No terminaron el secundario. No consiguen un trabajo estable. Y conviven con ansiedad y desgano que no logran controlar. Así vive hoy casi la mitad de los jóvenes argentinos, según un nuevo informe de la Universidad de Buenos Aires.
El número exacto es contundente: 48,9%. Casi uno de cada dos jóvenes de 18 a 29 años atraviesa una situación de vulnerabilidad social en el país, de acuerdo con el estudio.
El trabajo se llama “Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro”, y lo coordinaron Juan Cruz Esquivel y Felipe Vega Terra, del Ciclo Básico Común (CBC-UBA).
Para llegar a esas cifras, un equipo de investigadores encuestó cara a cara a 1002 jóvenes vulnerables de todo el país. ¿Qué tienen en común esos jóvenes? El informe encontró un patrón que se repite una y otra vez. Tres factores explican la vulnerabilidad juvenil:
- La salida temprana de la escuela.
- La informalidad laboral.
- El malestar psicológico.
Arranquemos por la escuela. Solo el 24,8% de los jóvenes vulnerables sigue estudiando hoy. El 60,5% no llegó a terminar el secundario. La desvinculación escolar ocurre temprano y deja marcas difíciles de revertir.
Tampoco encuentran una salida alternativa. Apenas el 15% hace algún curso para aprender un oficio. La brecha de capacitación laboral queda, así, prácticamente sin cubrir para la mayoría de estos jóvenes.
El fenómeno del Triple “Ni”: no estudian, no trabajan y ahora tampoco buscan trabajo
El informe describe un núcleo particularmente crítico. Se trata de jóvenes que no estudian ni trabajan, los llamados NI-NI. Representan cerca del 20% de la población juvenil vulnerable del país.
Pero el fenómeno es más profundo todavía. Un tercio de quienes no trabajan ni estudian tampoco busca empleo activamente. Ya no aparecen ni siquiera como desempleados en sentido estricto: quedaron fuera de cualquier circuito de búsqueda.
Entre el total de jóvenes que no trabajan, el 42,2% buscó empleo en las últimas cuatro semanas. El 57,8% restante no lo hizo. La inactividad se combina con el desaliento y la ausencia de horizontes.
El informe advierte sobre las consecuencias de este núcleo duro. Sin estudios, sin trabajo y sin búsqueda activa, estos jóvenes quedaron fuera del sistema educativo y del mercado laboral, sin perspectivas concretas de reinserción a corto plazo.
Quienes continúan estudiando concentran la mayor proporción de búsqueda laboral activa. En cambio, entre quienes ya no estudian, el desaliento se profundiza. La combinación de ambas trayectorias trunca las posibilidades de movilidad social ascendente.
Este cuadro no es parejo entre regiones. En el Área Metropolitana de Buenos Aires la continuidad educativa es algo mayor que en el resto del país (29,9% frente a 22,8%). Aun así, la desvinculación temprana atraviesa a todas las regiones relevadas.
Trabajo precario: changas, informalidad y apenas el 18,9% con un empleo registrado
El segundo eje del informe describe cómo se insertan laboralmente estos jóvenes. El 69,4% de los jóvenes vulnerables trabaja actualmente. Pero la calidad de esos empleos revela un cuadro de altísima precariedad.
Solo el 18,9% de quienes trabajan cuenta con un empleo registrado o parcialmente registrado. El 15,3% está completamente “en blanco”. Un 3,6% adicional tiene una relación parcialmente registrada, con una parte del sueldo en blanco y otra en negro.
En el otro extremo se ubica la mayoría absoluta. El 75,9% de los jóvenes que trabajan está en una relación laboral no registrada o trabaja por cuenta propia. Son changas, venta ambulante o trabajos por Internet, sin ningún tipo de cobertura formal.
Dentro de ese universo, el 46,1% trabaja completamente “en negro”. El 29,8% trabaja por su propia cuenta, en changas o emprendimientos informales. Solo el 5% del total declara estar bajo el régimen de monotributo.
