos logrando salir del patrón de volatilidad que nos dominó durante más de 30 años. Ya se han cumplido más de 50 meses de crecimiento ininterrumpidos, que se tradujeron en un 41% de aumento del PIB, y no hay ningún síntoma de que estemos acercándonos a una crisis fiscal, cambiaria y/o bancaria, como las que sufrimos en los tiempos anteriores.
Efectivamente no se percibe ni la sobrevaluación cambiaria, ni las tasas de interés demasiado positivas, ni el déficit fiscal, ni los excesos de endeudamiento público o privado que en el pasado anticiparon las crisis que generaron recesión, desempleo y pobreza.
Eso no significa que no haya otros problemas que hacen a la gestión económica, y que sin generar crisis, puedan afectar la tasa de crecimiento. Fundamentalmente nos referimos a la falta de suficiente inversión en la infraestructura pública, debido a las demoras en concluir las negociaciones con las empresas privatizadas, o los temores que generan los controles de precios (o las prohibiciones de exportar), que ahuyentan inversiones en sectores de gran potencial como granos, carnes y lácteos. También puede frenar nuestro crecimiento la insuficiente integración comercial con el resto del mundo, producto de haber apostado exclusivamente al Mercosur, y a los acuerdos multilaterales. Mientras que Chile, que hizo lo contrario, hoy puede exportar sin aranceles a un mercado 4 veces más grande que el nuestro.
Salir de la ‘montaña rusa‘ en que hemos estado en estas décadas tiene la enorme virtud de permitirnos concentrarnos en la principal cuestión económico-social de nuestros días, que es la ruptura que implica los altos niveles de pobreza que afecta a casi la mitad de la población argentina.
No vale la pena abundar en estadísticas sobre esta cuestión, porque ella se manifiesta cotidianamente, y sólo pueden ignorarla quienes no la quieren ver. Y más grave es aún la situación porque esta involución social se produce simultáneamente con manifestaciones en sentido contrario, de un visible aumento de la riqueza en los sectores de mayores ingresos.
Este proceso de fuerte deterioro en la distribución de los ingresos no es simplemente el resultado del estancamiento económico. Es el producto directo del tipo de política cambiaria y monetaria implementada con la excusa de combatir la inflación en el pasado. Mientras las altas tasas de interés favorecían a los rentistas, la apreciación cambiaria arrastraba hacia abajo a los salarios en los sectores competitivos de la producción. Y cuando sobrevenía la crisis, los mejor informados sabían cubrir sus ahorros, realizando ingentes ganancias, mientras que los asalariados debían sufrir el incremento de los precios de los bienes más elementales.
Por eso es que considero que la pobreza de nuestro país no puede ser considerada el problema de un sector de la sociedad, sino el problema de toda la sociedad. Es entre todos que hemos ‘construido‘ esta Argentina quebrada en dos subgrupos tan desiguales, rompiendo el modelo económico-social que tan exitosamente habíamos logrado armar en la primera mitad del siglo pasado.
Aceptar que esta deuda social es de todos, y su cancelación constituye la primera prioridad de la agenda pública, es de fundamental importancia. Porque la Argentina no puede depender solamente del ‘efecto derrame‘ del crecimiento para combatir la pobreza. Obviamente el crecimiento tiene mucho que ofrecer en este aspecto, pero ya hemos comprobado en estos años que no alcanza. Tampoco alcanza, por importante que sea, la solidaridad, que habla de la generosidad de nuestro pueblo, pero es apenas una propina frente a lo que los sectores más pobres han transferido a los más ricos en las últimas décadas. Hace falta complementarlo con una acción directa del Estado, que se traduzca en un mayor y mejor gasto público. Un gasto público que en lugar de subsidiar a las clases media y alta, mediante tarifas artificialmente bajas de gas y electricidad, se concentre en incrementar los gastos en viviendas económicas, educación elemental, salud, y asistencialismo a los desocupados.