La estabilidad financiera volvió a convertirse en uno de los principales desafíos del programa económico. Mientras el Gobierno busca consolidar la desaceleración de la inflación y sostener el proceso de acumulación de reservas, el mercado sigue de cerca la evolución del riesgo país, el financiamiento del Tesoro y el desempeño de la actividad económica.

En ese contexto, Gabriel Caamaño, director de la consultora Outlier, considera que la Argentina enfrenta una combinación de factores externos e internos que explican el deterioro reciente de los activos financieros. A su juicio, el escenario internacional se volvió más desafiante, pero también crecieron las dudas locales sobre el programa financiero y la recuperación de la economía.

En diálogo con El Cronista, el economista sostuvo que el Gobierno todavía tiene margen para mejorar las condiciones financieras mediante algunos ajustes en la estrategia, como sumar nuevas fuentes de financiamiento, acelerar la acumulación de reservas y flexibilizar los encajes bancarios para reactivar el crédito al sector privado.

—¿Qué está pasando con la dinámica financiera en la Argentina? ¿Qué explica la suba del riesgo país y cuánto responde a factores locales y cuánto al contexto internacional?

—Hay una combinación de factores globales y locales. En el frente internacional influyen la suba de las tasas de interés, el aumento de la aversión al riesgo asociado a la situación en Medio Oriente, los déficits fiscales de los países desarrollados y las expectativas de inflación. A nivel local, en cambio, pesan la preocupación por la actividad económica y las necesidades financieras de los próximos meses, además de cómo esos factores pueden interactuar con el proceso electoral del año que viene.

—¿Cómo puede mejorar el Gobierno el clima financiero de acá en adelante, especialmente pensando en 2027?

—Creo que tiene que despejar las dudas que aparecieron tras la suspensión de las colocaciones de Bonares. Eso puede hacerse incorporando nuevas fuentes de financiamiento, retomando un mayor ritmo de acumulación de reservas y consiguiendo una mejora en la actividad económica. Además, todavía quedan pendientes medidas como una flexibilización de los encajes bancarios, que podrían contribuir a mejorar el escenario.

—¿Ve posible algún cambio de rumbo en la estrategia financiera? ¿Y qué lugar ocupa hoy la problemática del crédito?

—Más que un cambio de rumbo, lo que veo es la posibilidad de ajustar la gestión de riesgos. Eso implica sumar nuevas fuentes financieras, regular menos el ritmo de compra de reservas y avanzar con la flexibilización de los encajes. En el fondo, se trata de minimizar el riesgo de que una actividad demasiado floja o las dudas sobre el programa financiero terminen generando volatilidad durante un año electoral, frente al riesgo de una remonetización más rápida de la economía.

Respecto del crédito, ese es uno de los mecanismos de transmisión que hoy está debilitado. Una mejora general de las condiciones financieras, asociada justamente a una flexibilización de los encajes, debería permitir resolver más rápidamente el problema de la mora, sin necesidad de implementar soluciones específicas que podrían terminar siendo contraproducentes.

—¿Qué espera que ocurra con la liquidez en los próximos meses? ¿Qué rol puede jugar el Banco Central en el equilibrio entre pesos y dólar?

—La liquidez, medida en términos de agregados monetarios reales, recién está empezando a mostrar señales de haber encontrado un piso y comenzar a recuperarse, por lo que su dinámica sigue siendo muy acotada. Mientras el canal del crédito no se reactive, tampoco va a haber un proceso de remonetización endógeno.

Hoy los pesos que el Banco Central inyecta cuando compra divisas terminan yendo a depósitos y, desde allí, vuelven a esterilizarse a través de la rueda de repos o de la curva de deuda del Tesoro. Esos fondos no llegan al sector privado en forma de crédito. Para darle mayor dinamismo a la liquidez es indispensable reactivar ese canal crediticio.