

La sequía azotó al campo durante la campaña pasada y lo sigue haciendo ahora. Pero, el castigo no viene sólo del clima, también lo hace desde la política económica. Hija de un mercantilismo férreo, tan anacrónico como dañino, esta política se aferra a una estrategia discrecional de sustitución de importaciones que pune la inversión. Como ejemplo vale remarcar el caso del uso de fertilizantes. En 2007, el campo utilizó 3,7 millones de toneladas y en 2008 apenas 2,7 millones. Se estima que ahora su uso apenas superaría 2 millones.
Bajo el manto de una presunta política favorable a los más humildes, el eslabón agrario de la cadena de valor está encerrado en un esquema de vigilancia y control. El comercio, oprimido, no logra asomar su nariz. Los obstáculos a determinadas exportaciones y la eliminación de estadísticas veraces impiden la formación de un precio de mercado. Se establece así una brecha que traslada ingresos al sector de la exportación en desmedro de la producción. La redistribución de ingresos es claramente regresiva y quienes pagan los platos rotos son los chacareros y la mayor parte de las industrias y servicios ligados al agro.
Bajo una política procíclica que, en lugar de premiar la producción y, por ende, la oferta, incentiva la emergencia de todo tipo de desvíos. La política agraria, si así se la puede llamar, desdeña el pasaje Bíblico de José. No recuerda su inteligente interpretación del sueño del Faraón.
La oferta productiva se ha resentido y, con ella, la capacidad de recaudación fiscal. La producción granaria de esta campaña es la más reducida de este siglo; en rigor, la menor de los últimos doce años.
La tendencia de crecimiento constante, a lo largo de años, se ha cortado. La concentración de la producción en la soja en desmedro de los cereales, particularmente, del maíz, se pronuncia de forma alarmante. Del total sembrado, poco menos de 10 millones de hectáreas se ha destinado a cereales. Al comienzo de la campaña que acaba de finalizar, se hablaba de una cosecha de soja próxima a 50 millones de toneladas. Hoy, sabemos que es de poco más de 32 millones. Un 35% menos.
El maíz, que el año pasado alcanzó un volumen de 21 millones de toneladas, ahora está en poco más de la mitad, la peor cosecha en 20 años. La cosecha de trigo, es la más reducida de los últimos 25 años. Para peor, la siembra de este cereal, tan argentino, quedaría en una superficie de apenas 2,7 millones de hectáreas. Así, no podríamos exportar, ni a nuestro vecino Brasil, cliente prácticamente cautivo.
En este contexto, la producción agrícola, contrariamente a lo que dicta un racional manejo del suelo y del ambiente, se concentrará en la soja.
La leche y la carne son ejemplos macabros de la aplicación de ‘estrategias no estratégicas‘ con miras al corto plazo y el mercado interno. Lo que está pasando con la carne vacuna es alarmante, no sólo en la oferta sino en la calidad. Por ‘privilegiar la canasta de los argentinos‘ las política económica se está devorando a si misma. Por si no fuera suficiente, la composición granaria se vuelca a favor de la soja, obstaculizando la rotación de cultivos (los efectos sobre los suelos y el ambiente no demorarán mucho en hacerse ver). En el plano ganadero, sucede algo similar. La combinación favorece la producción en feed lot, en desmedro de una producción diferenciada mayor valor adicionado, basada en la ingesta a pasto.
La recaudación, en términos reales, tomando en cuenta la inflación, está cayendo. Se acabó el tiempo de bonanza fiscal. El monto correspondiente al ‘impuesto de oro‘, esto es el derecho de exportación, sufrirá este año una rebaja violenta, como si fuera una revancha del mercado. Así las cosas, el déficit fiscal verdadero, en términos reales, sigue en aumento. En economía, tarde o temprano, todo se paga. El problema es que a la hora de pagar, quienes deben hacerlo somos nosotros mismos. Los argentinos.









