Texto: Felipe Ramírez Mallat
Caminar por el antiguo barrio obrero de Marxloh en Duisburgo, Alemania, es un matamitos importante. Las casas derruídas y los baches en las calles, la basura que se apila en los cordones de las veredas y el olor a humo industrial que perfuma el ambiente son un contraste fulminante para quien conoce la riqueza de ciudades como Hamburgo o Múnich, o los barrios ricos de Berlín. Aquí no hay Porsches, BMWs, Mercedes o Audis último modelo. Tampoco hay mercados de productos orgánicos ni tiendas con relojes y anteojos de diseño. Marxloh es uno de los distritos más pobres de Alemania, donde el nivel de desempleo supera el 25 %, y que hace casi tres décadas entró en una decadencia que parecía no tener límites.
Pero Marxloh está ubicado en el corazón de la cuenca del Ruhr, la Capital Cultural europea para 2010, junto a Estambul y la localidad húngara de Pécs. “Una de las principales motivaciones para ganar la capitalidad era recuperar distritos como el de Marxloh , apunta Katharina Jarzombek, directora de Comunicaciones de Ruhr2010, la corporación encargada de la organización de la iniciativa.
Antigua familia rica
La zona de la cuenca del Ruhr fue, históricamente, el polo industrial más importante de Alemania, además de uno de sus principales centros de intercambio comercial. Ubicada al centro del estado federado de Renania del Norte-Westfalia, en la zona centro-oeste del país, reúne a las ciudades de Essen, Düsseldorf, Dortmund, Duisburgo, Bochum, Colonia, Bonn y Leverkusen –los límites entre algunas son tan difusos que hasta comparten el mismo sistema de subte–, y su actividad productiva estuvo marcada por la extracción de carbón y la producción de acero.
El puerto de Duisburgo, donde se unen los ríos Rin y Ruhr, que se mantiene desde la época del Imperio Romano, sigue siendo hoy el puerto fluvial más grande del mundo y uno de los puntos de mayor intercambio comercial de Europa.
Pero, desde comienzos de los años ‘80, la globalización del trabajo llevó a muchas de estas industrias a tercerizar sus producciones y, con ello, despedir a miles de trabajadores, lo que inició un lento pero firme letargo hacia la decadencia.
La mayor parte de estos trabajadores eran extranjeros que habían sido llamados a poblar el país desde fines de la década del ‘50, cuando Alemania necesitaba de obreros después de la guerra. Bajo el estatus legal de “trabajador invitado , se instalaron en la zona numerosas familias provenientes de 170 nacionalidades, una mezcla que perdura.
Hace diez años, la región se postuló, por primera vez, para ser Capital de la Cultura. Pero no lo logró: no había infraestructura ni dinero y, lo peor, tampoco había un plan claro que avalara la idea de que la capitalidad fuera dada a una región y no a una ciudad sola. Seis años después lo volvieron a intentar, ahora con éxito, y desde 2006 trabajaron con miras a una celebración que comenzó el 9 de enero y que, durante este año, ha dado gran visibilidad a la zona dentro de Europa.
Lo que más se repite entre los involucrados en el rescate cultural y económico de la cuenca del Ruhr es que, justamente, este resurgimiento no está basado en lo que siempre relacionamos con el concepto de cultura. Y menos en Europa. “Se trata de la gente, de la historia, de la herencia que se comparte a partir del trabajo mancomunado , dice Jarzombek. Sí: hay museos, hay teatro, hay festivales. Pero lo más importante, dicen todos, es la gente. “Cuando se habla de cultura, siempre se piensa en las grandes cuidades, pero la idea de Essen y la cuenca del Ruhr es tratar de demostrar que hay otras cosas que también son culturalmente muy importantes. La mayoría de estas ciudades no son especialmente conocidas, pero su papel en la formación y recuperación de la Alemania de posguerra fue fundamental, y se logró con trabajo y esfuerzo comunes , relata.
En Alemania es casi un axioma que la gente más amable se encuentra en la cuenca del Ruhr, que aquí se mide al vecino por lo que hace y no por su procedencia o complexión. “Esta celebración no se trata de un gran festival o de un show, se trata de una gran iniciativa para crear algo nuevo y que promueva el trabajo conjunto , añade la jefa de un grupo de unas 200 personas que hace cinco años no eran más de cinco. Por ejemplo, los museos que antes competían por las exhibiciones ahora colaboran para montar exposiciones conjuntas. “Eso nunca había pasado. Y esperamos que se pueda mantener en el tiempo , añade.
