En esta noticia

La transformación de la balanza energética argentina no admite matices ni lecturas graduales. En apenas dos años pasó de ser el principal factor de déficit externo a convertirse en el mayor sostén del superávit comercial, un giro que redefine el mapa macroeconómico y que tiene a Vaca Muerta como protagonista excluyente. En ese recorrido, la comparación entre 2022 y 2024 se convirtió en el dato clave para entender el cambio de régimen.

En 2025, ese proceso ya no aparece como una corrección coyuntural, sino como una tendencia consolidada, con superávits mensuales elevados y la energía aportando la mayor parte de los dólares netos que ingresan al país. Pero el punto de partida fue muy distinto.

Archivo | Elaboración propia

Las exportaciones de petróleo llegaron a u$s 11.086 millones en 2025, lo que representa un salto del 12,8% con respecto a los u$s 9677 millones despachados en 2024.

En el mismo período, las importaciones cayeron a u$s 3271 millones en 2025, desde los u$s 4004 millones que registraron en 2024. Fue un descenso del 18%.

De esta forma, se alcanzó el superávit comercial energético más alto de la historia. Fue de u$s 7815 millones, casi un 38% más que los u$s 5668 millones que se habían alcanzado en 2024. Y que eran el récord anterior, según el Indec.

Solo en diciembre, las exportaciones fueron de u$s 1067 millones, contra importaciones de u$s 174 millones. Esto arroja una relación de u$s 5 exportados por cada dólar importado en energía.

2022: el principal problema externo

En 2022, la balanza comercial energética fue el talón de Aquiles del frente externo argentino. Ese año, el país exportó energía por u$s 8268 millones, pero importó por u$s 12.868 millones, lo que dejó un déficit de u$s 4600 millones concentrado solo en este rubro.

Tal como analizó El Cronista, fue el impacto pleno de la suba internacional de precios tras la guerra en Ucrania: compras récord de gas natural licuado, combustibles líquidos y energía para sostener el sistema productivo y el consumo interno. La energía no solo dejó de aportar dólares: los absorbió en volúmenes extraordinarios, amplificando la escasez de divisas y tensionando toda la macro.

Ese rojo energético explica buena parte de la fragilidad del esquema externo de ese año y marcó un límite evidente al modelo económico vigente hasta entonces.

La magnitud del giro se entiende al observar la evolución anual de la balanza energética:

La comparación entre 2022 y 2024 es contundente: el sector pasó de un déficit de u$s 4600 millones a un superávit de u$s 5668 millones. El cambio neto supera los u$s 10.000 millones en apenas dos años, una magnitud que El Cronista remarca como uno de los swings más grandes de la historia reciente del comercio exterior argentino.

2024: cuando la energía dejó de ser un riesgo macro

Si 2023 funcionó como año puente, 2024 fue el verdadero punto de quiebre. No solo por el crecimiento de las exportaciones, sino por el derrumbe de las importaciones energéticas, un dato que marca la diferencia respecto de ciclos anteriores.

El avance de Vaca Muerta permitió cubrir el mercado interno, reducir la necesidad de compras externas y, al mismo tiempo, generar excedentes exportables crecientes. Ese cambio se reflejó en un dato simbólico que El Cronista destacó como histórico: en diciembre, Argentina exportó energía por u$s 1032 millones e importó apenas u$s 180 millones, es decir, cinco dólares exportados por cada dólar importado.

Ese ratio sintetiza el nuevo escenario: la energía dejó de ser un drenaje permanente de divisas para convertirse en una fuente neta de dólares, algo que no ocurría de manera sostenida desde hacía décadas.

2025: el superávit se consolida y se vuelve estructural

Sobre ese nuevo piso se construyó 2025, un año en el que la energía pasó a ser el sector que garantiza superávit y dólares abundantes, incluso en meses de alta volatilidad financiera y cambiaria. En agosto, por ejemplo, la balanza energética mostró un superávit mensual cercano a u$s 750 millones, confirmando que el aporte de divisas ya no depende de factores excepcionales, sino de una base productiva sólida.

El respaldo estuvo en la producción. En 2025, Argentina alcanzó niveles de extracción de petróleo que no se veían desde hace casi 100 años, con récords mensuales por encima de los 860.000 barriles diarios, impulsados por el shale de Vaca Muerta, que explica el grueso del crecimiento.

El contraste entre 2022 y 2024 redefine el papel de la energía en la economía argentina. Donde antes amplificaba los desequilibrios externos, ahora funciona como ancla macroeconómica, ayudando a sostener el superávit comercial y a aliviar la restricción externa.

Este cambio aparece como uno de los pocos procesos claramente estructurales de la economía reciente. Ya no se discute si la energía puede aportar dólares, sino cuánto más puede aportar y qué tan rápido puede escalar con nueva infraestructura.

Con proyectos como el Oleoducto Vaca Muerta Sur avanzando y más socios sumándose, el objetivo del sector es que el superávit récord de 2024 y 2025 sea apenas un piso. Si 2022 fue el año del peor déficit energético, 2024 marcó el nacimiento de un nuevo ciclo, y 2025 confirmó que el cambio llegó para quedarse.

2026: del superávit récord al próximo salto

Con el giro ya consumado, la discusión de cara a 2026 cambia de naturaleza. El interrogante ya no es si la energía puede sostener el superávit comercial, sino qué tan lejos puede empujarlo y con qué velocidad. El contraste entre el déficit récord de 2022 y el superávit histórico de 2024 funciona ahora como punto de referencia para un nuevo escenario: la energía como pilar estructural del frente externo.

Las proyecciones que maneja el sector —y que El Cronista viene siguiendo— apuntan a un sendero de exportaciones energéticas en expansión, con un piso cada vez más alto. Con la producción de petróleo en niveles que no se veían desde hace casi un siglo y Vaca Muerta creciendo a tasas de dos dígitos, el límite dejó de ser geológico y pasó a ser logístico.

En ese marco, 2026 aparece como el año en que el superávit energético puede dar un nuevo salto, apoyado en mayor capacidad de transporte y exportación. La puesta en marcha de obras clave, como el Oleoducto Vaca Muerta Sur, es central para evitar que el crecimiento productivo se traduzca en cuellos de botella. El objetivo explícito es transformar el superávit récord de 2024 y 2025 en un piso estructural, no en un techo coyuntural.

Si ese proceso avanza según lo previsto, la energía puede pasar de ser un amortiguador de la balanza comercial a el principal motor de acumulación de dólares, en un contexto donde otros sectores siguen expuestos a shocks climáticos o de precios internacionales. Para la macro argentina, el cambio es profundo: donde antes la energía marcaba el límite, ahora define la oportunidad.

Así, 2026 se perfila como el año en que el giro energético termina de impactar de lleno en la macroeconomía, consolidando un nuevo patrón de comercio exterior. El desafío ya no es revertir el déficit del pasado, sino administrar un superávit creciente y convertirlo en estabilidad y crecimiento sostenido.