La nueva Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton sintetizó su nuevo enfoque diplomático en dos palabras: poder inteligente. Explicó ante el Senado, en EE.UU. que a partir de ahora debe usarse poder inteligente en todo el espectro de herramientas de las relaciones internacionales, ya sean diplomáticas, económicas, militares, políticas, legales o culturales. En su visión de lo que significa el poder inteligente, la diplomacia siempre estará a la vanguardia de la política exterior. Para enfatizar su compromiso con la importancia central de la diplomacia como instrumento del servicio exterior norteamericano, citó al antiguo poeta romano Terencio: ‘En cualquier empresa, el camino más apropiado para los hombres sabios es intentar primero la persuasión’.
Las implicaciones de su mensaje son claras. El fracaso de la política exterior de los últimos ocho años ha sido cualquier cosa menos inteligente. La Secretaria de Estado Clinton dejó en claro que EE.UU. está siendo liberado de un secuestro por una pequeña pandilla de neocons, que piensan que EE.UU. debe usar su poder militar para imponer el liderazgo en el mundo, denigrando a las organizaciones y leyes internacionales, y tratándolas como amenazas a la soberanía norteamericana.
A lo mejor el poder inteligente no es algo nuevo, sino tan solo el regreso a un enfoque más reflexivo y multilateral de política exterior que supo ser la principal corriente de la política exterior norteamericana durante la mayor parte del siglo XX: el internacionalismo liberal. Esta combinación entre el poder de EE.UU. y la cooperación internacional como base de la política exterior de EE.UU. comenzó con el presidente Franklin Roosevelt. Sucesivos presidentes, particularmente Harry Truman y John F. Kennedy, mantuvieron esta línea basada en la búsqueda de un consenso por el cual, para ganar la Guerra Fría, era necesario usar tanto el poder militar como el apoyo de los aliados y socios estratégicos.
De hecho, una política exterior de esas características, que utilizaba tanto poder como cooperación, fue la que dio apoyo a la creación y el mantenimiento de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y planes de ayuda internacional como el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Y fue el internacionalismo liberal quien promovió la creación de la Agencia norteamericana para el Desarrollo Internacional y los Cuerpos de Paz.
Bush y los neocons celebran la parte de la fórmula internacionalista liberal que se refiere al uso de poder militar, pero desdeñan la segunda parte, aquella que promueve la cooperación y las alianzas. Ven con desprecio las leyes y tratados internacionales y también la mayoría de las organizaciones internacionales que son el legado del liberalismo internacional. No comprenden que los EE.UU. no tienen que forzar una elección entre uno u otro elemento pero que, en cambio, pueden –y deben–usar ambos.
Es tiempo de comenzar la larga y difícil tarea de restaurar el prestigio de EE.UU. en el mundo y poner fin a la destructiva política exterior de los neocons. El esquema general del proceso es claro. Donde el presidente Bush era unilateral, el presidente Obama será multilateral. Allí donde Bush veía solo opciones militares, Obama verá opciones militares como parte de un enfoque más amplio que las incluirá. Obama eligió a Hillary Clinton para dirigir este esfuerzo guiado a retomar el liderazgo de EE.UU. en el mundo. Ella entiende el valor de poder usar todas las fuentes del poder de EE.UU. y ha demostrado su compromiso con la búsqueda de una nueva visión de política exterior, que ha conceptualizado como poder inteligente. ¿El poder inteligente es algo nuevo o es el retorno al estilo tradicional de la diplomacia norteamericana? Cualquiera sea la respuesta a este interrogante, este cambio es bienvenido, necesario y ha sido largamente esperado.