Sobre el rumbo de la economía inciden, en cualquier país, tanto las condiciones iniciales (“herencia recibida ), como el contexto externo de cada etapa y también las decisiones de política que se vayan adoptando. Cuando las cosas van bien, los políticos a cargo resaltarán la gestión, mientras que será el contexto o la herencia lo que explique la realidad cuando el rumbo resulte negativo. El prisma de la oposición será el inverso, por supuesto. La verdad, la mayoría de las veces, estará en una zona más gris. Pero lo relevante es que las tres cosas importan. Por eso, muchas veces, una misma política puede producir resultados diferentes, si las condiciones iniciales o el contexto han cambiado.

Tomando en cuenta condiciones iniciales y contexto externo, se encuentran importantes diferencias entre 2003 y 2010 por lo que, no necesariamente, aplicar las mismas políticas habrá de dar resultados iguales a los del período 2003/07. Aunque algunos de los cambios ocurridos puedan parecer obvios, ponerlos en perspectiva puede ayudar a pulir el diagnóstico.

El marco internacional en 2003 podía considerarse neutro con algún rasgo negativo en las variables relevantes para la Argentina, aunque esto resultó más que compensado por “condiciones iniciales que daban mucho margen para políticas expansivas. La tasa de interés de corto plazo en EE.UU. era muy baja, en torno a 1 %, pero se esperaba que tomara curso ascendente en un plazo cercano. Los flujos netos de capitales hacia los emergentes sumaban en total u$s 225 mil millones al año, una cifra magra comparada con los u$s 825 mil millones que se estiman para 2010. El precio de la soja era de u$s 246,7 la tonelada, casi la mitad del actual. Por su parte, Brasil crecía a un paupérrimo 1,1 % anual, comparado con una variación del PBI de 7,5 % estimada para este año.

La compensación venía por el lado de las condiciones iniciales. En 2003 el gasto público era relativamente moderado, ya que representaba 22,6 % del PBI y el peso estaba significativamente subvaluado, ya que en Buenos Aires un Big Mac costaba en dólares un 47,2 % menos que en EE.UU., con un superávit comercial equivalente a 12,3 % del PBI. No había restricción fiscal ni externa y, al mismo tiempo, la tasa de inflación era muy baja (3,7 % a fin de 2003) y la capacidad ociosa de la economía era todavía muy elevada, con una tasa de desempleo de 17,8 % y un uso de capacidad instalada de la industria de sólo 64 %.

La herencia reclamaba y permitía un mix de políticas fiscales y monetarias expansivas; fue lo que se hizo y el empleo creció a un impresionante ritmo superior al 7 % anual.

En 2010, las condiciones iniciales de la economía no tienen la holgura de 2003 pero, en contrapartida, la mayoría de las variables externas están alineadas a favor de la Argentina. El precio de la soja, el crecimiento de Brasil y el elevadísimo monto de los flujos de capitales hacia los emergentes, deben ser administrados en el contexto de una economía local que presenta una tasa de inflación elevada y en ascenso, con poca capacidad ociosa. El gasto público consolidado supera el 33 % del PBI por lo que, una expansión adicional por esta vía difícilmente podría ser financiada de forma genuina. Recurrir a más “impuesto inflacionario retroalimentaría en forma negativa la actual inercia.

A diferencia de 2003, los problemas del mercado de trabajo ya no son tanto de cantidad como de calidad. Estos últimos se resuelven con incentivos a mayor formalidad y asegurando dinamismo a los sectores que pueden traccionar ese tipo de fuentes de trabajo. La “holgura cambiaria de 2003 y años subsiguientes operó como una especie de promoción industrial y, aun así, la participación del sector manufacturero en el PBI se mantuvo estancada a precios constantes. Dada esa trayectoria, no es de extrañar que genere preocupación el hecho que los indicadores de tipo de cambio real del presente muestren cierta apreciación del peso (caso del Big Mac, que es más caro en Buenos Aires que en Estados Unidos). La luz amarilla no tiene que ver con la sustentabilidad del sector externo, sino con el impacto sectorial que puede tener esa pérdida de competitividad. Industrias mano de obra intensivas y diversas economías regionales, que no se benefician de altos precios internacionales, están en ese listado.

La diferencia entre 2010 y 2003 puede resumirse así: en 2003 las condiciones iniciales y las variables externas estaban alineadas para promover más a la producción que al consumo. Este último se recuperó como consecuencia del aumento del empleo, ligado al incremento de la producción. En 2010 el fenómeno es inverso. Las condiciones externas promueven más el consumo que la producción, justo cuando la economía argentina muestra señales de exceso de demanda, reflejadas en una inflación que, medida por fuentes alternativas, ha escalado 10% en un año, del 15 al 25 % anual. La “promoción industrial que significó el elevado tipo de cambio se ha diluído, pero sin que haya nada a cambio en materia de nuevos instrumentos. Para que la producción pueda acompañar al consumo, deberían asegurarse condiciones para un despegue de la inversión. Los instrumentos que en 2003 eran expansivos hoy pueden ser inflacionarios.