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Existe una ley no escrita en la dinámica del poder argentino: el bolsillo es el gran anestésico o el gran irritante. Es una verdad de perogrullo que, sin embargo, adquiere matices complejos cuando se la analiza bajo el prisma de la legitimidad de origen.

Cuando los indicadores macroeconómicos logran perforar la barrera de la fría estadística y se transforman en consumo, bienestar o, al menos, en la capacidad de proyectar el mes siguiente sin el vértigo del abismo, la sociedad suele concederle a la política una tregua extendida. En esos periodos de “vacas gordas”, o al menos de vacas que no mueren de inanición, los deslices retóricos, las internas de palacio y hasta los escándalos éticos se deslizan por la superficie de una opinión pública que elige, con un pragmatismo casi cínico, mirar el ticket del supermercado antes que la pantalla del televisor. Es el contrato social del bienestar.

Sin embargo, el escenario actual nos coloca en la otra cara de la moneda, una mucho más rugosa y difícil de transitar. Cuando la plata no está en el bolsillo, cuando la diaria de los argentinos se convierte en un ejercicio de ajuste creativo, la política deja de ser un ruido de fondo para convertirse en la única herramienta de contención emocional disponible. Es aquí donde la gestión debe mutar en épica o, al menos, en una hoja de ruta creíble que justifique la situación. Pero hay un peligro latente: sin resultados económicos inmediatos, es la política la que define el humor social. Si hay política —entendida como construcción, como narrativa coherente y como empatía gestual—, el humor social se mantiene bajo una suerte de hipnosis de futuro. Pero sin política, la sensación térmica vira rápidamente hacia la pérdida de la esperanza. Y un pueblo sin esperanza es, para cualquier gobierno, una bomba de tiempo con el reloj en marcha.

El Gobierno se encuentra hoy en una encerrona de la que no logra salir, a pesar de los intentos espasmódicos, casi desesperados, por recuperar la iniciativa de la agenda. Desde que al Jefe de Gabinete, Manuel Adorni se le ocurrió que su esposa lo acompañara a Nueva York en el avión presidencial, con todo lo que surgió después sobre su patrimonio, hay una gestión que parece haber quedado atrapada en una mecánica reactiva, marcada por una crisis de imagen que ya supera el mes de duración y que no cede ante los “anuncios” de ocasión. La administración actual parece haber descubierto, tarde y mal, que el ejercicio del poder no es una línea recta de posteos virales, sino un laberinto de intereses encontrados donde la ausencia de pericia política se paga con el activo más escaso: la credibilidad.

NA

Esta semana, el despliegue de distracciones fue intenso. Se reactivó la discusión por las designaciones en el Poder Judicial, un movimiento que en cualquier otro contexto sería leído como una demostración de fuerza institucional o un acuerdo de alto vuelo para garantizar la gobernabilidad a largo plazo. Sin embargo, en el clima actual, suena a un canje de favores que la sociedad mira con una mezcla de hastío y desconfianza. Se agitó también el tema de la Ley de Glaciares, que logró apoyo en Diputados y reabrió durante su tratamiento debates sobre el modelo extractivo que terminaron reduciendo la discusión a una polarización ideológica. Inclusive, una herramienta que busca desesperadamente inyectar una dosis de “normalidad”, como la de los créditos del Banco Nación terminó en denuncias por el acceso de los funcionarios a esa oportunidad.

Ninguno de estos hechos logró perforar el blindaje de la realidad. ¿Por qué? Porque la política, entendida como la capacidad de articular soluciones y transmitir previsibilidad, fue desplazada por una estética de la confrontación que no alcanza para llenar la heladera.

El síntoma Adorni

El humor social es un cristal delicado que se rompe más con la falta de empatía que con los resultados concretos. El caso de Manuel Adorni, el jefe de Gabinete, funciona hoy como el síntoma perfecto. Fue el fusible de una mutación simbólica que hirió la narrativa de la austeridad y la transparencia. No importa quien la hizo peor, si los anteriores fueron más corruptos, o si hoy se ríen del Gobierno mientras no dejan de estar atrapados en causas judiciales. En una Argentina donde la actividad minera y petrolera vuelan pero los jubilados hacen cuentas para elegir qué medicamento comprar y el transporte público se volvió un desafío para quienes tienen que ir a trabajar, la anécdota del viaje a Nueva York junto a su esposa funciona como un catalizador de la desilusión. Ni hablar de lo que vino después respecto a los departamentos y del silencio elegido por el Jefe de Gabinete a la hora de explicar.

Es el momento en que el relato de la “lucha contra la casta” choca de frente contra la realidad de una nueva jerarquía que disfruta de los mismos privilegios que decía combatir. Cuando el principal comunicador del Gobierno —el hombre encargado de explicar por qué el ajuste es necesario— se permite esos lujos de lenguaje y acción, el mensaje que recibe el ciudadano es devastador. El sacrificio deja de ser una épica colectiva para convertirse en una estafa piramidal, aunque no lo sea, donde los de la base sienten que entregan todo mientras los de la cúspide pueden seguir planificando.

Cuando la política es virtuosa logra que la gente soporte el presente en función de una promesa de futuro. Pero para que esa promesa sea comprada, el emisor debe ser percibido como alguien que comparte el destino de sus representados. El Gobierno está intentando por todos los costados desplazar el eje de esta discusión que se devora cualquier indicador positivo. Esta semana trajo buenos números para la industria automotriz, y buenos números en algunos distritos del país en torno a la construcción. Los lugares con recursos más sólidos de la Argentina, como la Ciudad de Buenos Aires y las provincias con mayor PBI mostraron un movimiento que el resto mira con deseo pero en una situación de normalidad debería al menos ilusionar y contagiar. El Gobierno no logra aún que la inversión del privado crezca en ese sector porque aún se desconfía y se siguen guardando dólares fuera del sistema. Y eso tiene una sola lectura, la falta de confianza en la política y el temor a los cambios en las reglas de juego si el Presidente Milei no consolida su gestión en un segundo mandato.

Sin plata en los bolsillos que mueven la micro y sin política el vacío es el abismo. La “esperanza” en Argentina es un activo financiero: si la sociedad detecta que no hay un plan de contingencia, el valor de la moneda política se desploma. El Gobierno aún no logra entender que la autoridad no se impone por la fuerza de un algoritmo. Se ratifica en la consistencia entre lo que se pide y lo que se ofrece.

Hoy, la gestión se encuentra en un laberinto de espejos. Cada vez que intentan atacar a la “casta” para recuperar el favor popular, se encuentran con el reflejo de sus propias impericias. Son graves e los hechos fácticos? Probablemente no, o menos graves que antes si miramos atrás. Pero la gente votó para estar mejor y si no al menos para poder creer. La política es el arte de administrar el humor de los pueblos. Y hoy, ese humor está virando de la paciencia al escepticismo, un terreno donde las promesas de largo plazo suelen morir ahogadas por la urgencia de lo cotidiano.

El humor social en Argentina se convirtió muchas veces en el preludio de la tormenta. Sin política no hay futuro, y sin futuro, la esperanza simplemente se apaga. El Presidente dijo que los números de abril serán superadores en todo sentido. Que así sea. De todos modos, mientras tanto, la política es la que nos queda.