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Durante meses, el corazón de la discusión entre la Argentina y el Fondo Monetario Internacional (FMI) estuvo puesto sobre el ajuste fiscal. Superávit primario, recorte del gasto, emisión monetaria y déficit cero eran las variables que ordenaban la relación entre Javier Milei y el organismo.

Pero algo empezó a cambiar desde la publicación del último Staff Report.

El último informe de Galicia Research sobre la economía argentina expuso que el nuevo frente de batalla entre el FMI y el Gobierno ya no pasa tanto por las cuentas públicas, donde el Fondo reconoce avances importantes, sino por otra discusión mucho más profunda: “Cómo debe funcionar el Banco Central en la nueva etapa económica argentina”.

Y es que detrás de ese debate aparece algo todavía más importante para el mercado y cuál será el régimen monetario y cambiario de la Argentina post estabilización.

El cambio no es menor. Porque de esa discusión dependen el dólar, las tasas reales, el carry trade, la acumulación de reservas y, en buena medida, la posibilidad de que el riesgo país siga a la baja, hoy por debajo de los 500 puntos.

El FMI empezó a dejar claro que quiere una transición gradual hacia un esquema monetario más tradicional.

Milei, Georgieva (FMI) y Caputo, felices los tres.

El organismo plantea que, a medida que la inflación siga desacelerándose y el mercado financiero gane profundidad, el Banco Central debería avanzar hacia una mayor flexibilidad cambiaria y volver a utilizar la tasa de interés como principal instrumento de política monetaria.

El cambio del FMI

Es un cambio importante respecto de la postura inicial del propio Fondo. En las primeras revisiones del programa, el FMI había respaldado el uso de agregados monetarios como ancla nominal para reconstruir credibilidad después de años de dominancia fiscal y emisión descontrolada.

Ahora el organismo empieza a insinuar otra cosa: que el esquema actual podría servir para estabilizar, pero no necesariamente para administrar una economía normalizada de mediano plazo.

En otras palabras, el Fondo parece empezar a pensar en la “Argentina después de la emergencia”. El Gobierno, en cambio, rechaza esa transición acelerada.

La administración Milei sostiene que pasar prematuramente a un esquema clásico de inflation targeting podría ser contraproducente porque el canal de transmisión de tasas todavía es débil.

El argumento oficial es que el crédito todavía es demasiado pequeño dentro de la economía argentina como para que la tasa de interés funcione como principal herramienta monetaria.

Detrás de esa explicación técnica hay una diferencia conceptual más profunda.

El FMI cree que la normalización requiere construir instituciones monetarias más parecidas a las de otros mercados emergentes: un banco central más autónomo, tasas como instrumento principal y un tipo de cambio más flexible.

El Gobierno, en cambio, cree que todavía está en una etapa fundacional del programa económico y que introducir demasiada discrecionalidad podría afectar la credibilidad conseguida con el ajuste monetario y fiscal.

Por eso Milei y el equipo económico defienden un esquema mucho más rígido, basado en control de agregados monetarios y disciplina fiscal extrema. La discusión no es académica.

Para el mercado, detrás de este debate se empieza a definir cómo será el precio del dinero en la Argentina de los próximos años.

Si prevalece la visión del FMI, el mercado podría empezar a convivir con:

  • mayor volatilidad cambiaria,
  • tasas más activas como instrumento antiinflacionario,
  • una curva en pesos más sensible a decisiones del BCRA,
  • y una transición gradual hacia un mercado cambiario más libre.

Si prevalece la visión oficial, el esquema seguiría descansando principalmente sobre:

  • ancla fiscal,
  • restricción monetaria,
  • apreciación cambiaria administrada,
  • y acumulación de credibilidad vía superávit.

La diferencia también impacta sobre otra variable central: las reservas.

El Fondo insiste en que la acumulación de dólares debe transformarse en prioridad estructural y advirtió que los desvíos respecto de las metas siguen generando vulnerabilidad.

El Gobierno relativiza esa relación directa entre reservas y riesgo país y apuesta a mecanismos alternativos de financiamiento, incluyendo mayor utilización de dólares privados fuera del sistema.

Ahí aparece otra divergencia importante.

Mientras el FMI mantiene una mirada más defensiva y enfocada en riesgos, el Gobierno cree que el mercado todavía no terminó de entender el cambio estructural que está intentando construir.

Eso también explica por qué el oficialismo proyecta una desinflación más rápida y un crecimiento potencial mayor al estimado por el organismo.

El problema es que los mercados no suelen esperar definiciones teóricas. Empiezan a pricear antes.

Y en ese contexto, la verdadera pregunta financiera ya no es solamente si la inflación seguirá bajando.

La pregunta que empieza a dominar el debate es otra: qué tipo de Banco Central tendrá la Argentina cuando termine la estabilización.