Recuperación, no demolición
Con la idea fija de valorizar esta herencia cultural, la mayor parte de las inversiones han apuntado a la recuperación y restauración de algunos de los centros industriales más característicos de la región. Tal vez su principal ejemplo sea Zollverein, la mina de carbón más grande del mundo, a 17 kilómetros de Essen. Ahora transformada en museo, visitarla es viajar a un tiempo y una forma distinta de hacer las cosas.
Durante su recorrido, lo que más se destaca es la heterogénea procedencia de sus trabajadores y los fuertes lazos de confianza que estaban forzados a construir mutuamente, sin importar su color de piel o pasaporte. Para dar a conocer mejor esta peculiaridad del Ruhr, un tren cargado con muestras de arte, danza y música de culturas de Europa y el mundo ha viajado durante todo el año a través de la región. Además, se trabajó en la promoción de una serie de debates públicos y seminarios sobre temas de integración en la sala de espectáculos de la ciudad de Bochum: con altas tasas de desempleo, estas zonas son caldo de cultivo para grupos xenófobos.
Otra gran inversión se hizo para recuperar el Rin. Aunque opacado por las luces y el glamour de ensenadas como Hamburgo o Rotterdamm, el de Duisburgo sigue siendo el puerto fluvial más grande del mundo. Y el Rin, el río con mayor tráfico comercial de Europa: por muchos años inutilizado para otro uso más allá del transporte comercial, fue recuperado al punto que hay muchos tramos donde es posible nadar.
También muchas antiguas minas han sido transformadas en galerías de arte, y varias ex factorías han sido reformadas para convertirse en centros culturales o de diseño, dándole un renovado impulso a la actividad en la región.
Dado que el precio de las propiedades está muy devaluado, los organizadores se han propuesto aprovechar la visibilidad que la capitalía cultural le da dentro de la misma Alemania para posicionar a la región como un epicentro de la llamada industria creativa. Para eso, ha instalado “cuarteles en diez ciudades de la región: con el objetivo de atraer talentos externos y alentar a los locales a quedarse, les brindan apoyo financiero y promueven su desarrollo hacia nuevos mercados. En ese sentido, el Encuentro Internacional de Arte Electrónico o el 2010lab, la primera plataforma para una televisión cultural experimental en Europa, son iniciativas que buscan congregar a quienes, cada vez más, utilizan las nuevas teconologías en campos como el arte.
En una región pobre para los estándares alemanes –el país acusó un PBI de 2,4 mil millones de euros en 2009–, el presupuesto de 70 millones de euros (casi 50 millones proveniente de las municipalidades y el gobierno estatal de Renania del Norte-Westfalia) es, al mismo tiempo, poco –si pensamos que Hamburgo ya lleva 400 millones de euros gastados en su nueva Orquesta Filarmónica– y mucho.
“Hubo una gran polémica por esos fondos. Estamos hablando de ciudades quebradas o a punto de estarlo, donde hay muchas prioridades como alimentación, salud o educación. Pero lo que estamos tratando de promover es una inversión a largo plazo que esperamos genere recursos para poder enfrentar esos problemas de manera integral, dentro de un renovado contexto cultural , apunta Jarzombek.
En un momento, la escasez de patrocinio –la UE sólo aporta 1,5 millones de euros– obligó al estado de Renania del Norte-Westfalia a crear un fondo adicional de ayuda para las 53 comunas. Decidir en qué se gastan los recursos tampoco ha sido fácil: al ser una región la que tiene la capitalía, se trata de once ciudades y 42 localidades –es decir, 53 alcaldes– que muchas veces adoptan 53 posiciones distintas.
De todos modos, más allá del presupuesto, se espera que el año termine con una inversión total de alrededor de 350 millones de euros, tomando en cuenta remodelaciones y acondicionamiento de caminos, estadios, teatros, parques. Así, decenas de proyectos que fueron aplazados por años finalmente se han concretado. Y si bien es difícil coincidir en una cifra acerca de cuánto esperan redituar económicamente durante el año, ya cuentan, como plataforma de despegue con un aumento mínimo de 25 % en la cantidad de visitantes que cada año llega a la cuenca del Ruhr.