Está claro que el Gobierno tiende a la búsqueda de soluciones mediante intervenciones en el comercio agrario. Se inclina por políticas intervencionistas y de industrialización por sustitución de importaciones cuando, en rigor, el mundo presenta casos que revelan la falacia de éstas. La historia económica muestra cómo países como Australia y Nueva Zelanda lograron un alto grado de desarrollo sin ellas y a partir de sus eslabones agrarios.

El pensamiento de Douglass C. North es muy interesante. Nos abre la mente y nos permite entender que el abanico del desarrollo es más complejo de lo que muchos economistas y políticos entienden. Sostiene que una producción exitosa de productos agrícolas para la exportación puede ser -y, bajo ciertas condiciones, ha sido- el principal impulsor del crecimiento económico, del desarrollo de economías externas y, por último, del desarrollo industrial.

Al analizar el llamado Producto Bruto Interno, en la actualidad, los estudios sobre la economía de un país revelan cómo ese producto se compone con el valor agregado por todos los sectores: el agro, la industria, la construcción y los servicios. Esos sectores están en mayor o menor medida interrelacionados y lo mismo pasa con otros sectores de la industria y de los servicios con los cuales la relación es más indirecta. La sociedad ligada al agro, por primera vez en siglos, se muestra a la vanguardia de la transformación y el progreso tecnológico y organizacional.

A su vez, el comercio internacional es un proceso -de doble vía- que determina el desarrollo. Hasta un teólogo como Juan Pablo II en su Centesimus Annus ha demostrado entender mejor la economía que muchos otros líderes cuando afirma que la experiencia más reciente ha demostrado, “que los países que se han excluido han sufrido estancamiento y retroceso; por el contrario se han desarrollado aquellos países que han conseguido incorporarse al entramado general de las relaciones económicas internacionales .

El valor de lo que importa un país son las exportaciones de otros países. Una visión global lo muestra: en el total de países del mundo, las exportaciones e importaciones se compensan. Las economías que más crecen son aquellas capaces de ajustar su realidad a las necesidades comerciales. Ian Bremmer invita a explorar la realidad en busca de las causas del desarrollo de los países. De acuerdo a su visión, si existe apertura que permite la vinculación entre ciudadanos de un mismo país y de éstos con los del resto del mundo se dan las condiciones básicas para que tal país pueda caminar hacia la estabilidad con una acentuada dinámica política y social. En su libro “La curva J2, pone sobre el tapete la importancia de la apertura y de la estabilidad de los países.

Lamentablemente, hoy la Argentina muestra un cociente de apertura externa próximo al 20%. Vale recordar que hace unos cien años, este cociente se acercaba al 80%.

Desde el año 2006, este proceso de cierre sobre las fronteras comerciales se acentúa. El caso del trigo y de la carne vacuna constituye un patético ejemplo de ello. Y así los alimentos son los que, hoy, hacen punta en el nivel de inflación.