En las últimas semanas, la crisis financiera ha invadido las tapas de los diarios, frenado las inversiones actuales y futuras, replanteado las conductas de consumo habituales, aquí y en el mundo.

¿Qué pasó? Simplemente una crisis de sustentabilidad, palabra que tanto se usa cuando tratamos de definir la promoción de un desarrollo que satisfaga las necesidades actuales sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Este concepto que comienza como un control al uso de los recursos naturales en la década del ‘80 propio de los ambientalistas, ha tomado dimensiones mayores, y a pasado de una visión centrada en el deterioro del ambiente, hacia una definición más integral que incluye muchos otros aspectos vinculados con la calidad de vida del ser humano, como ser procesos socioeconómicos, políticos, técnicos, productivos, institucionales y culturales que están relacionados con la satisfacción de las necesidades humanas.

Sin embargo, durante los últimos 20 años los muchachos de Wall Street solamente basaban las definiciones de crecimiento en complejos modelos matemáticos donde la variable sustentabilidad no era incorporada. Cuando se hablaba con ellos sobre los mecanismos reales para sostener estas inyecciones de liquidez que se generaban en el mercado, ellos simplemente se contentaban con responder que estaban hedgeados o protegidos del riesgo gracias a estas complicadas e ingeniosas fórmulas matemáticas. Sin embargo, algunos de nosotros que veíamos las cosas de cerca pero a la distancia, nos plantéabamos, con un café de por medio, si el sistema capitalista no se había vuelto tan virtual, que generaba miopía a la hora de mirar las garantías que podía otorgar la economía real para sostener estas estructuraciones.

Así algunos veían que para que cada uno de los muchachos de Wall Street siguiera ganando las cifras abismales que ganaban, tenían que haber muchos otros muchachos que estuvieran dispuestos a trabajar más horas por salarios menores. Algunos escándalos comenzaron entonces a surgir. Algunas de las grandes empresas que anunciaban ambiciosos programas de responsabilidad social y ambientales en sus casas matrices, se olvidaban de ellos apenas cruzaban la frontera, sobre todo en sus factorías en los países emergentes, donde los controles son más débiles y además el hambre permite mayores abusos.

Este espiral de Wall Street, donde se hacía necesario cada vez ser más rico para sostener la fiesta, y por ende contar con cada vez más pobres, es lo que podemos llamar una crisis de sustentabilidad.

La angurria de los muchachos de Wall Street, hizo generar estructuraciones que ya no eran sostenibles por el sistema real, y como todo sistema no controlado, ante la primera falla, se derrumba provocando un efecto dominó, de una dimensión tan universal como transversal.

Por eso esta crisis de sustentabilidad implica un cambio de paradigma. Estamos ante una nueva forma de entender las relaciones políticas, sociales, bancarias, comerciales y laborales. A partir de ahora, veremos redefiniciones en las formas de poder, en las formas de hacer negocios, en las formas de medir el riesgo, en las formas del consumo y en lo que se entiende por valor.

Sin embargo, tal vez tenemos una oportunidad como humanidad. Las finanzas tal vez nos ayudaron a poner el freno tan necesario para que finalmente en todos los sectores se entienda que un cambio en los patrones de conducta de la producción y del consumo era necesario para asegurar un mundo posible para todos, nosotros y nuestros herederos.

El término sustentabilidad suele ser muchas veces considerado vacío. Sin embargo, creo que hoy más que nunca esta definición de crecer a un ritmo posible de ser asimilado por nuestra Tierra y por cada uno de nosotros, nunca fue tan acertadamente aplicable. Si los muchachos de Wall Street hubieran incorporado dentro de las variables matemáticas utilizadas para el desarrollo de estas estructuras financieras el término sustentabilidad, la burbuja financiera seguramente no hubiera ocurrido, porque solamente el crecimiento económico se correspondería con un desarrollo equilibrado y genuino y por lo tanto, la generación de los créditos hubiera estado resguardado por garantías reales, no por ansias de generar bonuses mayores a fin de año para mantener las fiestas en Park Avenue.