

Las ventas de champaña últimamente han sido efervescentes. Los precios, también han subido quizás a mayor velocidad que el barril de petróleo. Y, al igual que el crudo, la demanda está superando la oferta.
No obstante, a diferencia del petróleo, hay pocas probabilidades de que la oferta finalmente desaparezca, a menos que el cambio climático convierta en desierto a la región noreste de Francia, llamada Champagne.
Las autoridades francesas acordaron extender el territorio donde se cultivan las uvas para champaña con el propósito de aliviar la escasez de abastecimiento. Bajo estas circunstancias, no sorprende que muchos consideren que la industria de la champaña no se verá afectada por las recesiones. Los consumidores parecen estar decididos a no abandonar esta bebida en malos tiempos. Tal como dijo Winston Churchill: “En la victoria uno se la merece; en la derrota, la necesita .
Sin embargo, nada puede estar más equivocado. En la recesión de 1991, la burbuja también explotó para la champaña. Las ventas cayeron 45% y a la industria le llevó años volver a niveles decentes. Se esperaba que los festejos por el inicio del milenio marcaran un climax en este repunte, pero no estuvieron a la altura de las expectativas. En 1999 el sector vendió un récord de 327 millones de botellas en el mundo, pero enfrentó otra caída al siguiente año. Las ventas anuales cayeron a 253 millones de botellas en 2000 y desde entonces subieron, y el año pasado marcaron un récord de 339 millones. Ahora se observan nuevamente señales de advertencia de que el mercado podría estar en su máximo. Por primera vez en siete años, las ventas de champaña no crecieron en el primer trimestre del año, mayormente debido a la desaceleración de la economía estadounidense y al impacto de la debilidad del dólar sobre las ventas del otro lado del Atlántico.










