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El gobierno de Javier Milei camina por una cornisa en política exterior: intenta equilibrar su afinidad ideológica con la nueva derecha global mientras lo urge la necesidad de preservar un celoso alineamiento con Estados Unidos en un frente internacional convulsionado.

Sin embargo, la imprevisibilidad que caracteriza a la doctrina que bosquejan Donald Trump y su círculo —en abierta contradicción con los estándares tradicionales de Washington— termina por dejar expuesta, una y otra vez, la fragilidad de la línea exterior libertaria, forzándola a retroceder sobre sus propios postulados.

La incursión militar de Washington en Venezuela fue apenas el último episodio que colocó a Milei y a la Argentina en una situación incómoda, luego de apurarse a tomar partido por la oposición venezolana en el exilio como alternativa de gobierno. Años atrás, ese posicionamiento habría sido una exhortación esperable desde la Casa Blanca. Pero no con Trump. Y no en lo que empieza a perfilarse como la Era de la Fuerza.

Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales, pero el mundo real se rige por la fortaleza, por la fuerza y por el poder”, sintetizó días atrás el asesor trumpista Stephen Miller en una entrevista con CNN. Para sectores del establishment estadounidense, Miller es uno de los principales arquitectos de la proyección internacional del Trump 2.0. Su definición no es retórica: funciona como marco conceptual de una política exterior que prescinde de equilibrios diplomáticos clásicos.

En ese esquema, Venezuela y Cuba —y potencialmente Brasil, México y Colombia— aparecen como blancos previsibles de presión por ubicarse en las antípodas ideológicas de Washington. Pero el rasgo distintivo del nuevo realismo ofensivo estadounidense no es solo la confrontación con adversarios históricos, sino la disolución de las categorías tradicionales de aliados y rivales. Incluso socios estratégicos pueden mutar en adversarios si interfieren con los intereses vitales de Estados Unidos.

Dinamarca, miembro pleno de la OTAN, es un ejemplo elocuente: su control sobre Groenlandia la convirtió en un actor incómodo cuando Trump explicitó su interés por los recursos estratégicos de la isla. El mensaje es claro. Los compromisos multilaterales y las alianzas históricas pierden peso frente a una lógica que prioriza resultados concretos y capacidad de imposición.

Trump caracterizó su sistema de defensa como trineos tirados por perros. Lo hizo a solo una semana de una operación militar inédita en suelo sudamericano, donde Estados Unidos se escudó en el término “operación policial” para eludir el veto de su Congreso.

Donald Trump

La llamada Era de la Fuerza parece anular los estrechos márgenes de ganancia del realismo periférico que alguna vez orientó la política exterior argentina durante el gobierno que Milei reivindica como el mejor de la historia hasta el suyo: el de Carlos Menem. En este nuevo contexto, alinearse sin condiciones con la principal potencia global ya no garantiza previsibilidad ni protección futura.

Tampoco ofrece certezas el pragmatismo trumpista. Los intereses estratégicos de Estados Unidos se colocan por encima de cualquier compromiso previo, sin excluir el uso directo de la fuerza. Si en su primer mandato Trump utilizó la amenaza como herramienta de negociación, en esta segunda etapa la fuerza y la diplomacia son partes indistintas de un mismo esquema ofensivo, como quedó en evidencia con el arancelamiento masivo anunciado en abril.

Detrás de la intervención militar de EE.UU. en Venezuela: qué “gana” Milei

En el plano interno, el alineamiento tuvo inicialmente un correlato favorable en términos de comunicación política para Milei. Según un informe de la consultora Ad Hoc, en diciembre el Presidente había acumulado cinco millones de menciones en redes sociales, uno de los registros más bajos de su presidencia, pero con balance positivo de sentimiento: 47% favorable frente a 42% negativo.

Ese escenario cambió abruptamente con Venezuela. Tras el respaldo explícito del Presidente a la intervención, el volumen diario de menciones se duplicó, pasó de un promedio de 190 mil a picos de 450 mil y concentró en un solo día el 10% de toda la conversación del mes. Entre el 3 y el 4 de enero, el sentimiento positivo trepó al 54%, impulsado por comunidades libertarias locales y audiencias internacionales.

Ad Hoc

La mejora en la conversación digital, sin embargo, contrastó con las dificultades diplomáticas. La dinámica disruptiva de Washington obligó al Gobierno argentino a recalibrar su posicionamiento. No fue la primera vez.

Paradójicamente, la salida de Gerardo Werthein de la Cancillería y su reemplazo por Pablo Quirno buscó mejorar la sintonía política con la Casa Blanca. Con el nuevo canciller, la política exterior quedó más alineada al interior del Triángulo de Hierro y se redujeron las disonancias entre el canal oficial y el back channel.

