Hernán Lacunza habla con el conocimiento de quien ya estuvo del otro lado del mostrador. El economista del PRO que condujo el Ministerio de Hacienda en el tramo final del gobierno de Macri —y que tuvo que tomar decisiones sin red— mira hoy el programa económico de Javier Milei con una mezcla de reconocimiento y advertencia.
En esta entrevista exclusiva con El Cronista, valida la secuencia del ajuste pero señala con claridad dónde está la grieta del modelo: la macro se estabilizó, pero la micro está complicada. Y esa brecha, advierte, tiene nombre propio: empleo, consumo e inversión estancados.
—¿Cómo evaluas la secuencia económica del gobierno hasta ahora?
—Lo primero fue evitar una mega crisis. Veníamos de una herencia muy difícil: riesgo de hiperinflación, default y problemas en el sistema financiero. Ahí hubo pericia para evitarlo. En el segundo año se enfocaron en consolidar la normalización y el proceso desinflacionario. Y ahora están encarando reformas estructurales. La secuencia, en ese sentido, es razonable.
—¿Cómo ves la situación macro hoy?
—La macro, entendida como estabilidad -dólar, tipo de cambio, inflación, brecha, tasa de interés-, está más controlada. No quiere decir que no pueda haber problemas, pero el rango de variación es más acotado. Por ejemplo: la inflación puede ser 30% anual, y si sale mal será 35%, no 100%. El tipo de cambio puede moverse de 1.500 a 1.700, no a 2.000. Eso es un avance.
—¿Y la microeconomía?
—Ahí está la deuda. El crecimiento, el consumo, el ingreso disponible y la inversión están estancados. Eso empieza a impactar en el empleo privado. Ese es el frente más débil hoy. Eso está en deuda o está parado, entonces empieza a crujir el empleo, el empleo privado. Y yo entiendo que desde ahí el gobierno medio se enamora de lo que le da resultado. Entonces anclar el tipo de cambio es muy eficaz para bajar la inflación rápido.
—Mencionás el tipo de cambio como ancla. ¿Tiene costos?
—Sí. Anclar el tipo de cambio es muy eficaz para bajar la inflación rápido. Pero genera problemas en sectores no competitivos. Si afecta a 2 de cada 100 empresas, es parte de la transición. Ahora, si afecta a 50 de 100, ya es un problema macro, no micro. Porque estabilizar no es solo bajar la inflación: es crecer.
—¿Dónde aparece el riesgo entonces?
—En que ese equilibrio macro no se traduzca en crecimiento y empleo. No podés sostener un programa de desarrollo solo con estabilidad si no hay mejora social. Ese triángulo —económico, social y político— hoy está desafiado.
—¿El Gobierno percibe ese problema?
—No creo que no lo perciba, pero lo subestima o la respuesta es insuficiente. Hay una idea de que el mercado va a reasignar rápidamente los recursos: que, si se destruye empleo en un sector, la gente se va a otro. Pero eso no es automático.
No podés darte el lujo de que no haya crecimiento y que no haya empleo. Entonces aunque el salario real permanezca bajo, vas a tener que ganar la elección de la que viene para consolidar un programa de desarrollo no se consigue nada más que en 4 años. Entonces ese círculo virtuoso está desafiado hoy. Por el lado social y después por el político.
—¿Por qué no ocurre esa transición?
—Porque hay restricciones reales. No es fácil reconvertirse: si trabajás en el sector textil no pasás a ser petrolero de un día para otro. No es la mano invisible y decir “la gente va a ir, y cuando se destruye el empleo en el sector uno va a ir al sector dos”, no es así.
La gente no se muda de Merlo a Añelo porque le va a dar laburo en la minera, o en San Antonio de los Cobres para el litio. Primero porque no sabés: si laburás en el sector textil, no sos petrolero, no es tan fácil. El 40% de la población vive en el conurbano.
Entonces cuando vos ves a los ganadores, tanto en el área de la cordillera con energía o minería, o en la pampa húmeda hay laburo. Y los perdedores son construcción, industria manufacturera, que viven en áreas urbanas. Tanto en el área de cordillera, minería, energía. O en la pampa húmeda, laburo. Este año por lo menos.
—¿Eso puede tener impacto político?
—Claro. Es un desafío político-electoral. Porque los ganadores y los perdedores están geográficamente separados.
—¿Cómo evaluás a Luis Caputo, muy valorado por el Gobierno?
—No sabemos todavía si será el mejor ministro de Economía de la historia como dice el Gobierno. Esas definiciones grandilocuentes suelen ser más un síntoma de debilidad que de fortaleza. Eso lo va a juzgar la historia, probablemente dentro de 10 años.
—Si tuvieras que dar tres medidas hoy, ¿cuáles serían?
—Primero, terminar de normalizar el mercado de cambios. Segundo, avanzar hacia un esquema monetario más convencional, con objetivo en la tasa de interés. Y tercero, a partir de eso, generar condiciones para atraer inversiones. Recién cuando haya crecimiento sostenido se podrán bajar impuestos. En ese orden.