El evento que otorgó respeto internacional a los vinos de California fue un cateo de vinos realizado en París en el año 1976, donde los familiarizados enólogos franceses, hasta ese momento inexpertos en tales asuntos, calificaron con notas más altas a algunos vinos de California que a sus más reverenciados borgoñas y bordeaux.

El empresario productor de vino chileno Eduardo Chadwick de Viña Errázuriz, se las ingenió para organizar un hito similar en la industria del vino chileno o al menos para sus propios vinos.

El mes pasado en Berlín, a 36 respetados catadores, incluyendo al organizador del evento de París en 1976 Steven Spurrier, se les presentaron 16 de los mejores cabernet (muy jóvenes) provenientes de Bordeaux y Chile: las dos primeras posiciones las ocuparon Viñedo Chadwick 2000 y el joint venture con Mondavi Seña 2000, ambos elaborados por Errázuriz, superando a las cosechas 2000 y 2001 de Chateaux Lafite, Latour y Margaux. Sospecho que si hubiesen incluido los vinos que no eran de Errázuriz, principalmente la alianza Concha y Toro con Mouton-Rothschild Almaviva, a Chile le podría haber ido incluso mejor en lo que, sin duda, pasará a conocerse en la historia del vino chileno como “el cateo de Berlín .

Desde 1995 los chilenos duplicaron su superficie total dedicada a viñedos y tienen uno de los desequilibrios entre producción y consumo de vino más notables del mundo. Además, sólamente 55% del vino chileno exportado deja el país en botellas. Para sobrevivir, la industria vitivinícola realmente necesita exportar, pulir su imagen y reducir la proporción de bebida que se transporta sin ser previamente embotellada.

Como Inglaterra está justo detrás de Estados Unidos como el mercado vitivinícola más importante para Chile, finalmente los chilenos están realizando inversiones en el mercado inglés. No es coincidencia que el elegido como director inglés de vinos de Chile, Michael Cox, haya pasado los últimos 13 años ayudando para que los vinos australianos ocupen el puesto número uno en Inglaterra.

Una de las primeras cosas que hizo fue convencer a los chilenos de llevar a cabo un cateo en serio, igual que las famosas ferias australianas. Así fue como a fines del año pasado me encontré junto a otros ocho jueces, de los cuales sólo tres eran chilenos, en Santiago rastreando entre cientos de las bodegas comerciales más importantes, durante la primera edición de los Wines of Chile Awards.

Debo confesar que esperaba aburrirme con una sucesión de idénticos y poco interesantes merlot y cabernet. Chile se ha ganado una reputación como proveedor de buenos pero difícilmente emosionantes tintos baratos. Pero cuando comenzamos, los jueces quedamos gratamente sorprendidos por la variedad y estilo de los sabores.

Conclusiones principales

La mayor fuerza de Chile está en la calidad y vivacidad de sus cabernet sauvignon, que explota con vibrante vida y fruta, la clase de vino que en Bordeaux daría escalofríos a muchas espaldas.

Uno de los problemas comunes es el excesivo uso de los barriles de roble. A menudo preferimos tintos en la categoría más barata (menos de 7 libras por botella), que parecían hechos con la misma fruta que los más caros (entre 7 y 15 libras), pero que no estaban afectados por los agresivos taninos del roble mal curado. Esto se aplica especialmente a cabernets y syrahs.

Mis compañeros me dijeron que lo más decepcionante fue el merlot. Los pocos que mostraban chispa no tenían sabor a merlot, sino a la más aromática uva carmenère de Bordeaux que por mucho tiempo se la confundió con el merlot.

Hubo muchos más syrahs de lo que esperaba, 32 en total, dos de los cuales ganaron medallas de oro, ambos en la categoría más barata.

Las combinaciones proporcionaron otra prometedora categoría. De hecho, el vino de la muestra Coyam 2001 resultó ser una mezcla de carmenère con merlot, syrah y cabernet.

El vino ganador, que yo había visto recientemente en la lista de vinos del Century Club en la Shaftesbury Avenue de Londres por sólo 21,5 libras, es también orgánico. Los chilenos deben estar locos para no estar fabricando más de esta potencial carta de triunfo.

Chile está produciendo crecientes cantidades de un estilo de vino que apenas existe en alguna parte del mundo –un Pinot Noir accesible y apetitoso– y no sólo en el relativamente frío valle de Casablanca: vinos de Leyda, San Antonio, Chimbarongo y Rancagua también prometen.

Lentamente, Chile está ofreciendo una gama más amplia que sólo cabernet, merlot, chardonnay y sauvignon blanc. Catamos ejemplos convincentes de viognier, riesling, malbec, un carignan mejor que muchos de Languedoc y un zinfandel mejor que el promedio californiano.

Aunque en el pasado la industria del vino chileno estaba controlada por un puñado de familias, ahora existe una erupción de nuevas inversiones, nombres y regiones vineras, entre las que se destaca la recién surgida Tabalí, en el valle del Limarí, cientos de kilómetros al norte de Santiago, un joint venture entre San Pedro de Chile y Chateau Dassault of St-Emilion, que ganó dos de los once trofeos disponibles con su Chardonnay Reserva 2003 y Reserva Shiraz 2002.

Otro notable recién llegado es Chocalan, fundado por la familia Toro, cerca de Melipilla. Su mezcla Viña Chocalan 2003, logró arrebatar el trofeo cabernet a bodegas más antiguas. Ventisquero, con su Yali Sauvignon Blanc Reserve 2003, se llevó otro premio.

La brecha entre la calidad de los mejores vinos de Chile y sus vinos de todos los días tenderá a ampliase en los próximos años, pero como proveedor de un vino serio claramente no debe ser ignorado.