La línea con Washington, luego de los sucesos del sábado pasado, transitó más por los canales oficiales porque, desde el punto de vista americano, esto afecta a EE.UU. y a la región, pero no directamente a la Argentina. No se requería algo de nosotros más allá del apoyo público”, explicó a El Cronista un funcionario de alto rango.

Desde el Gobierno sostienen que la posición adoptada por la Argentina en la Celac, donde actuó como factor de bloqueo para evitar un pronunciamiento crítico contra Washington, fue coherente con el rol asumido. Lo mismo hizo luego en el Consejo de Seguridad de la ONU y en la OEA, frente a cuestionamientos por violaciones al derecho internacional.

Desde 2024, la administración libertaria reconoció a Edmundo González Urrutia como presidente electo de Venezuela. Tras la incursión militar, incluso lo ratificó como “el verdadero presidente”.

En un comunicado oficial, el Gobierno expresó “su apoyo para que las autoridades legítimamente electas por el pueblo venezolano en las elecciones celebradas en 2024, y en especial el Presidente electo Edmundo González Urrutia, puedan finalmente ejercer su mandato constitucional”.

Presidencia

El posicionamiento fue consistente con la narrativa libertaria. Lo que cambió fue la estrategia de Washington. O de Trump, para ser precisos.

El plan de tres fases presentado por el secretario de Estado, Marco Rubio, posterga la transición política para una etapa final y prioriza una estabilización inicial con las actuales autoridades venezolanas. Trump anunció que recibiría a María Corina Machado, aunque relativizó públicamente su capacidad de liderazgo interno. Según The New York Times, en la Casa Blanca consideran que su figura representa más al exilio que a la dinámica cotidiana del país.

Meses atrás, el propio Trump había calificado a González Urrutia como “presidente electo”, e incluso formó parte de su asunción en enero de 2025, invitado por el senador Rick Scott. Hoy, Washington reconoce de hecho a Delcy Rodríguez y evalúa reabrir su embajada en Caracas. El viernes pasado hubo gestos cruzados entre ambos gobiernos en ese sentido.

Ante ese giro, el Gobierno argentino debió volver sobre sus pasos, apelando al argumento de la inviabilidad de un llamado a elecciones bajo las actuales condiciones, y ratificando que la única línea válida en el conflicto es la que fija Washington. La reunión la semana pasada en Casa Rosada con Elisa Trotta, representante de la oposición antichavista en Argentina, no fue una iniciativa oficial sino un pedido canalizado por la dirigente venezolana a través de la diputada libertaria Sabrina Ajmechet.

El mensaje que le transmitieron fue el mismo que difunde hoy la Casa Blanca: Venezuela es un proceso de largo aliento. Aún durante el gobierno de Mauricio Macri, cuando Cambiemos reconoció al opositor Juan Guaidó como mandatario interino, jamás cerró su embajada en Caracas manteniendo esa ambivalencia entre la estrategia política y los canales protocolares que seguían interactuando con el gobierno de Maduro.

En agosto de 2024, Milei fue a fondo. Se alineó con el Departamento de Estado, abandonó el país y dejó la custodia de la misión diplomática en manos de Brasil. Ahora Washington envió una misión exploratoria para restablecer su presencia diplomática mientras que el quiebre libertario dejó a la Argentina lejos de esa posibilidad, salvo que modifique su percepción del mismo gobierno que desconoció hace poco más de un año.

En privado, el Gobierno aseguró que seguirán adelante con el reclamo por la libertad de los argentinos Nahuel Gallo y Germán Giualiani, aunque toda gestión es indirecta y depende de terceros. No descartan que puedan surgir nuevos nombres de argentinos en una situación similar. De hecho, a diferencia de la situación del gendarme, la detención del abogado se mantuvo en silencio por meses por el temor de su familia y solo trascendió en los últimos días.

También quedó desfasada la categorización del Cartel de los Soles como organización terrorista ahora que el Departamento de Justicia, que alentó esa etiqueta, redujo al mínimo esa referencia en la acusación contra Maduro mientras el embajador argentino ante la ONU la citaba como fundamento para su condena.

No fue el primer volantazo en plena curva. Ucrania ya había marcado el antecedente en este sentido: de recibir a Volodimir Zelensky en Buenos Aires, sumarse al grupo Ramstein de apoyo militar y reunirse con el mandatario en Davos, el Gobierno pasó a abstenerse en una votación clave en la ONU apenas un mes después de la última foto en Suiza para ceñirse al nuevo libreto trumpista.

El líder republicano buscó disciplinar a Zelensky ante las cámaras de televisión de la Casa Blanca en febrero de 2025, un gesto que marcó un primer quiebre con la narrativa libertaria sobre ese país. Semanas más tarde, encabezó el rechazo a su reclamo en la ONU.

Hoy Washington puso sus oficios diplomáticos en pos de una tregua con Rusia que puede incluir la cesión de territorios a Moscú. Antes, se garantizó el acceso a las “tierras raras” ucranianas con la firma de un acuerdo preferencial.