La informalidad no se reparte igual entre varones y mujeres. Ellos acceden en mayor medida al empleo registrado (17,2% frente a 11,7%). Ellas, en cambio, presentan una proporción más alta de trabajo por cuenta propia (35,2% frente a 26,9%).
El nivel educativo también marca diferencias claras. Entre quienes tienen estudios terciarios o universitarios, el 30% accede a un empleo registrado. Entre quienes no terminaron el secundario, esa cifra cae a apenas el 10,2%.
Los rubros donde se concentra el empleo juvenil vulnerable confirman el patrón de precariedad. Comercio y gastronomía (28,5%), construcción (19,8%) y venta ambulante, por ferias o por Internet (15,6%) son las principales actividades. La baja calificación y la informalidad son la norma, no la excepción.
Las jornadas laborales, además, son extensas. El 56,6% trabaja entre 6 y 8 horas diarias. Pero un 23,7% supera las 8 horas y hasta las 12, y un pequeño grupo trabaja 13 horas o más por día.
Pese a esa carga horaria, los ingresos no alcanzan. El 75,5% de los hogares depende del trabajo propio o de otro integrante como principal fuente de sustento. El 16,2% depende de changas ocasionales, sin ningún tipo de estabilidad.
Según datos generales del informe, para el 57% de los jóvenes vulnerables esos ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes. La precariedad laboral se traduce, así, en una precariedad económica cotidiana y persistente.
El costo emocional: ansiedad, desgano y consumos problemáticos
El tercer factor que atraviesa la vulnerabilidad juvenil es la salud mental. El informe encontró una prevalencia altísima de malestar psicológico entre los jóvenes encuestados. Más del 70% manifiesta problemas frecuentes de nervios o ansiedad.
Esa sintomatología es más marcada entre las mujeres que entre los varones (80% frente a 67,7%). También es mayor en el AMBA que en el resto del país (78,9% frente a 70,7%). La ansiedad forma parte de la vida cotidiana de estos jóvenes.
Más de la mitad, el 53,9%, reconoce sentir tristeza, desgano o depresión con cierta frecuencia. Son síntomas que se entrelazan con las dificultades materiales. El informe subraya que malestar psicológico y precariedad económica se retroalimentan.
Los problemas de descanso también son extendidos. La dificultad para dormir o el cansancio durante el día afecta a una proporción relevante de los jóvenes vulnerables. El uso excesivo del celular aparece, además, como uno de los malestares conductuales más frecuentes.
El consumo problemático completa el cuadro. El 30% de los jóvenes vulnerables reconoce no poder controlar el consumo de alcohol, cigarrillo o drogas. Esa dificultad es más frecuente entre quienes tienen menor nivel de instrucción formal.
El acceso a la salud, por otra parte, es limitado. El 78% de los jóvenes vulnerables no tiene cobertura de salud. Deben recurrir al hospital público o a una salita de salud barrial para cualquier atención médica.
El informe agrega otro dato de contexto que agrava el panorama. El 40% de los jóvenes vulnerables afirma vivir en un entorno barrial inseguro o muy inseguro. La inseguridad cotidiana se suma a las carencias materiales y emocionales.
Una vulnerabilidad que se profundiza según el nivel de riesgo
El informe también clasifica a los jóvenes según sus Niveles de Vulnerabilidad Social (NVS). El 55,3% presenta una vulnerabilidad media. El 33,5% está en el nivel alto. Solo el 11,2% se ubica en el nivel bajo.
Entre quienes tienen vulnerabilidad alta, la situación laboral es todavía más crítica. Apenas el 0,5% de ese grupo cuenta con un trabajo registrado. El 70% de estos jóvenes no llega a fin de mes con sus ingresos.
Los autores del informe remarcan que la vulnerabilidad social no es un fenómeno marginal ni transitorio. Combina carencias educativas, laborales y subjetivas que se refuerzan entre sí y comprometen los proyectos de vida hacia el futuro.
El estudio concluye que se necesitan políticas coordinadas e integrales. La desvinculación escolar, la informalidad laboral y el malestar psicológico no pueden abordarse por separado. Son, señalan los investigadores, expresiones distintas de un mismo entramado de desigualdad.