¿Qué permite a una persona mantenerse en pie cuando atraviesa las circunstancias más difíciles? Para Viktor Frankl, la respuesta estaba en el sentido que cada individuo encuentra en su existencia.
Lo resumió en una frase: “No hay nada en el mundo que capacite tanto a una persona como la consciencia de tener una tarea en la vida”.
La reflexión condensa uno de los planteamientos centrales de la logoterapia, la corriente psicológica que él mismo desarrolló y expuso en su obra El hombre en busca de sentido.
Su propuesta coloca la búsqueda de significado como una de las principales motivaciones humanas, por encima de factores como el reconocimiento, el prestigio social o el éxito económico.
Quién fue Viktor Frankl
Viktor Frankl (Viena, 1905-1997) fue un psiquiatra y filósofo austríaco de origen judío que, siendo muy joven, tuvo contacto con Sigmund Freud y Alfred Adler, el fundador de la psicología individual. Con el tiempo se distanciaría de ambos para desarrollar su propia escuela de pensamiento.
Su vida quedó marcada por la Segunda Guerra Mundial. Por su condición de judío, estuvo preso en varios campos de concentración nazis, entre ellos Auschwitz y Dachau. Antes de ser deportado, llegó a rechazar un visado para huir a Estados Unidos por no abandonar a sus padres. El régimen de Hitler asesinó después a sus padres, a su hermano y a su primera esposa.
A partir de aquellas experiencias extremas, Frankl desarrolló la logoterapia, un enfoque psicoterapéutico centrado en el sentido o propósito como principal motivación del ser humano.
Frente a la idea de Freud de que las personas buscan el placer, o la de Adler de que persiguen el poder, Frankl sostuvo que lo que mueve al hombre es la búsqueda de significado.
Qué significa la frase de Frankl sobre el propósito
La cita nace directamente de su experiencia en los campos. Frankl observó que quienes conservaban una razón para seguir viviendo, un ser querido al que reencontrar o una tarea pendiente, resistían mejor las condiciones más atroces.
En El hombre en busca de sentido lo formuló con claridad: “No hay nada en el mundo que ayude tanto a sobrevivir incluso a las peores condiciones como saber que la vida tiene un sentido”.
Esa es la idea que resume la frase sobre “tener una tarea en la vida”. Para Frankl, disponer de un propósito concreto no elimina el sufrimiento, pero lo transforma: el dolor adquiere un significado distinto cuando la persona encuentra un motivo que justifica el esfuerzo que exige afrontarlo.
Desde la perspectiva de la logoterapia, además, el propósito no es algo fijo. Los objetivos concretos pueden cambiar a lo largo de la vida, mientras la búsqueda de un sentido más profundo funciona como una brújula que orienta las decisiones.
El legado de “El hombre en busca de sentido”
Frankl plasmó su filosofía en El hombre en busca de sentido, publicado por primera vez en 1946 y convertido con los años en un fenómeno editorial y en guía para varias generaciones. La obra se divide en dos partes: la primera es el relato desgarrador de sus experiencias en los campos de concentración; la segunda expone su método terapéutico y el valor de la búsqueda de sentido.
En ese libro, Frankl propuso tres vías principales para encontrar significado en la vida: el trabajo creativo, es decir, hacer algo significativo; las relaciones y el amor por otra persona; y la actitud que se adopta ante el sufrimiento inevitable. Como sintetizó, “la vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de significado y propósito”.
Por qué su reflexión sigue vigente
Casi ocho décadas después de su publicación, el mensaje de Frankl mantiene plena actualidad. En un contexto marcado por la inmediatez, el flujo permanente de información y las exigencias de la vida cotidiana, su idea de que un propósito puede sostener a la persona frente a la adversidad conecta con muchos de los debates actuales sobre bienestar y salud mental.
Su planteamiento, lejos de negar el dolor, invita a resignificarlo. La lección de Frankl es que encontrar una tarea que dé un “por qué” profundo a la existencia es, quizá, la mayor fortaleza de la que dispone el ser humano para afrontar cualquier circunstancia.